Capítulo 1 de Café Des Miracles
Esta es la tercera novela de la Saga Castel, se puede leer de forma independiente, pero quizá sería mejor empezar por la primera.
Capítulo 1. Pesadilla
Cornelia se removió en la cama, inquieta. Le había costado muchísimo dormirse y era porque, desde su iniciación, las pesadillas habían vuelto. Esas en las que se ahogaba y no podía salir de un espacio cerrado, como si estuviera en un saco que metían en el agua. ¿Sería una premonición de que iba a morir de esa manera?
Los sueños eran muy vívidos y acababa despertándose cubierta de una película de sudor y con palpitaciones. Y tampoco lo había comentado ni a sus mejores amigas, Elody, Maddy o Mimí.
Después de todo lo que había pasado Elody, y ahora con sus dos bebés gemelos, no quería preocuparla. Mimí se había ido a la universidad y Maddy andaba distraída con su novio cien por cien humano, por lo que no solía pasarse por el café, por si acaso él descubría algo. No, en ese momento no podía comentárselo a nadie. Menos a su abuela, la gran Sabina Montoro, una poderosa bruja transmutadora. Sin embargo, ella como heredera de los dones de la familia, suponía un gran reto personal y una decepción para su abuela.
Desde la iniciación, sí que podía manejar los elementos, sobre todo el aire, incluso hasta poder elevarse. O cuando tiró a Gabriel, el anterior, no el de ahora, pensando que se había llevado a Elody. Aunque, por supuesto, había sido su padre tritón el que la había secuestrado. Luego, con ayuda de su hermano Caleb, pudieron rescatarla y pasó todo ese lío de Gabriel del que nadie hablaba. Los celestiales tenían sus propias leyes. ¿Quiénes eran ellas para siquiera discutirlo?
Desde entonces, las pesadillas la perseguían cada noche. Había recurrido al libro de sanación de su antepasada, Gracia Montoro, a la que Elody conoció y que era muy habilidosa. En ese libro tan interesante, había muchas pociones y rituales, entre ellas, la de dormir sin pesadillas. No le había funcionado. Puede que fuera porque ella no tenía el don de la sanación.
Le sonó el aviso del grupo. Elody les enviaba fotos de los gemelos y ese día estaban casi sentados. Sari era una niña adorable, pelirroja y con la mirada despierta, y Ángel, rubio y de ojos claros, era bellísimo, un niño de anuncio. Mucho más tranquilo que su hermana, sin duda.
Se levantó, tras enviar emoticones de corazones al grupo y se dio una ducha. Su familia no vivía en un lugar como Casa, sino que tenían un chalecito con terreno, no muy grande, pero con el suficiente jardín como para cultivar hierbas sanadoras. Cornelia vivía con su abuela y a veces Marga, su prima, médico, se pasaba para cenar con ellas. Una vida que empezaba a aburrirle.
Mientras se vestía, pensaba que cuando se iniciara se convertiría en alguien especial, que su abuela la tendría en cuenta para el aquelarre, y todos sus objetivos se habían acabado allí, cuando no sucedió. En ese momento, quería haberlo tenido claro como Mimí, que estaba estudiando en la capital psicología. ¿Qué le gustaba a ella? No lo sabía. Tal vez debería buscar un trabajo, pero no se le daba especialmente bien nada. En el Café Nocturna habían contratado a una bruja recién llegada, procedente de Escocia, de las Caitlin, que venía de intercambio. Tenía veintidós y una preciosa melena rojiza, además de tener fuertes dones de agua. Su abuela y la de Elody, incluso ella, estaban encantadas de su presencia.
No, no tenía envidia ni celos, y era ella la que se había apartado, preocupada por su falta de sueño.
Bajó a la cocina. Su abuela ya se había ido y ella comenzó a desayunar, sin saber muy bien qué hacer. Una ráfaga de viento le dejó una nota sobre la mesa. No pudo ver al mensajero, aunque imaginó que sería un nebulomante.
«Ven a verme. Fara»
Y lo que mandaba Fara, debía de hacerse. Un poco más animada por bajar a ese mundo fantástico, cogió su mochila y salió de casa.
En cinco minutos llegó al café, saludó a Ted, a Hermione, la bruja escocesa, y se dirigió al pasillo. La puerta se abrió para ella y bajó al Mundo Oculto, donde los habitantes tenían día de mercado. Una pequeña eónida le dio la mano, mientras parloteaba sin parar acerca de las mercancías del mercado. Llegó a la taberna, donde Fara se sentaba con una jarra de cerveza y su habitual pipa sin tabaco.
—Siéntate, niña.
Cornelia se puso enfrente y enseguida un hada le trajo una infusión calentita. La primavera era cálida ya, pero amaba el té caliente.
—Tienes ojeras, no duermes, no has despertado del todo. ¿Qué te pasa?
—No lo sé, abuela Fara. Tengo pesadillas, sí.
—Con todo lo que le ha pasado a Elody y a su familia, te he descuidado y eres una bruja con posibilidades, tu abuela es una mujer cabezota y debería implicarte más en sus reuniones. Como si a ella no le hubiera costado mucho empezar a transmutar pequeñas cosas.
—¿Sí? ¿También le llevó tiempo?
—Hay brujas cuyos dones requieren una cierta dosis de madurez. Otras, el don está desatado, como le pasó a Elody, cuando le llegó de golpe. Eso no es tan bueno. Y ya veremos con sus hijitos. En tu caso, creo que hay algo que impide que salga del todo, algo en tu mente.
—¿Soy yo la que no lo dejo salir?
—Creo que sí. Cuando murió tu madre, tu abuela quedó muy afectada, imagínate, era su única hija. Al principio no quería verte, pero luego te amó. Esperaba de verdad que pudieras comunicarte con Alexia, con tu madre, pero creo que hay algo en ti que lo impide.
—O tal vez no sea médium. Podría tener otros dones. Mi familia es sobre todo sanadora.
—Todas las brujas tenemos la sanación en vena, aunque es cierto que a tus antecesoras siempre se les ha dado muy bien ese tema —chasqueó la lengua y negó con la cabeza para cambiar de tema—. Mira, te vas a ir de viaje. Lo he hablado con tu abuela. Quiero que visites a una bruja médium que también hace regresiones, desbloqueos y otros rituales. Tal vez te ayude a volver a ese momento en el que cerraste tu tercer ojo.
—No estoy segura, Fara. Creo que os estáis haciendo muchas ilusiones con mis supuestos dones. Hay muchas brujas que ni los tienen. Podría ser una de ellas y no pasaría nada.
—Eso es cierto, no pasaría nada, muchacha. Pero piénsatelo.
—Gracias por todo, abuela Fara.
—Venga, lárgate, tienes a tus amigas arriba.
Cornelia sonrió y subió las escaleras, deseando verlas. Cuando salió, una algarabía la recibió. Gabriel sostenía a Sari que estaba congestionada, llorando en sus brazos, aunque él sonreía amoroso y, mientras, Elody sujetaba a Ángel, que miraba a su hermana con el mismo rostro amable y paciente de su padre. Y eso que tenían solo unos meses. Por fin, Gabriel sentó a los dos en sus sillitas y salió del café, despidiéndose alegremente de todas, mientras la madre miraba a sus gemelos angustiada.
—Hola, cariño, ¿qué le pasa?
—Es una fiera de niña —dijo suspirando con cierto alivio—. Siéntate, Cornelia, ahora viene Maddy. Tomemos un té tranquilas, lo necesito.
—Claro.
Ted, el eónida, se acercó para llevarles un té de tranquilidad y para ella, un café especiado. Vieron salir a la madre de Elody, que se iba a trabajar y a su abuela, que acudía al aquelarre con la suya propia. Suspiró.
—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? —preguntó Elody.
—Sí, bien. No sé. Pesadillas, sin más. Tus pequeños están preciosos, ¿duermen bien?
—Sí, a ratos. Cuando no se despierta uno, es el otro. Pero Gabriel y yo somos tan felices. Ojalá encontrases a alguien como él.
—¿A un celestial? No, creo que no.
—No, mujer —contestó riéndose—, al amor de tu vida, ese que, cuando lo miras a los ojos, sabes que es él, que quieres pasar el resto de tu vida amándole.
—Vale, vale. No tengo prisa. Ya llegará.
Maddy entró, cargada con la mochila de clase y una gran sonrisa en el rostro.
—Esa es la cara de estar colgada de alguien —dijo Elody riéndose.
—Ay sí, ¿y tus pequeños? ¿Se los llevó Gabriel?
—Sí, un rato, para dejarme tranquila. ¿Cómo te va? ¿Y tu hermana?
—Le hubiera gustado volver, pero está hasta arriba de exámenes. Y además creo que sale con alguien. Yo bien, con mi chico. Estoy super enamorada, aunque sea humano. ¿Creéis que tendría que decirle que soy una bruja?
—Técnicamente no te han iniciado —dijo Cornelia—. Igual podrías esperar a ver y si sigues con él, comentárselo. Podría asustarse.
—Tienes razón. Solo llevo unos meses, pero siento que es el amor de mi vida, como le pasó a Elody.
Siguieron hablando de sus cosas, aunque Cornelia no les habló de sus pesadillas. Tampoco es que fueran nada claras. Después de despedirse y antes de comer, se fue a la playa, para sentarse en una roca, mirando el agua. Jugueteó con la brisa y la arena, formando remolinos. No se le daba mal el don del aire, desde luego. Y con eso parecía tener que conformarse. Quizá necesitaba alejarse de todo y replantearse su vida. Debía buscar algún tipo de trabajo o tal vez empezar a estudiar algo, todavía no sabía qué. Había estado tan centrada en el tema de la brujería que una vez acabó bachiller e hizo la prueba de acceso a la universidad, no continuó. Su abuela tampoco le insistió, siempre demasiado ocupada con el aquelarre y con cualquier otra cosa. Tampoco es que ella supiera qué estudiar. Le gustaba la naturaleza, las plantas y los animales, tal vez debía hacerse veterinaria, pero había algo que le decía que ese no era el camino.
Suspiró y fue para casa. Un mensaje de su abuela le indicó que no vendría a comer y posiblemente tampoco a cenar.
Se metió en el despacho para leer los manuales de sus antecesoras, sin nada más que hacer. Cenó ligero y se puso una serie en la televisión, hasta que medio dormida, acabó en la cama. Y allí empezó de nuevo una pesadilla, esta vez tan real que sintió que moría.
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