Capítulo 1 de El Pacto del Millonario

Capítulo 1. ¡De fiesta!

Emma

Miro en el armario tres veces antes de descartar todos los modelitos que tengo desde hace años y que siento que no me pegan ya. Eran de… otros tiempos a los que no quiero volver.

Acabo sentándome encima de la cama, hasta que Carla me da un susto de muerte, subiendo por la escalera de incendios y entrando en mi habitación.

—¡Lo siento! —dice sonrojada. Carla es adorable y mi mejor amiga desde siempre—. ¿No has encontrado qué ponerte?

—No. Estos vestidos… quizá no sean tan elegantes como para una gala benéfica en el Plaza. Imagínate, irá toda la élite de Nueva York y yo… soy una fotógrafa cualquiera.

—Una fotógrafa a la que ha contratado Harper’s Bazaar y a la que van a pagar generosamente. Haces un gran trabajo.

—Bah, ahora todo el mundo lleva iPhone y habrá fotos muy buenas.

—El aparato no lo es todo —dice riéndose y a la vez poniéndose colorada—. El ojo vale mucho.

—Eres un cielo… pero no quiero ir mal. No sé.

—¿Crees que verás a Nigel?

—Imagino que sí. Es un trepa. Donde está la gente con pasta, ahí va él.

—Mierda —dice ella y luego sonríe—, por eso… hablé con nuestra querida vecina ex modelo y te va a prestar un Dior vintage. La gente se pegaría por él. Ha dicho que ahora te lo sube.

—¿En serio? Pero…

—Dice que para que se lo coman los gusanos, que lo disfruten los humanos, o algo así.

Suena el timbre y voy a abrir. Mi vecina, Katherine, que ya está cerca de los ochenta, aunque según ella no ha cumplido los setenta, entra cargada con dos bolsas, parece emocionada.

—Hola, Emma, vengo a tu rescate. Debes causar una gran impresión en el Plaza.

—Voy a trabajar, Katherine, no a lucirme.

—Tonterías, vamos, quédate en ropa interior, o quizá desnuda. Este vestido requiere no llevar nada debajo.

—No sé yo…

—A tu edad me paseaba desnuda por el vestuario donde nos cambiábamos las modelos y no ocurría nada. Tienes que soltarte un poco la melena, con lo bonita que eres. Yo estaba más delgada, pero es lo que se llevaba entonces, ahora los hombres quieren unas caderas donde sujetarse y darle fuerte.

—¡Katherine! —dice Carla apurada. Su cara normalmente pálida está ahora de todos los colores.

—Cámbiate en el baño si quieres, pruébate este color champagne, con tu pelo castaño y la piel dorada, pienso que te irá de maravilla. Pero no te pongas ropa interior. Supongo que irás depilada, por si surge algo.

—En serio, no hace falta que… te recuerdo que voy a trabajar.

—Vale, vale. Por si acaso, he subido uno negro con brillantes de strass, aunque creo que, por la hora, es mejor este. Vamos, quiero verlo. Ah, y traje zapatos de tacón. Puede que te vengan un poco grandes, eres más bajita y tendrás los pies más pequeños.

—No sé cómo darte las gracias —suspiro aliviada, aunque insegura. Me meto al baño y me quedo desnuda. Sí, como me gusta correr a diario me mantengo, pero mi culo no sé si va a entrar en este vestido. Es delicado, suave y tiene unos pequeños flecos dorados. Es cerrado por arriba, pero la espalda va al aire. No puede ser más bonito.

Me lo pongo y aunque me cuesta cerrar la cremallera lateral porque lo lleno, me cabe. No podré moverme mucho, eso sí.

Salgo calzada con las sandalias de tacón doradas, que me quedan un poco grandes, pero tienen pulsera en el tobillo por lo que espero no perderlas.

Cuando paso a mi habitación, ellas me miran en silencio. Empiezo a ponerme nerviosa.

—¿Qué? Esto ha sido un error, mejor me pongo…

—¡Calla! —dice Katherine—. Estás espectacular. Esas curvas… ¡caramba! No sabía que tenías ese cuerpo, a ver, vuélvete.

Me giro, temblando y Carla se echa a reír.

—Un dedo más y se te ve la rajita del culo.

—¿Sí? ¿Y el otro vestido?

—Tiene un escote hasta el ombligo, querida. ¿qué quieres enseñar? ¿delante o detrás?

—No quería enseñar nada —digo impaciente.

—Yo creo que te queda de maravilla y sé de uno al que se le caerá la baba al verte.

—¿Quién?

—Un ex, un idiota que es un trepa. Dejó a Emma por una influencer de mierda. Solo por conseguir clientes.

—La influencer no tiene nada que ver, el mierda es él —protesto.

—También tienes razón. Bueno, que vas a dejarlo KO.

—Tengo un prendedor para el cabello, podemos ponerlo recogiéndote el cabello de forma lateral y así enseñas la espalda completa. Tienes unas pequitas muy graciosas. Y también traje un bolso muy delicado. Agradecería que todo volviera tal cual te lo dejo. Sé que no lo voy a volver a llevar, pero…

—No te preocupes, Katherine, lo cuidaré con todo mi cariño.

—Y, escucha, querida. Al no llevar ropa interior, como la faldita va suelta, aprovecha para darte una alegría. Hace mucho que no traes a nadie a casa, que lo sé. Y tu amiga tampoco. ¡Os vais a oxidar!

—Sí, creo que deberías.

—Os recuerdo: voy a trabajar.

—Una vez que acabes las fotografías, mujer.

—Bueno, ya vale. Me doy una ducha y me iré.

—Depílate y échate colonia en el cuello y en el pecho, por si acaso.

No digo nada más. Katherine se va entre risas, pero me deja el vestido negro, por si cambio de opinión, pero para mí que es mucho más atrevido que este. Es como si, al ponérmelo, mi personalidad fuera más… aventurera.

Carla me da un beso y me toma de los hombros.

—Echa un polvo, Emma, hazlo por las mujeres que no lo hacemos.

—Cómo eres —digo riéndome.

Se marcha por la ventana y acabo quitándome el vestido, lo dejo colgado y me doy una ducha. Antes de marcharme pasaré por el piso de Katherine para que me ayude a maquillarme y peinarme. La ducha me refresca, porque hoy, en Nueva York, tenemos más de treinta grados. No sé, tal vez sí debería buscar a alguien, allí habrá hombres interesantes. Debería echar un polvo, sí. Una vez que comience la recepción, seguramente no tendré tanto trabajo.

Mis pechos se endurecen al pensar en el sexo. Y eso que Nigel a veces me dejaba sin terminar. Él siempre fue muy fogoso y quería hacerlo a todas horas, solo que una vez que él se corría, se tiraba en la cama y se quedaba dormido. No digo que todas las veces hiciera eso, solo que… al final dejó de interesarme y según él, por eso se largó con otra tía.

Me enfado, salgo de la ducha y me seco el cabello. Un imbécil redomado, o quizá… quizá es que yo soy así. Mierda.

Me visto, algo enfadada conmigo misma, cojo la cámara y voy al piso de Katherine, en la planta baja. Carla vive en el primero y yo en el segundo de cuatro alturas. Es una antigua casa en Queens de renta baja, así que nos la podemos permitir.

Carla y Katherine están tomando un vino y esperándome. Ella me sirve otro y me hace sentarme. Después de maquillarme y poner el cabello de una manera que ni se me hubiera ocurrido, me miro al espejo, atónita.

—Deberías hacerte alguna foto, estás preciosa —dice Carla. Le dejo mi cámara y poso sonriendo. Es algo que recordaré para toda la vida.

Un taxi me espera, llevo una bolsa pequeña con la cámara, el bolso que me ha dejado mi encantadora vecina y un chal que, de momento, tapa mi culo. Y sí, si alguien se asoma uno desde arriba, es posible ver el nacimiento de… bueno, da igual.

Llego al Plaza puntual y pido la acreditación cuando me presento, aunque el director parece sorprendido. Es un hombre joven, sobre los treinta como yo, y de cabello corto y moreno. Por supuesto, lleva traje.

—¿Señorita Emma Carter, la fotógrafa de Harper´s Bazaar?

—La misma, señor…

—Soy Garret Bayn, director de eventos del hotel. No sé, esperaba… —dice mirándome el vestido.

—Lo siento, ¿cree que voy vestida de forma inadecuada?

—No, por Dios. Es… simplemente demasiado adecuada, preciosa.

Lo miro con una sonrisa y él parece quedarse parado, así que me da la acreditación que me pongo de pulsera y me indica lo que desean. Hay que tomar una fotografía de los invitados y luego del evento. Va a asignar a una muchacha ayudante para que guarde mis cosas.

—Por supuesto, podrá disfrutar del cáterin una vez que acabe. A los invitados tampoco les gusta que los fotografíen mientras comen, así que una vez lleguen a la sala y haga algunas fotos de la presentación, mi ayudante guardará su cámara si no le parece mal.

—Claro, seguro.

—Annie, ven, ella es Emma Carter.

Miro a la chica, no tendrá mucho más de veinte. Parece agradable y profesional.

—¿Qué tal, Annie? Quiero hacer algunas fotografías de la sala antes de que entren, ¿me llevas?

—Claro que sí.

Me despido de Garret, un buen candidato para… lo que sea que quiera hacer esta noche. Annie es encantadora y me ayuda a conseguir planos estupendos. Llega la hora en la que llegan los invitados y me dirijo hacia la entrada. El chal me molesta, así que ella, detrás de mí, me lo guarda. Los invitados apenas me prestan atención, solo sonríen a la cámara. Como siempre, hay un poco de todo, en cuanto a físico, pero con mucha pasta en su mayoría.

Veo a Nigel llegar con la influencer y me escondo detrás de mi objetivo. Creo que no me reconoce, porque sonríe sin más. Es cierto, un tío de metro ochenta y cinco, con un traje de chaqueta ajustado que marca, a mi gusto demasiado, sus musculitos de gimnasio y la sonrisa que le costó una pasta. La influencer es una chica bajita, con el cabello largo y piercings en nariz y boca. Ella sonríe de forma natural a todo el mundo, y sé que me cae bien. ¿Qué hace con este imbécil?

Siguen pasando los invitados y todo el mundo se queda en silencio. Un hombre sale del coche, con traje, impecable, cabello castaño muy peinado, ojos azul oscuro. Ya sé quién es. Liam Blackwood, de Blackwood Investments, al que llaman el hombre de hielo o Iceman y, por otra parte, el soltero más codiciado de la ciudad.

Le hago unas fotos, ni sonríe, solo parece mirarme de arriba abajo con incomodidad. Me quito la cámara de la cara y él levanta una ceja. Luego se va hacia el interior.

—Caramba, Emma. Me da calor solo de verlo —se ríe Annie. Lo miro por detrás, espaldas anchas, un traje a medida y el cabello corto por detrás, más largo por arriba. Impecable. Perfecto.

Annie me da un pequeño empujón y sigo trabajando. Después de que todos los invitados han pasado al salón, la anfitriona, Sophie de Labain, una preciosa mujer en sus setenta que se casó con un duque francés y se afincaron en Nueva York, da la bienvenida. Me cuelo entre los invitados para hacer las fotografías.

Ella agradece todas las donaciones, insta a que sean generosos y después los invita a comer. Annie me pide la cámara y me guiña el ojo.

—Ahora a divertirte. Hay muchos solteros interesantes por la fiesta. Con ese vestido seguro que alguno cae.

—No estoy interesada en ligar, Annie, pero gracias. Estoy muerta de sed.

Ella me dice que me guarda la cámara en la recepción y que la busque luego. Estoy contenta. Creo que he hecho buenas fotos y hacía mucho que no salía. Me acerco a la barra y me ofrecen un cóctel de champagne, así que acepto. Está suave, dulce y delicioso.

Me giro para ver a los invitados y paso la lengua por mis labios, relamiéndome porque la copa tiene algo de azúcar en el borde.

—Eso está muy mal, señorita —dice alguien a mi lado, tan cerca que noto el olor delicioso a su colonia, entre madera y sándalo. Me vuelvo algo sobresaltada.

—Soy Liam Blackwood y usted además de fotógrafa es…

—Emma Carter. ¿A qué se refiere? ¿Qué he hecho mal a su parecer, señor Blackwood?

—Solo Liam. Pasar la lengua por los labios de esa manera. ¿Lo ha hecho a propósito o le sale de natural?

Me sonrojo ligeramente y me aparto. El hombre de hielo, claro. Y, además, un imbécil.

—Lo siento si lo he incomodado. Buenas noches.

Él me toma del brazo y acaricia con un dedo mi piel. No puedo evitarlo, mis pezones se yerguen. Él los mira y sonríe de lado. El muy imbécil tiene un pequeño hoyuelo.

—Su vestido es muy especial, realmente interesante, si me permite decirlo, Emma. Yo diría que es de esos en los que no se puede llevar ropa interior.

Su dedo sigue trazando círculos en mi piel y siento que voy a salir en combustión espontánea. Así, que tomo las riendas.

—Me parece que sabe mucho de vestidos, Liam. Ha acertado de pleno.

Mi respuesta hace que su mano se aleje de mi cuerpo, como si quemase, como si mi temperatura corporal, que arde a estas alturas, pudiera contagiarle.

—Que pase feliz noche, Emma.

Me quedo tan fresca. ¿Se va? O sea, me parece un imbécil que está buenísimo y tiene pinta de… saber hacerlo. Mi humedad es sin duda una prueba de ello.

Algo frustrada, me dirijo hacia la mesa donde hay pequeñas miniaturas que parecen deliciosas. Katherine me ha aconsejado no comer demasiado, sobre todo aquello que pueda mancharme la boca, pero muero de hambre. Elijo un pequeño canapé de color blanco y me lo llevo a la boca. No sé qué es, pero está delicioso, picante y especiado.

Ronroneo y vuelvo a tomar uno de color rosado. Mi cóctel ha desaparecido y un camarero que me guiña el ojo, me ofrece otro. Garret se acerca a mí.

—Espero que todo haya salido bien —dice amable.

—Sí, y Annie es encantadora. Me mostró algunos rincones desde donde se podía hacer unas tomas espectaculares.

—Lleva solo seis meses, pero se ha hecho con todos nosotros.

Sonrío, él parece algo tímido y de repente, se me ocurre.

—Garret, no llevas anillo de casado.

Él se queda cortado, mirándome, y me echo a reír.

—No, no, te lo digo porque tengo una amiga muy especial, Carla, y pienso que estaríais hechos el uno para el otro. Llámalo intuición.

—La verdad es que he pasado por un mal momento, llevo dos años solo, sin una pareja estable. Y si me la presentas tú, creo que me gustaría conocerla.

—Espera que te enseño una foto. Sin compromiso, ¿sabes? Solo si te apetece.

Saco el móvil del bolso y busco una de las fotos de Carla, en la que está abrazada a su perrito. Él suelta una exclamación.

—No puede ser. Yo tengo uno igual, pero de color canela. En serio, ¿podrás presentármela?, además de que es preciosa.

—Es una chica muy inteligente. Trabaja en un bufete de abogados en prácticas, y es tímida. Me dio la impresión de que tú también.

—Me costó lograr este puesto por esa razón. ¿Puedo darte mi teléfono y le preguntas a Carla?

—Claro que sí.

Tecleo en mi móvil su número. No sé si yo ligaré, pero es que he sentido una palpitación de que Garret es para mi Carla.

—Tengo que dejarte, debo atender a la señora de Lorain. Muchas gracias, Emma, eres un sol —dice dándome un beso en el rostro—. Nos vemos luego.

Sonrío, feliz de la vida y guardo el móvil en el bolso. Carla va a quedarse encantada, porque este chico es guapísimo y muy dulce.

—Hola, Emma —dice Nigel acercándose con la chica de la cintura. Ahora que se ha quitado el chal, veo que lleva un vestido semitransparente que no deja nada a la imaginación. Ella sonríe, pero diría que está incómoda.

—Hola, Nigel.

—¿Qué tal? Soy Venus —dice ella extendiendo su mano. Se la doy y le sonrío.

—Emma.

—Mi ex. Ya te he hablado de ella.

Levanto una ceja. A saber qué le ha contado este idiota.

—Eres fotógrafa, ¿verdad? —pregunta Venus.

—Sí, hice las fotos de hoy.

—Me encantaría ver tu trabajo, ¿tienes portfolio? Estoy buscando una fotógrafa de confianza.

—Claro, busca Emma Carter, enseguida salgo.

Ella teclea en su móvil y asiente.

—Vaya, tus fotos son muy buenas. ¿Será inconveniente que salga con Nigel para trabajar juntas?

—Desde luego que no, yo salgo con alguien, así que todo perfecto. Me encantaría trabajar contigo.

Es una buena oportunidad para mí, si no la caga mi ex.

—¿Ah, sí? Si sales con alguien, ¿cómo es que estás sola? Porque con ese vestido, cualquiera podría querer llevarte a la cama.

Miro nerviosa hacia Garret, él podría fingir que es mi pareja y quedaría bien. Pero alguien me toma de la cintura y me da un beso en el rostro.

—Perdona, amor, estaba hablando con unos colegas.

Me vuelvo y veo con sorpresa que el mismísimo Liam Blackwood me sonríe, mientras su mano, en mi cintura, realiza esos círculos en mi piel que me humedecen al instante.

—Caramba, sí que has apuntado alto, Emma.

Venus le da un suave codazo y se lo lleva, diciéndome que me llamará.

—Ya se han ido, puedes quitarme la mano de encima.

—¿Y si no quiero? —dice él—. ¿Gritarás o le dirás a tu ex algo?

—Eres un rematado imbécil —digo sonriendo. Él también lo hace.

—Tú y yo vamos a hacer un trato.

Portada del libro El pacto del millonario

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Mira algunos comentarios:

Noreia:

«Ya desde el primer capítulo, con la vecina y la amiga, a mi ya me tenía ganada, y más aún cuando acabé el capítulo y seguía con la sonrisa en la boca. Aunque la trama está más que clara cuando lees este tipo de libros, lo que te deja esa sonrisa en los labios es el cariño que le pone a los detalles de los personajes (tanto principales como secundarios), y como te vas encariñando con ellos. Liam hace cosas que a mi gusto sobraban, pero claro, sino no habría consecuencias… y hasta ahí puedo contar. Pero vamos, que si te apetece pasar un rato agradable, te recomiendo que lo leas, y como no, nos presenta de pasada al prota del segundo libro! Pd: gracias por ese epílogo tan bonito ;)»

Daniela:

«Madre mía que pasada me ha encantado la historia de estos dos de verdad enhorabuena a la autora por tan maravilloso trabajo y desde luego que no se lo pierda nadie de verdad yo voy corriendo a por el siguiente libro de la serie.»

Juana María:

«La aconsejo y ahora compro la siguiente para leerla, me ha gustado mucho aconsejo que la leáis y sigue escribiendo.»

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