fbpx

En las carpetas había mucha información técnica que de seguro sería muy útil en mis investigaciones. Había unas fotos antiguas, escaneadas, y también una carpeta con fotos de un niño a los meses y después con unos 4 años.

También había una carpeta con otra contraseña.

A estas alturas de la noche, ya no teníamos ganas de ver más contraseñas. Así que me hice una copia de todos los archivos en mi ordenador y le presté el pendrive al inspector. No tenía nada que ocultar, así que no me importó.

Nos quedamos un poco decepcionados, porque no habíamos sacado en claro nada. Apagué el ordenador y me senté en el sofá.

El inspector me miraba, de pie. Dudando.

Creo que dudaba si quedarse o marcharse, y al final, eligió la segunda opción.

Se despidió con un breve beso en la mejilla que me hizo estremecer. Y llevándose el pendrive, desapareció en la noche.

No habían pasado ni diez minutos cuando volvió a llamar a la puerta. Miré alrededor, tal vez se había dejado algo.

Abrí la puerta directamente, lo que fue un error, pues un encapuchado me dio un golpe en la cabeza y todo se volvió oscuro, muy oscuro.

Desperté con un fuerte dolor de cabeza. Mis ojos se iban acostumbrando poco a poco a la habitación. Y me di cuenta que estaba en mi propio dormitorio. Casi en penumbra y tenía los pies y las manos atadas con mis propios pañuelos.

Había alguien conmigo pero estaba tan oscuro que no acertaba a ver quién. Realmente no recordaba nada, solo alguien encapuchado y un fuerte golpe en la cabeza. Sentí mi cabeza cómo palpitaba y posiblemente había sangrado.

Gemí mientras intentaba moverme, estrellas en mis ojos me impedían siquiera girar la cara. La persona que estaba conmigo se movió, impaciente.

–¿Qué vas a hacer conmigo? —atiné a decir –¿qué quieres?

Si hubiese querido matarme, ya estaría muerta. Así que algo debía de querer. Mi mente matemática se estaba recuperando poco a poco y pensé que era mejor cuanto más fría estuviese. De eso dependía mi supervivencia probablemente.