Capítulo 1 de Café Del Mare

Aquí la cuarta novela de la saga Castel.

Capítulo 1. La costa

Caleb se deslizó por la orilla de la playa frente a su casa en Pylos hasta el fondo del océano. Al momento, sus piernas se convirtieron en esa alargada, brillante y escamosa cola de sirena, o mejor, del tritón que era. Klah, el tiburón hembra que había sido defensora de su hermana Elody cuando se enfrentaron a su padre, remoloneaba en la bahía, esperándolo como cada mañana, para llevarlo a las profundidades.

A su hermana tuvieron que realizarle una transfusión cuando estuvo en grave peligro por lo que pensaban que no tenía los mismos poderes de agua. Sumado a sus dos revoltosos pequeños, ya no se metía demasiado en el mar. Tal vez le traía malos recuerdos. Y sí, reconoció mientras nadaba hacia la fosa, él no se había comportado demasiado bien con ella al principio.

Elody fue su salvación, le abrió los ojos hace dos años y se dio cuenta de que su padre lo había manipulado. Por suerte, él se fue, pero se llevó a casi toda la población de tritones y parte de las sirenas, atravesando el dichoso portal mágico hacia donde quiera que fuera.  Ese acto casi le costó la vida a su hermana y le hizo ver que su padre no era el héroe que quería salvar a su pueblo. Por todo ello, deseaba arreglarlo. Se sentía demasiado culpable como para dejarlo así. Ni siquiera se lo había dicho a la familia, solo lo sabía él y la princesa Idar, que en cuanto se metía en el agua, solía aparecer para saludarlo.

Se agarró a la aleta dorsal del tiburón y este aumentó la velocidad, como si estuvieran en una atracción de feria. Caleb sonrió feliz. Nada como estar en el mar para mejorar su estado de ánimo.

Y, desde luego, podría regresar a Bella Costa, vivir en Casa, donde tenía una habitación, tal vez trabajar en el Café o estudiar algo relacionado con la biología marina, quizá más adelante. Tampoco había vuelto cuando cumplió los dieciocho, porque su proyecto era muy importante. Así se lo dijo a todos.

Su madre y Elody, con Gabriel y los pequeños lo habían ido a visitar varias veces a la pequeña casa que se compró en Pylos, a la orilla del mar. Era blanca, con el tejado azul añil y solo había tres habitaciones, una para él y dos pequeñitas, con un baño. El salón y la cocina eran uno solo. No necesitaba más y tampoco dinero. Gracias al oro que había en el océano, había conseguido comprar la casa y tenía para vivir sin trabajar toda la vida, si así lo quería. También les dio a su familia, para que no tuvieran problemas económicos, pero seguían llevando el café, aunque claro, el deber de las brujas Castel siempre fue estar en contacto con los seres de Mundo Oculto y vigilar las malas energías que nos rodean. Alguna vez Casa le mostró los diarios de sus antecesoras, Sari, Eliana, incluso alguna más. Eran historias muy interesantes, casi tanto como lo que le sucedió a su hermana mayor. Ella también había decidido ponerlo en papel para las próximas generaciones.

Además, según le había dicho Fara, la bruja encargada del lugar bajo el Café Nocturna en su última visita, las Castel o las Montoro de Bella Costa eran propicias para encontrar problemas allá donde fueran. Muchos problemas y muchos dones, había acabado diciendo, mirándolo con suspicacia. Claro que él era solo medio brujo y su naturaleza acuática pesaba sin duda mucho más.

Él llevaba un tiempo en la ciudad y no había tenido ningún lío. Ni siquiera había un café mágico en el lugar. Aunque sí había visto eónidas y algún celéritas. Se saludaban, sin más. Como él no hacía ningún movimiento extraño, todos estaban tranquilos.

Las casas blancas con tejados de teja rojiza de la ciudad daban un aspecto pintoresco a Pylos. Le gustaba porque era un sitio muy tranquilo, sin mucho turismo, y donde no tenía que ocultarse demasiado. Aunque conforme se adentraba en la temporada de verano, incluso siendo mayo, habría más afluencia de visitantes y no podría desaparecer en el mar, así como así. Tendría que irse hasta la bahía de Navarino, caminar hasta encontrar la zona menos visible y pasar la isla de Sfaktiria, para bajar a la fosa. Mientras tanto, disfrutaría de nadar en las profundas y azules aguas.

Klah lo dejó en la ciudad y él, como casi cada día, visitó a un par de tritones que habían vuelto allí a vivir, no soportaban estar en tierra firme. Tenían una edad avanzada, aunque debía de reconocer que desde que habían vuelto estaban más saludables.

«Caleb, ¿todo bien por allá arriba?», pregunto uno de ellos, saludándole mientras recogía algunas algas.

«Como siempre, esperando a los turistas», contestó él mentalmente. El hombre asintió y siguió con su trabajo.

Klah lo esperaba a las afueras, no quería asustar a los dos únicos habitantes. Era una pena, la ciudad siempre fue bonita y que ya no vivieran tritones o sirenas allí lo apenaba. Incluso el mar estaba menos limpio. Ellos se encargaban de mantener todo en orden.

Llegó al portal derruido. Solo había conseguido montar parte de un lateral. Y sí, quería volver a abrirlo para que los tritones regresaran. En cuanto a su padre… no lo tenía claro. Era cierto que lo había criado de una forma marcial, manipuló a Elody y casi la mata, pero algo en él le decía que tenía que saber más.

Revisó las piedras y se preparó para subir una de las más grandes, haciendo palanca con una plancha de acero que encontró en una de sus incursiones. Había inventado unos arneses, que, junto a su magia de agua, podrían ponerlas en su sitio, o eso esperaba.

Una corriente con olor dulce lo rodeó. Idar.

«Hola, Caleb, sabía que estarías aquí»

«Supongo que como todos los días», contestó él con fastidio.

«A mi madre le gustaría verte»

«¿Para recordarme mis supuestas obligaciones?», contestó él mirándola. Ella pareció retraerse.

«Te has quedado solo, aquí, en el océano. En Tierra ya sé que tienes familia. Nosotras podríamos ser tu familia marina. No tienes por qué venir a vivir allí. Si quieres, debido a tu naturaleza dual, podrías vivir en esa casa. Incluso podría visitarte».

«Idar, yo no quiero… soy muy joven para comprometerme y no estoy enamorado de ti. Lo que hiciera mi padre es una cosa. Eres libre de decidir con quién quieres estar».

Ella se giró rápido creando un pequeño remolino.

«El problema es que no hay tritones, tu padre se los llevó a todos. Eres la… única manera por la que puedo ser madre».

«Lo siento, Idar. Dame… tiempo».

«¿Para qué? ¿Para abrir el portal y marcharte como hizo él, llevándose a las sirenas? Estás tan equivocado… no lo vas a conseguir. ¿Acaso vas a traer a tu hermana y desangrarla?»

«Por supuesto que no», contestó enfadado. «Tengo que trabajar».

«Mañana por la noche te esperamos en el palacio. Debes obediencia a la reina».

Ella se marchó rápido y lo dejo trabajar. Tiró las cinchas a la arena enfadado. ¿Obediencia? Él era el príncipe tritón y no debía obediencia a nadie. Sin ganas de trabajar más, se subió a Klah y regresó a la bahía nadando. Todavía llevaba los pantalones tejidos con la magia de las sirenas. Desde luego, su cuerpo había cambiado mucho en dos años. No parecía un adolescente, sino un hombre de anchas espaldas trabajadas por nadar sobre el agua y bajo ella. Su cabello había crecido y se ondulaba haciéndole cosquillas en los hombros. Salió del agua y se puso al sol para secarse. Sacudió su cabello y miró hacia la isla. Pylos era un buen lugar para vivir, con sus casas blancas, sus callejuelas estrechas y los comercios pintorescos. Él nunca había conocido eso, hasta que fue a Bella Costa y supo lo que era una ciudad terrestre.

Por el motivo que fuera, en este lugar se encontraba de maravilla. Tenía un pequeño grupo de amigos, humanos en su mayoría, solo había un eónida que, desde luego, no lo parecía. El muchacho, Kostas, sabía quién era, y al principio estuvo distante, pero luego se dio cuenta de que podía confiar en él.

Y también estaba… ella.

Suspiró mientras volvía a su casa caminando. El sol ya había calentado su piel y se puso la camiseta y las deportivas que había guardado tras unas rocas. Se dijo que tenía hambre y que tendría que desayunar en algún sitio, así que se fue a la taberna que ella regentaba con su familia.

Marina era hermana de su amigo Tamis, de su misma edad. Ella tenía dos años más y lo fascinó desde el principio. Morena de cabello, con la piel tostada al sol y con ojos del mismo color que él observaba cuando se sumergía, azul profundo. Las pecas que rondaban sus pómulos le daban un aspecto mágico y siempre sonreía.

Lo malo, que lo trataba igual que a su hermano pequeño.

Entró en la taberna y se acercó a la barra. Su estómago gruñó al ver los buñuelos fritos con canela y nueces espolvoreadas y ella salió de la cocina, cargada con una bandeja de empanadas de feta. Le sonrió al verlo.

—¿Vienes de nadar?

—Sí, como todas las mañanas —dijo él sonriendo—. Se sentó en una banqueta en la barra, aprovechando para observarla mientras colocaba todo en el mostrador.

—Enseguida estoy contigo —dijo ella.

«Ojalá estuvieras conmigo», pensó él. Pero se conformó con observarla. Enseguida le trajo su café con el vasito de agua.

—¿Hoy qué te apetece?

—Una empanada, de esas que has sacado, quizá algún buñuelo.

—Claro.

Le puso lo que él había pedido, más una ensalada de fruta con higos, uvas y nueces. Sonrío al dejarlo delante y él se quedó extasiado.

—¿Has pescado algo? —pregunto ella. Él dio un respingo. Solía llevarle algo para la cocina, pero ese día con lo de Idar y la reina se le había pasado por completo.

—Hoy no hubo suerte. Mañana te traeré algo grande.

—No te preocupes, mi babás fue hoy a pescar. Según un compañero, han visto un tiburón blanco enorme, pero aquí no suele haber. Seguro que fue una bolsa de plástico.

—Seguro. Los tiburones no se acercan a la bahía —pensó que tenía que advertir a Klah de que no se dejara ver.

—De todas formas, ten cuidado —dijo ella acercándose un poco más. Él comenzó a ponerse nervioso y solo pudo asentir.

Desayunó despacio, aprovechando cada segundo para observarla. Ya nadie se extrañaba de verlo vagar por la ciudad sin estudiar o trabajar. Había dicho a sus amigos que  su familia había heredado una cantidad de dinero y que él decidió tomarse un tiempo para encontrar su camino. Y no andaba muy lejos de la verdad.

Un hombre malencarado entró en la taberna. Hacía una semana o así que lo había visto llegar. Su rostro, sin afeitar, era desagradable y también sus modales. Vestía con una camiseta desgastada y llevaba una gorra que en su día debió de ser roja, pero que había pasado a un marrón parduzco. Había llegado en un barco pesquero grande, aunque ninguno de los conocidos lo vio pescar.

—Chica, ponme un café —dijo sin educación. Marina sonrió brevemente por cortesía y colocó el café delante de él cuando lo tuvo preparado. Luego se volvió a sus tareas.

—Tú, chaval, ¿buscas trabajo? Te he visto rondar el puerto —preguntó a Caleb mirándolo fijamente.

—¿De qué? —dijo él, en el fondo, quería saber.

—En mi barco, si sabes bucear, puedo contratarte. Estoy buscando gente que pueda bajar a mucha profundidad.

—A él se le da de maravilla bucear —dijo Marina, pensando en ayudarle.

—Bien, preséntate en el puerto a las siete de la mañana. Mi barco es el Eudora.

—No he dicho que sí —contestó Caleb—, ¿Para qué quiere bajar al mar profundo, si no hay nada?

Él sabía que sí había, pero no se lo iba a decir.

—Eso crees tú. Sé de buena tinta que hay un barco hundido, pero las coordenadas no las voy a desvelar. Si quieres ganar dinero, vienes.

Bebió el café de un trago, dejó varias monedas de euro sobre el mostrador y se fue.

—Caleb, sería una buena oportunidad para usar lo que tan bien se te da en algo provechoso. ¿Y si encontrases un tesoro?

—No hay tesoros por aquí. Ya sabes, en realidad, no necesito trabajar, ya sabes.

—Estar todo el día ocioso no es bueno para ti, Caleb. Algo tendrás que hacer con tu vida —dijo ella más seria.

—No eres mi madre —contestó él algo molesto. Ella asintió.

—En eso tienes razón, pero si algún día quieres tener una familia, lo mismo deberías darles una estabilidad. Pregúntaselo a tu madre a ver qué te dice.

Marina pareció molestarse también y se metió en la cocina. Como él sabía los precios de todo lo que se había tomado, incluida la fruta, dejó el dinero y se marchó, pensativo. Quizá sí que tendría que averiguar qué sabía ese tipo que parecía más un pirata que un marinero. No habría problema en bucear sin convertirse. Había aprendido a controlar su cola de tritón, porque cuando se bañaba con sus amigos, no lo hacía.

Tal vez fuera a investigar qué quería ese hombre. O puede que lo hiciera por ella.

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