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La guerrera de la luz es una historia fundamentalmente de fantasía paranormal, donde los ángeles tienen unos adalides en la Tierra para luchar contra los Oscuros. Estas personas, hombres o mujeres, se denominan Los Guerreros de la Luz.

Tienen algunos dones extraordinarios, aunque, como le pasa a Violeta, nunca los han desarrollado.

¿Quieres leer el primer capítulo? Aquí lo tienes:

—Miguel, no pensarás seriamente…

—Rafael, ya lo sé. No tengo otra opción. Solo tenemos disponibles una niña de once años y ella. ¿Qué crees que será lo más conveniente? —Miguel miró seriamente a sus hermanos.

—Pero es demasiado mayor, y no ha sido eficazmente entrenada. Además, tiene familia. ¿Qué crees que le haría cualquier oscuro con el que se cruzase? Primero amenazaría a su familia para obtener el medallón de invocación. Y luego la mataría. ¡Ni siquiera está en forma como tu última discípula!

—Esos comentarios me parecen innecesarios —le cortó Gabriel —¿Qué nivel es, Miguel?

—Es un nivel quince.

Un leve murmullo se extendió entre los asistentes a la reunión. Todos estaban sentados alrededor de una mesa ovalada para doce, aunque sólo diez habían asistido. Suficientes para una votación, de todas formas.

—Miguel, esto es más serio de lo que parece —Zadquiel le miró muy serio— ¿Por qué siendo un nivel quince no se la entrenó? Son muy raros de conseguir.

—Lo sé —contestó Miguel— pero cuando ella nació, hubo un boom de guerreros, simplemente elegimos a otro… y ella fue cumpliendo años, sin más.

Miguel se encogió de hombros. La elección del Guerrero de la Luz de la zona era algo más bien aleatorio, sobre todo cuando había varios candidatos. De niños, cualquiera servía, fuera hombre o mujer. Tan sólo tenían que entrenarlos.

—Sigo pensando que es demasiado mayor. ¿Cuántos años tiene?

—Los suficientes para comprender lo que pasa —contestó Miguel ya malhumorado— Elisa despareció ayer y si tardamos en proclamar un nuevo guerrero de la zona, los oscuros se harán con la provincia, y después la comunidad. Cuanto más terreno obtengan, más fuertes se hacen. Y lo sabes.

Gabriel se removió en su asiento en la cabecera de la mesa.

—Me parece que no hay otra solución. Contáctala, con cuidado. Y veremos qué pasa. Yo consultaré con Metatrón para saber su opinión. Debemos tener fe, al fin es un nivel quince. ¿Todos de acuerdo?

Hubo una afirmación general, aunque con poco convencimiento.

Gabriel se levantó de la mesa dando por terminada la reunión. Miguel miró a sus hermanos con una cierta sensación de victoria pues se había salido con la suya. Llevaba muchos años observando a la mujer y había visto cualidades innatas en ella que le complacían mucho. Era una gran persona, buena gente, como decían en la Tierra. Siempre tendía a ayudar a los demás, incluso con perjuicio de ella misma. Inteligente hasta el punto de temer mostrarlo a los demás, y muy intuitiva. Es cierto que ya había cumplido cierta edad y que, desde luego, no estaba en forma, pero después de tener tres hijos y perder el trabajo, había engordado unos cuantos kilos y su forma física no era igual a cuando tenía veinte años, cuando hacía mucho deporte.

Sus hermanos se fueron retirando. Sólo se quedó Rafael, que le puso una mano sobre su hombro.

—¿Estás seguro? Es mucha responsabilidad para ella. Quizá sufra mucho, por ella, por su familia…

—Es la única que hay ahora mismo en la región. Es necesaria, al menos hasta que crezca mi segunda opción. Si puede aguantar cinco o seis años, Azucena, la niña, ya estará preparada y podrá sustituirla.

—Suerte —Rafael abrazó a su hermano mayor. Parecía que Aragón, en España, era una región tranquila, casi anodina. Pero un vórtice de oscuros pugnaba por hacerse con el territorio, y todavía no sabían por qué les interesaba tanto. Lo único que habían observado es que la actividad había aumentado al doble. Cada vez se encontraban más cuerpos calcinados, o desaparecidos. Y estaba claro que era obra de los oscuros. Sí, debía ser comunicada de inmediato.

Miguel recogió los expedientes con la vida de su candidata. Violeta Ramírez, cuarenta y un años, casada, con dos hijos varones y una niña de once años. Azucena. La segunda candidata. Nivel catorce posiblemente. Los niños no tenían luz. Habían heredado los genes terráneos del padre. Lástima, porque tener varios guerreros en una sola familia lo hacía más fácil.

Ahora venía lo más difícil. Presentarse a su discípula y decirle que, a partir de ese momento, tendría que jugarse la vida a diario.

************

 

La mujer se tomó su tercer café. Hoy, desde luego, no estaba inspirada. Miró la pantalla de su ordenador portátil donde el cursor palpitaba como culpándola de no ser movido, de no recorrer ágilmente las líneas de su documento de texto. De no pasar de hoja en hoja recorriendo kilómetros de distancia.

Retorció su melena oscura y se rehízo el moño sujetándolo con una pinza. Tomó un sorbo de su té rojo, oscuro como sus ojos y volvió a mirar la hoja en blanco.

—¿Y si escribo sobre una lucha entre ángeles y demonios? Mi último libro fue sobre vampiros, así que podemos cambiar de estilo y de argumento. —La figura en forma de hada a la que se dirigía la miró sin moverse. Evidente, pues era un hada de cerámica que le habían regalado sus hijos para su último cumpleaños. —Podría ser acerca de una cazadora de demonios, que no sabe que lo es, y que es descubierta por un ángel…. Me está gustando…

La mujer comenzó a escribir frenéticamente. Cuando tenía una buena idea, las palabras fluían de sus dedos como si fueran una prolongación de su mente. Era capaz de rellenar folios y folios cuando estaba inspirada. De hecho, no sería la primera vez que olvidaba recoger a sus hijos del colegio por estar demasiado metida en la historia. Sus musas eran muy activas.

Miguel siguió el curso de sus pensamientos y siguió dictándole la historia. Había pensado que un primer acercamiento a través de un nuevo libro sería más sencillo que aparecer de repente en su cocina y decirle que era la nueva Guerrera de la Luz de la zona. Y, sin embargo, le quedaba poco tiempo.

Después de escribir unas quince o dieciséis páginas, Violeta se levantó. Había pasado dos horas escribiendo sin darse cuenta. El té ya estaba frío. Ni siquiera se había dado cuenta de que el termostato estaba bajo y el piso se había quedado helado. Se estiró desentumeciendo sus huesos. Últimamente tenía algunos dolores de espalada y de cervicales. Guardó el trabajo antes de irse a la cocina a recalentar su té. La lavadora daba vueltas frenéticamente a punto ya de terminar. Se movía un poco, adelantándose al armario así que ella la empujó hacia dentro. Las lentejas para la comida estaban preparadas desde ayer, cuando a su esposo, que era un cielo, le había dado por cocinar. Porque a ella, a la hora de la cena, se le había ocurrido un pequeño cuento y tuvo que escribirlo. Así que solo haría el segundo plato. Miró la hora. Faltaban unos cuarenta minutos para que vinieran sus fieras a comer, así que le daba tiempo perfectamente.

Por la mañana le había enviado el cuento a su editora y ¡le había encantado!, así que le había dicho si podía escribir unos cuantos más para hacer un pequeño libro con preciosas ilustraciones.

Sacó la bandeja de filetes de pavo de la nevera. Cada vez le daba más asco la carne, pero bueno, sus hijos eran esencialmente carnívoros. Sólo Azu y ella comían más pescado y verduras que otra cosa, y desde luego nada de carne roja. Y, sin embargo, no adelgazaba. Tocó su abdomen un poco abultado y se miró el trasero de refilón.

—Bueno, tampoco estoy tan mal. Aún puedo bailar.

Y con las mismas comenzó a bailar su canción favorita que justamente acababa de comenzar a sonar en la radio.

Terminó de hacer los filetes cuando una marabunta entró en su piso. Los niños habían llegado. Azu, la pequeña, arrugó la nariz al oler el segundo plato, pero los chicos se alegraron. El mayor venía de la universidad y había pasado por el colegio a buscarlos.

Se lavaron y devoraron la comida sin casi hablar.

Después de comer, los niños se volvieron a clase. La peque al colegio, junto con su hermano mediano; el mayor, a la biblioteca a estudiar. Su marido estaba de maniobras así que sola, y feliz por haber empezado una nueva historia, se sentó en el sofá, a echarse una cabezada.

—Violeta…

Una suave voz le susurró al oído. Siguió durmiendo. Esa noche había tenido una pesadilla horrible que no recordaba pero que le había impedido volverse a dormir, desde las tres de la mañana.

—Violeta…

Ella entreabrió los ojos sin ver a nadie.

Ya estaba soñando, como siempre. Desde que leyó un libro sobre ángeles intentaba «hablar» con ellos, por supuesto sin respuesta alguna. Aunque claro, si le hubieran respondido, lo mismo le daba un infarto del susto. Pero de alguna forma se sentía acompañada, o se lo imaginaba. Le gustaba ir hablando por la casa como si realmente su ángel de la guarda estuviera allí.

—¡Qué tontuna!

Ella sonrió mientras se levantaba a retomar su novela.

—Violeta…

Ella se sobresaltó. Ahora no estaba dormida. Estaba segura de que había escuchado un susurro con su nombre. Miró a su alrededor. Las puertas de la casa estaban abiertas y repasó las habitaciones. Debían ser imaginaciones suyas.

Se fue hacia la cocina para prepararse una manzanilla. Había comido carne y le había sentado mal. Una luz suave salía de debajo de la puerta de la cocina que estaba cerrada.

Abrió la puerta despacio. No recordaba haber dejado la luz encendida, pero pudiera ser que alguno de los chicos la hubiera dejado.

Entró en la cocina y lo vio.

Miguel la esperaba algo nervioso. Sólo tenía una oportunidad para presentarse y convencerla, pues les estaba prohibido aparecerse si no eran invocados. En este caso era una excepción, al haber desaparecido su anterior discípula.

—Violeta, no temas…

Ella retrocedió hasta la puerta de la cocina que se había cerrado sola.

—No temas. Soy yo, tu ángel.

Ella lo miraba con los ojos desorbitados, aplastada contra la puerta acristalada, como si se quisiera fundir con ella.

—Violeta, no temas…

—¿Quién eres? ¿Qué haces en mi casa?, voy a llamar a la policía…

—Espera, déjame explicarte —el ángel levantó la mano calmándola.

Violeta sintió una oleada de paz y de amor. Miró al ser que la miraba con ojos bondadosos. Era un hombre alto, delgado, con el cabello claro y largo recogido en una cinta. Llevaba una camisa blanca y unos pantalones vaqueros desgastados. E iba descalzo. Eso fue lo que más le desconcertó.

—Violeta. Soy Miguel, y sí, soy tu ángel guía. He venido porque te necesito.

—¿Cómo? ¿Vienes a llevarme? ¿Es mi hora? —se llevó la mano al pecho intentando sujetar su alocado corazón que palpitaba protestando en su pecho.

—No, no —el ángel alargó sus manos enviando de nuevo su paz y tranquilizándola.

—¿Entonces? ¿Eres real? —alargó la mano sin llegar a tocarle.

—Lo soy. —sonrió—. Si lo deseas, puedes tocarme.

Violeta se acercó despacio al hombre. Después del susto, ahora solo le quedaba curiosidad. Tocó su mano que se apoyaba en la encimera de la cocina. Era suave y cálida. Ella le miró a los ojos subiendo la cabeza hacia arriba. Estaba muy cerca y sentía su olor. Era como a polvos de talco, mezclado con colonia de niños y, sin embargo, era un hombre muy atractivo.

—En serio, ¿quién eres? —no sabía por qué, pero no tenía miedo.

—Soy Miguel y te he estado acompañando durante toda tu vida. Hoy vengo a visitarte porque es muy importante. Para ti, y para todos.

—¿Ha pasado algo? ¿mi familia? —dijo abriendo los ojos como platos.

—Tu familia está bien. Déjame preguntarte. Anoche, ¿dormiste bien?

—No, realmente no. Tuve una pesadilla, aunque no la recuerdo.

—Así que lo sentiste… eso es bueno. ¿Ibas a tomar una manzanilla? ¿Puedo tomarla contigo?

—Si… supongo… no irás a hacerme nada, ¿verdad?

—Si fuera a hacerte algo ya lo hubiera hecho. Sé que confías en mí, aunque no sepas por qué. Sólo te pido que sigas confiando. Vas a comprender ahora todo.

Violeta asintió. En verdad que confiaba en ese desconocido que había aparecido en su casa, sin forzar la puerta, aparecido de la nada, y descalzo. Puso el hervidor y sacó dos tazas del armario.

Miguel sonrió. La próxima vez se calzaría. No soportaba los zapatos terrestres y tampoco la ropa, aunque era algo imprescindible, claro.

El hervidor se apagó y ella sirvió las dos manzanillas. Tomó el azúcar moreno del armario y se lo ofreció. El ángel negó con la cabeza. La mujer se sentó en la silla de enfrente y espero, mirándolo con admiración. Sus facciones eran tan perfectas que parecían dibujadas con Photoshop.

—Violeta, tengo algo muy importante que decirte, y aunque al principio no me creas, te demostraré que todo lo que te cuento es verdad. Sólo dame un poco de tiempo para explicártelo.

—Está bien. Esperaré.

—Vamos a ver cómo empiezo… —el ángel suspiró y tomó un sorbo de la caliente manzanilla. Esto no era ni mucho menos fácil.

—Empieza por el principio. —ella sonrió. —Será lo mejor.

—No voy a retroceder al principio de los tiempos, y tampoco quiero llenarte de demasiada información el primer día. —ella asintió— Te voy a ayudar a recordar el sueño de ayer. Pero no te asustes.

Alargó la mano hacia la frente aclarándole las ideas y los recuerdos. Violeta cerró los ojos. Al abrirlos, un callejón oscuro y con olor a orina apareció ante ella. Una joven morena vestida de negro estaba apoyada contra una pared, herida; la sangre bajaba por su pierna. Parecía asustada pero firme. De repente, una sombra oscura se acercó a ella. Ella echó su mano al pecho y contrariada, llevó la mano hacia abajo y sacó una pequeña daga de la cintura. La sombra la engulló y cuando se diluyó, solo quedaba una mancha oscura de sangre en el suelo.

Violeta dio un pequeño grito, saliendo del callejón.

—¿Esta fue tu pesadilla?

—Si, ha sido horrible. Sentí una mirada, aunque no vi de donde se originaba.

—¿Sentiste la mirada? Bueno, eso sí es sorprendente. Claro que viniendo de una quince…

—¿Qué significa ese sueño? ¿Y por qué me has dicho quince?

—Vamos por partes. Eso no fue un sueño. Ocurrió en realidad. Anoche. Una guerrera desapareció, la joven que has visto. No sabemos si estará muerta o viva.

—¿Y lo habéis denunciado a la policía?

—Quien la hizo desaparecer se llama Zenit, es un oscuro.

—¿Qué es un oscuro?

—Déjame seguir con la historia de forma ordenada, Violeta, lo comprenderás mejor. Es como cuando tu madre te explicó por qué tu papá no iba a volver más. ¿Recuerdas?

—Sí, lo recuerdo, pero ¿cómo?… si yo tenía sólo once años, tú no habrías nacido…

—Recuerda que soy un ángel. No tengo edad. —sonrió con gran cariño– Verás. Los oscuros son seres malvados que desean ganarnos el terreno a los guerreros de la luz. La joven que has visto es Elisa, mi discípula y guerrera. Creemos que ha sido asesinada, o ha desaparecido. No la siento, así que no sé muy bien qué ha pasado con ella. Ella era la encargada de todo el territorio aragonés. Y ahora, necesitamos encontrar otra persona que la sustituya.

—No entiendo muy bien. ¿Dices que hay malvados y guerreros y que luchan entre sí? Bueno esto se parece a una de mis novelas.

—Exacto. Son como tus novelas. De hecho, tu novela «El infierno en la tierra» está inspirada en los hechos que acontecieron en la edad media. La usamos para que te fueras familiarizando, sólo por si acaso.

—Por si acaso, ¿qué?

—Por si necesitábamos que fueras una guerrera.

Violeta se levantó de golpe. ¿Qué le estaba diciendo? Salió de la cocina. No había nadie en casa y el aire soplaba helado fuera de casa. El dichoso cierzo. En febrero el frío no sólo era gélido sino extremadamente molesto con el fuerte viento, al que, después de vivir aquí toda la vida, no se había acostumbrado.

Tal vez si volvía a la cocina él ya no estuviera. Quizá había sido todo producto de su imaginación. Y, sin embargo, no le parecía que él le mintiera. La suave luz de la cocina todavía estaba encendida.

Se acercó a la puerta y entró. Él estaba en el mismo sitio donde lo había dejado hacía diez minutos. Sin moverse, sonriendo con amor. Casi con pena.

—Violeta… te necesitamos.

—¿A mí? Pero ¿Cómo? no soy una luchadora profesional, ni siquiera estoy en forma. ¡Mírame! ¡Soy bajita y tengo cuarenta y un años!!

—Eres perfecta tal y como eres.

—¡Estás fatal!

Violeta fue hacia la nevera. Necesitaba beber algo o comer, o hacer algo, lo que fuera. Cogió una cerveza.

—¿Quieres?

El ángel negó con la cabeza. Ella dejó la cerveza en su sitio. De todas formas, no le gustaba mucho.

—Mira, creo que sí eres un ángel, nadie es tan perfecto y, además, la verdad, no me das miedo, transmites mucho amor… pero te has confundido de persona. Supongo que estás buscando alguien que esté en forma, alguien que pueda luchar… yo estoy casada, tengo hijos. Yo no puedo…

—Y sin embargo eres tú. Siempre lo has sido. Si me permites… podría despertarte y lo comprenderías todo. Pero tienes que querer. Es voluntario.

—¿Qué pasará si me despiertas?

—Que verás la vida distinta a como la ves ahora. Y que despertarás a tus Dones.

—Pero ¿qué pasará con mi familia, con mi vida?

—Es la primera vez que una guerrera tiene familia, así que tendremos que improvisar. En principio no me han dicho que tengas que abandonarla…

—¿Y si no quiero?

—Si no te despierto a ti, la siguiente candidata es una niña de once años. No ha sido despertada y creo que no tiene la madurez que tú posees.

—Es decir, que o tienes una mujer de cuarenta y uno o una niña de once.

—Eso es.

—Vaya panorama, ¿no?

Miguel sonrió. Le gustaba el humor de la mujer.

—¿Puedo pensarlo?

—Me temo que no. Debemos establecer el contacto hoy mismo para proteger el territorio que te corresponde. Si los oscuros sienten que hay un nuevo guerrero se mantendrán agazapados hasta averiguar quién eres.

—Pero ¿estaré en peligro? ¿y mi familia? ¡Tengo tres hijos y un marido! ¡Y mi madre, mis hermanas!

—No tiene por qué pasarles nada. Ellos no son amenaza para los oscuros. Sólo tú,

—Se nota que no has visto películas policiacas. A los primeros que se cargan es a la familia.

—No en este caso. Hay un pacto. Igual que nosotros no podemos tocar a las familias de los oscuros.

—Acabáramos, ¿también tienen familia?

—Tus hijos están a punto de llegar. No quiero presionarte, pero he de hacerlo. Si no aceptas, tendré que entrenar a la niña de once años.

Violeta dudó. Le daba pena la niña, pero ella tenía familia. Tal vez si la entrenaran… Miró al ángel dudando.

—Siento decirte que la niña que te sigue… es tu hija.

La mujer empalideció y se sentó en la silla. O era ella o la pequeña Azucena. Miró con los ojos llorosos al ángel al que también se le habían humedecido.

—Está bien. Acepto. Lo que quiera que sea ser guerrero. Pero no toquéis a mi hija.

Miguel sacó de su bolsillo un medallón dorado con una piedra azul celeste en el centro.

—En el momento que te lo pongas serás ya una guerrera. Esta noche soñarás mucho, te vendrá información necesaria y puede que te ocurran cosas extrañas. Yo estaré a tu lado todo el tiempo, y podrás llamarme en cualquier momento, pues solo cuando me llames podrás verme y hablar conmigo. Si no, yo tengo permitido cambiar tu libre albedrío. Es una de las normas que deberás aprender. Pero no te preocupes, Violeta, hay muchos que quieren enseñarte. Entonces, ¿aceptas?

—¿Tengo otra opción? —El ángel pareció avergonzado— Claro, acepto.

Miguel llevó el colgante por encima de su cabeza, y pronunciando unas palabras en latín, se lo puso.

—No noto nada especial…

De repente, una vorágine de imágenes pareció atravesar su cabeza, haciéndola trastabillar y finalmente caer, suavemente recogida por Miguel, fue llevada al sofá, donde la encontraron sus hijos a la vuelta de clase.

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