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El encapuchado daba vueltas detrás y delante de la cama. Según pasaban los minutos, mis ojos se iban acostumbrando y comencé a ver un poco más la silueta de la persona que me retenía. Era un tipo de estatura media y delgado. Y desde luego, nervioso. Se frotaba las manos enguantadas y miraba su móvil con frecuencia. Por supuesto, no me contestaba nada.

De repente, sonó la puerta. Unos suaves golpes en la puerta de entrada me alertaron. ¿sería Julio que volvía?

El encapuchado se dirigió a la puerta y la abrió. Se escucharon conversaciones en voz muy baja. Estaba claro que era alguien a quien esperaba.

Otro encapuchado esta vez algo más alto entró y habló.

–El pendrive, ¿dónde está? –dijo susurrando

–No lo tengo –contesté mientras mi cabeza volvía a palpitar

–¿Quién lo tiene? –dijo de nuevo

Negué con la cabeza y se adelantó y me dio una bofetada.

–Lo tiene la policía –dije sabiendo que sería imposible que lo recuperasen.

–Maldición –dijo el segundo encapuchado saliendo de la habitación.

Y ambos se marcharon dejándome atada.

Intenté desatarme, los nudos habían sido fuertemente hechos. Mis pañuelos eran condenadamente resistentes a mis dientes. Tras un buen rato, comencé a aflojar el de las manos. Y finalmente conseguí quitarlo.

Lo siguiente fue los pies. Y el teléfono. Llamé a Julio.

Tras cinco tonos y después de estar a punto de colgar, me contestó una voz algo somnolienta.

–Julio –comencé –me han atacado pero estoy bien –dije tras oír una exclamación de su parte –querían el pendrive aunque no entiendo por qué.

–Voy ahora mismo –dijo colgando el teléfono.

Aún temblaba de miedo cuando llamaron a la puerta. Esta vez si miré por la mirilla y era Julio. Le abrí rápidamente. Cuando entró simplemente me abrazó.

Revisó bien mi físico como si tuviera que tocarme para asegurarse de que estaba bien.

Nos sentamos en el sofá, igual que hacía unas horas, pero esta vez no tan relajados. Repitiendo una y mil veces todo lo que había pasado. Sin encontrar nada en claro.

El acento del tipo, si, extranjero pero no, no sabría identificar. Dos tipos, delgados, no muy altos. Olían bien, dije de repente.

–Ambos, sobre todo el segundo –dije mirando asombrada a Julio por haberlo recordado de repente –olía muy bien. Olía a perfume caro… era muy agradable, como a madera.

–Bien, –se alegró Julio –ya tenemos un detalle más. Me quedaré esta noche aquí. O eso o vienes a mi casa, como quieras.

–No creo que vengan de nuevo. Saben que no tengo el pendrive. Pero, ¿no pensaron en llevarse mi ordenador? ¿Qué podía haber hecho una copia de seguridad? –dijo Berta pensando en voz alta.

–El pendrive está en la comisaría y he avisado de su importancia. Menos mal que lo llevé tras salir de aquí. Hubiera puesto en peligro a mi familia.

–ah… entonces, ¿estás casado? –pregunté algo decepcionada

–No, vivo con mi hermana y su hijo pequeño. Se separó de su marido y se vino a casa hace unos meses. Les avisaré que no abran a nadie.

Se retiró a hablar por teléfono con quien fuera. Yo mientras saqué una manta y la puse en el sofá. No tenía otra cama, y de momento no estaba con ánimo de compartir la mía.

No sabía en qué posición me ponía todo esto.

Alguien quería la investigación del profesor estaba claro. Y quizá le hubiesen asesinado por ello. Y ahora me habían atacado. Querían el pendrive.

Encendí el ordenador y me metí en las carpetas del profesor. Repasé una y otra vez las investigaciones,  los resultados. Pero parecía incompleto.

La carpeta que todavía no podíamos abrir podría contener el resultado de la investigación, quizá lo que buscasen los encapuchados. Aunque ya eran cerca de las tres de la mañana, no tenía ni pizca de sueño. Julio acercó una silla donde estaba sentada mirando la pantalla por ver si algo se iluminaba.

Pero nada.

Hice doble click para abrir la carpeta, como otras tantas veces, y se abrió la pequeña e impertinente casilla para meter la contraseña.

–Si la caja fuerte era para ti…–comenzó Julio pensativo—tal vez solo tu podrías abrir la carpeta

–No puede ser tan fácil –medio chillé. Y escribí mi nombre. Entonces, una serie de carpetas comenzaron a abrirse

–¡Lo hemos conseguido! –grité abrazando a Julio. Sin darme cuenta, le besé. Y él me devolvió el beso.

Sus labios atraparon los míos y comenzó a explorar mi boca con pasión deslizando sus manos debajo de mi camiseta y atrapando mis pechos expectantes. Pero no, a pesar de que lo deseaba, quería abrir las carpetas y lo empujé suavemente. El pareció contrariado pero al señalar el ordenador, aceptó.

Comenzamos abrir carpetas