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Me encantan las historias de amor, sin duda y esta es una tierna y deliciosa historia de amor y enredos que espero que te guste.

Pero para que la conozcas un poco más, te dejo en este post el primer capítulo y espero que lo disfrutes mucho:

Liz Glatz se arregló lo máximo posible antes de entrar en su nueva oficina. Después de viajar hasta las oficinas de su recién inaugurado empleo en Los Ángeles, se sentía insegura. La compañía que había fundado Robert, un antiguo compañero de su padre en Avalon, en la Isla Santa Catalina, y de quien había sido mano derecha, había dado un salto cuántico en su negocio. De pasar a diseñar aplicaciones para turismo y comercios, llegó a crear una aplicación de geolocalización que te facilitaba encontrar cualquier tipo de objeto, mercancía o persona que quisieras. Era como un «todo en uno». Por supuesto, empresas de Silicon Valley lo habían tentado, pero al final fue una de Los Ángeles quien se llevó el premio de asociarse con NewTech.

Y como la empresa de diseño se había trasladado físicamente, aunque seguía habiendo una delegación en su ciudad de nacimiento, los empleados que deseaban mejorar y ascender, fueron con él. Liz se ocupaba del diseño gráfico y bien podría haber seguido trabajando en su casa, pero pensó que con veintiocho años debía ver mundo y salir de ese precioso e increíble pueblo, pero pequeño y con menos posibilidades.

Ahí estaba, preparada para entrar en Wallace & Barnes, una enorme empresa tecnológica con socios en diferentes puntos del mundo. Ella seguiría trabajando mano a mano con Robert, o eso le había dicho. Por si acaso, se había arreglado, con un traje de chaqueta que se ajustaba a sus curvas y una coleta que recogía su ondulado cabello rojizo.

Llegó a la recepción, donde un amable chico la atendió y le dio el pase que debía llevar siempre colgado. Ella asintió. Robert le había enviado un mensaje y, a pesar de que ella estaba allí a las ocho en punto, él debía de haber llegado mucho antes. Subió a la planta cuarta de la elegante torre del City National Plaza, donde estaba la empresa, junto a otras de diferentes negocios.

Echó un vistazo al lugar. Parecía una de esas oficinas en las que desayunas con tu jefe, de forma casual; estaba amueblada con mesas de maderas claras y paredes color azul petróleo claro. Tenía, además, lugares comunes para charlas informales, que estaban ocupados con personas con un café en la mano.

Ella nunca había dejado de trabajar para tomar un café. Siempre se lo llevaba a su mesa y continuaba trabajando con los programas de diseño. Al final, siempre se le quedaba frío.

Subió por el ascensor a su planta, aunque le daban ganas de subir por las amplias escaleras de madera que daban a diferentes oficinas y seguramente lo hiciera algún día, pero no hoy. Deseaba estar perfecta.

Entró en el ascensor y miró a su alrededor. Había personas de todo tipo, más arregladas, con traje como ella, más casual, pero elegantes, e incluso alguno con vaqueros y camiseta. La verdad es que a ella también le gustaría haberse puesto eso, sus viejos vaqueros y una camiseta, porque, aunque hacía algo de fresco, hoy había visto diecisiete grados de temperatura, algo casi primaveral.

Entró en las oficinas y una amable joven le sonrió y le indicó donde estaba el despacho de Robert. Los pasillos eran todos con paredes acristaladas, por lo que se veía todo lo que se hacía dentro. Había despachos individuales, y otros más grandes con seis o siete personas. Los creativos solían trabajar en grupo, así que imaginaba que la pondrían en alguno de ellos. No era una persona muy sociable, más bien tímida, por lo que esperaba, al menos, que fueran amables.

La puerta del despacho de su jefe estaba abierta y él se encontraba de pie, sacando algunas cosas de una caja. Robert era casi como su tío. Había sido muy amigo de su padre y cuando este murió, hacía ya cinco años, se convirtió en el consuelo de toda la familia. Incluso pensó que algo surgiría entre él y su madre, porque adoraba el suelo que pisaba, pero no fue así.

Su madre y su hermana dos años menor seguían viviendo en Avalon. Su hermana Sarah, con gran afición por los idiomas, pues su abuelo era alemán, se había quedado trabajando en un hotel. Ambas sintieron que Liz se marchase de casa, pero como decía su madre, «era tiempo de volar del nido».

—Hola, Robert. Bonito despacho.

—Sí, ¿verdad? ¿has visto el panorama que se ve desde la ventana? Nunca había visto edificios tan altos. Y tienes la biblioteca pública cerca.

—Oh, será una gran idea, seguiré siendo el ratón de biblioteca —sonrió ella. Su madre había insistido en que se relacionase con los demás, en lugar de pasar el tiempo leyendo.

Robert sonrió. Ella no era la típica chica que vivía en un pueblo costero, como su hermana. No le gustaba que hubiera demasiada gente, se sentía fuera de lugar. Ojalá su experiencia en Los Ángeles le ayudara a abrirse un poco más.

—Te voy a presentar al equipo de creativos con el que vas a integrarte, ellos tienen también mucha experiencia con aplicaciones y seguro que podéis compartir conocimientos.

Liz se encogió un poco más en su traje. Llevaba en un elegante maletín, que le había regalado su hermana, el portátil y una tablet, además de varios cuadernos de apuntes. Se había instalado en un apartamento alquilado a bajo coste por la empresa, que tenía dos habitaciones, cocina-salón y un baño. Pero lo mejor era la terraza. Cabía una hamaca, una silla y una mesa. A ella le gustaba mucho tomar el aire, así que, a pesar de estar en la planta ocho, saldría a menudo allí.

Robert caminó hacia una de esas salas comunes donde había cuatro hombres delante de sus ordenadores. Todos estaban concentrados, bien tecleando, bien dibujando con tabletas gráficas.  Liz sintió terror. ¿Iba a estar con cuatro hombres?  A ver, que ella no tenía problemas, pero ¿cuatro? Los observó rápidamente. Había dos hombres muy parecidos, ambos con el pelo castaño y por lo que se veía, altos. Después, otro más delgado y nervioso y, por último, un chico muy jovencito, que debía ser el becario.

En la habitación había tres puestos más libres, uno de ellos, entre los dos más atractivos. Esperaba que no le tocase ahí. No podría trabajar, tan cerca de la gente.

—Caballeros —dijo Robert llamando la atención de los cuatro—. Les presento a Liz Glatz, diseñadora gráfica que se incorpora a su departamento.

Los cuatro la fueron saludando, acercándose a ella, mientras Robert se los presentaba.

—Sean Watson, Project Manager —dijo acerca del atractivo hombre de cabello castaño, ojos azul claro y con una camisa blanca, vaqueros y botas.

—Encantada —dijo ella dándole la mano.

—Lewis Watson, diseñador artístico —dijo acerca del otro atractivo hombre, más informal, con una camiseta y vaqueros medio rotos. También tenía el cabello castaño, algo repeinado y llevaba gafas que no cubrían sus ojos azul oscuro—. Ellos son hermanos, como habrás podido observar por su parecido.

—Pero yo soy el hermano más guapo —bromeó Sean.

—Carlson Jones —dijo señalando al delgado y nervioso—. Y, finalmente, el becario, Thomas Rodríguez.

El chico sonrió a la recién llegada.

—Bueno, yo tengo que irme, que voy a una reunión. Instálate aquí y ya sabes que si tienes algún problema, puedes decirme.

Ella asintió, algo nerviosa mientras Robert salía de la sala. Solo faltaba que ahora la tomasen como una chica indefensa.

—Bueno, Liz, así que eres diseñadora gráfica —dijo Sean—. Nos vienes de maravilla, porque el último se fue a otra empresa. ¿Dónde te quieres sentar? Si quieres, aquí hay un puesto libre —dijo señalando la silla entre su hermano y él. Ella abrió los ojos del susto y él se echó a reír. Ella se sonrojó.

—Preferiría algún lugar más ancho, la verdad. Si no, mi tableta no cabrá. Es de las grandes.

Miró la tableta de Lewis. También era tan grande o más que la suya y por ello había necesitado algo más de espacio a su derecha. Ella miró un lugar en la esquina, esperanzada porque estuviera libre.

—Vale, ponte si quieres en esa esquina, si te gusta. —Se encogió de hombros Sean— Todos los días tenemos una reunión a las nueve para comentar los proyectos en los que estamos trabajando y las tareas de cada uno. Así que, prepárate que en breve empezaremos. También te voy a dar tu usuario y contraseña para que entres en la intranet, aunque si quieres trabajar con tu portátil, puedes hacerlo. Pero aquí tenemos todos los programas de diseño necesarios y un motor de gráficos muy potente. Tú verás.

—Sí, gracias. Quizá pruebe en vuestros ordenadores.

Ella se sentó en el que sería su puesto y encendió el ordenador. La temperatura era muy agradable por lo que se quitó la chaqueta. Su camisa de seda, prestada por su hermana, se ajustaba a sus curvas, por lo que más de uno le echó un vistazo de reojo.

Comprobó que su usuario y contraseña funcionaban y echó un vistazo a los programas instalados en el ordenador, la capacidad, y conectó también su tableta gráfica. Todo parecía en orden y los programas eran justo los que ella usaba y alguno más que le encantaría probar.

Enseguida se hicieron las nueve y todos se levantaron, indicándole a ella que los siguiera.

Liz tomó su cuaderno y el bolígrafo para tomar notas si fuera necesario. Todos se dirigieron a una sala donde había un proyector y una pizarra.

—Solemos reunirnos con algún equipo en remoto —explicó Sean—, aunque hoy no. Queremos explicarte los proyectos que llevamos, además de la aplicación de Robert. Supongo que, al incorporarte a la empresa, participarás en varios de ellos.

Ella asintió y se dispuso a escuchar al hombre. Estaba claro que él llevaba la voz cantante. Era un tipo atractivo y carismático. Todos lo miraban embelesados e incluso ella acabó haciéndolo. Su hermano era el único que tenía la vista baja. Aprovechó para observarle. Era algo menos fornido que Sean, pero igual de alto. Su cabello estaba repeinado con la raya a un lado, y llevaba gafas de pasta, lo que hizo que Liz pensara en Clark Kent. Sonrió al imaginar que él se convertía en Superman. Pero era guapo. No atractivo y sexy como su hermano, pero no estaba nada mal.

En cuanto a los demás, tomaban notas en sus tablets. Ella había cogido su viejo cuaderno. Pensaba mejor cuando escribía sobre papel. Tomó nota de los cuatro proyectos en los que estaba trabajando el equipo. Carlson, al parecer, era el programador. Se encargaba de que lo que ellos diseñaban encajase en la interfaz de la aplicación. En lugar de haber grupos de programadores, de diseñadores por separado, la empresa se organizaba en burbujas de trabajo que llevaban distintos proyectos y los hablaban en común, al parecer, para que todo fluyera y en cualquier momento pudieran hablar entre ellos y solucionar los posibles problemas.

Era algo distinto, pero debía funcionar bien porque Wallace & Barnes era una de las multinacionales tecnológicas más punteras de todo el mundo.

Después de la reunión, todos salieron y mientras Liz recogía sus notas, Sean se acercó a ella y se sentó a su lado.

—¿Nerviosa? —dijo sonriendo amigablemente.

—Algo, la verdad. Estoy acostumbrada a trabajar sola y hacerlo en equipo y en una empresa tan grande, es… diferente.

—Los equipos de la empresa nos reunimos a las seis en un pub cercano. Como has visto, cada burbuja está formada por un Project Manager, varios diseñadores, un programador y un becario, que nos ayuda en lo que sea. A veces hay burbujas más grandes, y entre nosotras hay cierta competencia, pues las primas de final de año dependen de los resultados —sonrió abiertamente y le guiñó el ojo—. Por eso, hay que conocer a tu enemigo.

—No sé, Sean, yo…

—Vamos, ven, tienes que conocer a la gente, hay personas muy agradables.

—Está bien. Iré

—Así me gusta. Yo tengo que ir a otra reunión, mi hermano Lewis te indicará cuál es tu trabajo para esta semana. Trabajarás mano a mano con él —hizo una pausa y la miró—. Mi hermano es un poco, digamos, especial. No suele trabajar con gente. Ten paciencia.

—Claro, a mí me pasa lo mismo, no es problema.

—Adelante con ello.

Liz se dirigió a la oficina donde ya estaban todos sentados trabajando en silencio. De vez en cuando Thomas preguntaba a Carlson, al parecer era su becario.

—Lewis, me ha dicho Sean que me asignarías el trabajo —dijo ella sonriendo amable.

—Empezaremos con el proyecto Midnight, que es una web de una serie de televisión. Hay que hacer todo el arte de la web. Te paso los archivos con toda la documentación.

—Vale, gracias —dijo ella. Lewis no parecía muy amable, de hecho, parecía molesto con ella.

El hombre se volvió hacia su ordenador y ella echó un vistazo. Vaya, los diseños eran espectaculares. Se sentó algo desanimada. No sabía por qué le había caído mal, pero eso siempre le deprimía.

 

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