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El día que ocurrió el acontecimiento, amaneció tan normal. Era jueves diecinueve de agosto, y me levanté como siempre a las siete para comenzar con mi rutina diaria. Un poco de ejercicio y una ducha. El sol levantaba pálido el final del verano y los pájaros que se posaban los árboles de mi jardín trasero piaban con fuerza. Aquel jardín era como un oasis para ellos dentro del barrio de Constitución, donde lo único que crecía en abundancia era delincuentes.

Hoy había quedado a las once con el abogado de la familia, de nuevo. Insistían en que vendiese la casa que por derecho me pertenecía, esa casa que siempre había sido fiel a mi estilo de vida; fuerte, independiente y con líneas curvas, con sus molduras llenas de libélulas y mariposas, y sus frisos cargados de hojas; donde, si mirabas con detenimiento, descubrías un nuevo detalle encantador. Además, estaba mi jardín secreto; la semana pasada había encontrado una mesa de forja casi nueva en un contenedor, la pinté de esmalte negro; ahora era mi lugar favorito para desayunar, o tomar mi mate, en compañía de los gorriones e incluso de las sucias torcacitas a las que no había dejado anidar una cotorra que había decidido instalarse en mi patio como la reina del barrio.

Aún tenía el cabello mojado cuando me preparé un café expreso y tomé dos galletas. La cotorra estaba dando gritos y los gorriones le hacían el coro. Aun así, me gustaba tanta algarabía, me alegraba las mañanas y me hacía compañía. Salí al patio con mi desayuno a través de la puerta de la cocina. Solo había dos escalones bajos que mi abuelo construyó con cemento, en lugar de uno alto que venía con la casa. Lo hizo, porque, aunque callado y taciturno, siempre estaba atento de los detalles y conforme mi abuela se hizo mayor, le costaba más subir debido a su artrosis en las rodillas. Mi mesa me esperaba y dejé la bandejita con el desayuno sobre ella. La conversación del jardín no se había parado pues estaban acostumbrados a verme; de hecho, poco tardarían en bajar para recoger las migas del desayuno que les echaba en el suelo embaldosado.

Tomé asiento en el taburete de madera junto a la mesa,  disfrutando de la fresca mañana,  y recorrí con la vista la pequeña frondosidad del patio. El murete de hormigón decorado con cristales en su parte superior, para evitar los visitantes indeseados,  y debajo el arriate de flores que se estaba secando por falta de riego, lamenté. La última semana habíamos pasado de los 20 grados y las restricciones de agua se habían intensificado. Respiré hondo y un dulce aroma vino a mí; dulce aroma, pero no agradable. Sin saber identificar el olor, me acerqué a la madreselva por detrás, de donde parecía salir. Quizá la pandilla de Marcelo me había echado un gato muerto, a consecuencia de mi bronca de hace dos días, cuando les eché en cara que acosasen a Jennifer, una travesti de unos sesenta años que todavía tenía que ganarse la vida en la calle, en lugar de estar viendo la telenovela en su casa.

Me acerqué un poco aprensiva, porque los animales muertos no me agradaban; hace seis meses vi un gato destripado en la calle, atropellado por un coche, y tuve que irme corriendo, mareada. Rodeé el arbusto, que daba justo a un tramo del murete un poco más bajo, y, aunque tenía el doble de cristales que los otros, era el lugar más fácil de acceso de toda la casa.

Casi me tropiezo con sus pies, el uno todavía con el zapato plateado de tacón del cuarenta y tres. El otro desnudo con las uñas pintadas de rojo. Allí estaba, en una postura grotesca, la travesti, Jenifer. Su rostro estaba mirando al cielo, como si su último suspiro hubiera sido dedicado a los santitos, como ella les llamaba. Ahora, con el pelo despeinado y el maquillaje corrido, parecía mucho más el Tonino que me había confesado llamarse, que la Jenifer que aún encandilaba a algún turista.

Me quedé parada, sin reaccionar, observando como la muerte repentina te deja indefensa, y como la vida, tan cruel, no se detiene ni muestra luto, como bien estaban comentando la cotorra y sus coros, a la luz del pálido sol de verano.