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Atrapa a una ladrona quedó finalista del premio Mil palabras & Woman de Mediaset, lo que hizo que me emocionara muchísimo por ello.

Es un thriller romántico con dosis de amor, humor y algo de erotismo, aunque no es una novela erótica.

Quiero presentarte formalmente a los personajes en este primer capítulo:

En el cementerio, Charity miraba de soslayo a los, según ella, hipócritas que habían venido a darle el último adiós a su madre. Esos  hipócritas que habían sido incapaces de prestarles algo de dinero. «En los malos tiempos se reconoce quienes son los verdaderos amigos», pensaba pesimista. Con veintititrés años, su punto de vista era demasiado cínico.

Se metió el rubio mechón rebelde detrás de la oreja y pasó la mano por los hombros de su padre, que parecía tener veinte años más. Y solo tenía cincuenta. Habían venido los compañeros de la universidad de su padre, donde él daba clases de economía. Todos esos que le habían dado una palmadita en la espalda, pero que fueron incapaces de comprender y apoyar que dejara sus clases por cuidar a su esposa enferma. Ella también tuvo que dejar todas sus clases. Estaba en el último trimestre de medicina, con tres asignaturas por acabar, pero no podía estudiar. De hecho, no podía estar ni un minuto fuera de la habitación de su madre, porque ella se iba para siempre, y una mujer tan buena y maravillosa no merecía estar sola, «ni morir sola», pensó apretando los puños.

El sacerdote acabó la homilía e invitó a los presentes a decir algunas palabras. Charity se movió inquieta. Si decía todo lo que pensaba, se largarían y no quería hacerle eso a su padre. Tampoco se lo merecía. Le hizo un gesto al cura y el hombre echó agua bendita.

Su padre se secó el sudor de la frente. En California y en pleno verano, el calor era como ese primo pesado que nunca acaba de irse de casa, molesto y sin tener otra opción que aguantarlo. Todos se levantaron para saludar a su padre. Ella se quedó a su lado, pero no miró a nadie. Solo estuvo allí para que no se derrumbara.

Ocho meses horribles habían acabado ya. Ocho meses en los que su madre se fue deteriorando hasta acabar falleciendo. Se les acabó el dinero. Tuvieron que vender la casa e ir a vivir con la única persona que les acogió, su tía Enma, mientras su madre agonizaba en el hospital. «La caridad humana no existe», masculló en voz baja Charity.

Después de más de media hora de fingidos saludos, se quedaron solos, con Enma, la hermana mayor de su padre. Ella era viuda de un militar y tenía un pequeño apartamento en el centro, con dos habitaciones. En una dormía su padre, y ella, en el sofá. El pequeño perro de su tía, Ladrón, se acurrucaba en sus pies, y al principio le molestaba, pero luego le hizo compañía.

Así habían pasado mucho tiempo. Meses que se les hicieron eternos. Aun así, no quiso que pasase porque sabía lo que significaba.

—Vamos, papá, vámonos a casa —dijo Charity tomando del brazo a su padre que comenzó a caminar arrastrando los pies.

—Sí, hija, vamos.

Enma los miró con cariño y preocupación y marchó detrás de ellos. Un taxi les esperaba en la entrada y los llevó al piso de su tía. Subieron las escaleras del portal del apartamento y ella le pasó a su tía el brazo de su padre.

—Necesito dar una vuelta —le dijo mirándola con ojos llorosos—. Por favor, subid vosotros.

Su tía Enma asintió y llevó a su padre al ascensor. Charity bajó las escaleras y salió a la calle, caminando sin rumbo.  Llegó al parque donde solían llevar a su madre cuando ella todavía no estaba muy enferma y se sentó en un banco.

—¿Qué vamos a hacer ahora, mamá? —suspiró tapándose el rostro con las manos.

Comenzó a llorar suavemente, desahogándose, ya que había estado aguantando durante todo este tiempo, sin poder hacerlo para mostrarse fuerte. Pero ya no podía más.

Una suave brisa se levantó moviéndole el pelo. Charity levantó la cabeza pensativa. «Está bien, no me rendiré», pensó. Habían perdido la casa, el trabajo de su padre y la posibilidad de terminar su carrera. Eso era en este momento, pero todavía tenían un techo donde dormir y comían todos los días. Ella era joven y tenía todo el mundo por delante. Además, no tenía problemas en trabajar en lo que fuera. Incluso su padre, cuando se recuperase, podría volver a dar clases en la universidad.

Se levantó más animada y un remolino de hojas y papeles se enredó en los tobilllos. Se agachó para recogerlo. Una de ellas era una página de periódico. El director de uno de los mejores hospitales de la ciudad estaba acusado de fraude, de desviar fondos que se dedicaban al cuidado de los enfermos. Se sintió furiosa. Dobló la hoja y se la metió en el bolsillo para leerla más tarde.

Volvió paseando y se dio cuenta de que tenía apetito. Miró el reloj, pasaban de las cinco. Había estado sentada en el parque más de lo que pensaba, pero le había servido para decirse a sí misma que no se rendiría. Jamás.

Su tía Enma se había acostado la siesta, igual que su padre. Le había dejado un puré de verduras y una hamburguesa que comió con apetito. Recogió los platos y se fue hacia la sala. Ladrón se le acercó moviendo el rabo y se acomodó con ella en el sofá. Era un pequeño perro callejero de raza indeterminada que su tía había adoptado hacía ocho años. Sus ojillos inteligentes la miraron como si quisiera darle ánimos.

—Lo sé, Ladrón. No te preocupes, saldremos de esta —Charity acarició el suave pelo del perro y este cerró los ojos disfrutando de los mimos.

Sacó el papel del bolsillo para leer la noticia. Era de hacía tres días. Al parecer, Paul Seedman, el director del Hospital Queen Mary, había sido llevado a interrogar por su presunta implicación en el desvío de fondos donados no solo por la gente, sino por empresas, para mejorar las instalaciones del hospital y para atender a aquellos pacientes que no tuvieran seguro médico. Como ellos. Su padre renunció al seguro cuando le ofrecieron doblar el sueldo, pero al final, la jugada le había salido mal. Y su madre, que hacía muchos años que no trabajaba, tampoco tenía. Incluso ella, que tenía conocidos en el hospital y donde esperaba hacer las prácticas, no había tenido suerte. Todo eso que salía en las películas, que los médicos aceptan atender a la gente que no tiene dinero y esas tonterías, no fue cierto para ellos.

Como el tal Seedman. Tan guapo, tan rubio, un hombre de unos cincuenta, tan respetable, con una esposa y dos hijos, en una casa preciosa en las colinas. Una vida maravillosa y la codicia acababa por fastidiarla.

Dejó la hoja guardada en un cajón y  fue a darse una ducha. Necesitaba quitarse esos malos pensamientos que  habían vuelto. Y le costaría mucho desprenderse de ellos. Su madre les decía que no se preocupasen, que ella prefería dejar de sufrir, que estarían bien. Pero no. Ella era un sol, su sol. Era alegre, inteligente, siempre tenía la palabra adecuada, y la tarta de manzana perfecta. Eran un trío perfecto y más cuando falleció su hermanito pequeño, con solo dos meses. Eso les hizo unirse como una piña, y ahora el banco de tres patas había quedado cojo. No tenía ni idea de cómo podría hacer levantar la moral de su padre. Haría lo que fuera.

 

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