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Todos los días lo veía pasar desde mi asiento del autobús, absorto y despeinado, cargado con múltiples cachivaches de oficina. Un día llevaba un ordenador portátil casi fuera de la funda, otro hablaba con un móvil mientras escribía por otro. Y así, día tras día.

Tenía una forma de andar un poco rara, como si los zapatos le apretasen un poco, o como si estuviera pisando algo caliente. Y su traje de chaqueta solía estar arrugado. Y, sin embargo, cada vez que lo veía, un estremecimiento se apoderaba de mí. Me imaginaba cogidos de la mano, paseando por el parque donde me encantaba sentarme para observar como los pajarillos, confiados, se acercaban a los visitantes por si les caía alguna miga.

Lo veía hablándome, contando cómo le había ido el día, y yo pasándole la mano por su pelo ondulado, con un remolino en la nuca, y difícil de peinar. Escuchaba sus palabras apresuradas, apasionadas, propias de un hombre de unos treinta años, con toda la vida por delante, con fuerza y ganas de vivir.

¿Sería amor? Seguramente sí. Él no se había fijado en mí, simplemente porque no me vería, pensaba, tan distraído iba siempre. Tal vez tuviera que forzar encontrarme con él, tropezar y que él me mirase a los ojos. Yo quería algo así como él, cuando lo vi, sabía  que era la persona que me había correspondido en este mundo.

Aunque, francamente, nuestro amor era imposible. Su aspecto delgado y atlético contrastaría demasiado con mis kilos de más, y mi metro sesenta de estatura. Además, me llamaba Cristina Cuadrado, lo que era motivo de chanzas y bromas entre mis compañeros de trabajo, quien me llamaban a escondidas, “la cuadrada”.

Decidí no angustiarme por un amor imposible. Decidí entonces que el único amor verdadero era el amor por uno mismo, y que, si no me amaba yo, nadie podría hacerlo. Así que pasó la primavera, el verano, y el otoño y cada vez me amaba más. ¿Cómo lo había conseguido? Solo dándome cuenta que la persona más importante de mi vida era yo. Empecé a tratar a mi cuerpo como cuidaba a mis amigas, dándole lo mejor de comer, comida natural y sana.

Además, en lugar de tomar el autobús comencé a levantarme más pronto y hacer el camino andando. No sé qué paso en esos cinco meses, pero de repente me miré al espejo y vi que era otra Yo. Algunos kilos, bastantes a decir por la ropa, se habían quedado por el camino, perdidos entre los árboles del parque donde solía ir a correr. Mi mirada era más firme y segura.

Ese día, salí caminando hacia la oficina un poco más tarde, pues había recibido una llamada de mi madre a última hora, solo para recordarme la comida del domingo. Caminé por el paseo disfrutando de la fresca mañana de diciembre. Me veía muy bien con mi nuevo abrigo y la pequeña boina gris. Mis labios estaban de color rojo pasión, pues desde que mi yo nuevo había salido de entre las capas, me había vuelto más atrevida, estaba más segura de mi misma.

Entonces lo vi. Seguía hablando tan distraídamente por teléfono mientras intentaba sacar algo de su bolsa de portátil. Justo pasó delante de mí, y se le cayeron varios papeles. Me agaché para ayudarle, nerviosa por la oportunidad de poder quizá hablar con mi objeto de deseo durante más de un año.

Tomé los documentos que se le habían caído mientras él seguía hablando por teléfono. Me miró durante unos segundos, pero rápidamente tomó los papeles y se fue. Sin darme las gracias, sin decirme ni palabra.

El sueño en el que él era mi hombre ideal, el hombre que anhelaba…, desapareció como el humo. Me quedé un minuto parada y de repente, me eché a reír, de forma casi escandalosa. Algunas personas me miraban y sonreían.

Entonces, me di cuenta. Yo no necesitaba a nadie así. Una persona que no ve más allá de su teléfono no será nunca un buen compañero. Eso no sería nunca amor.

Seguro, que, en algún momento, alguien aparecería.

El observó desde su autobús a la joven que reía de pie en la acera, la de la boina gris. Hacía días que la observaba. Se veía una chica alegre, y era preciosa, o al menos a él le parecía. Se decidió. Mañana no iría a trabajar en autobús, iría andando y tropezaría casualmente con ella. Seguro que estaban hechos el uno para el otro.