Capítulo 1 de Café Bhean Na Loch
Hoy puedes leer el capítulo primero de Café Bhean Na Loch (Dama del Lago), la segunda de las novelas de la Saga Castel, aunque se puede leer de forma independiente.
Capítulo 1. La posada
El día que murió su madre, ella tenía unos seis años. La pretendía un conde de la ciudad porque era muy bella, con el cabello rojo y ondulado con el que amaba jugar. Como el suyo.
Su madre se negaba a su cortejo, así que el hombre hizo explotar con magia la casa donde vivían, la posada que estaban construyendo para ganarse la vida y resultó muy malherida.
Solo que, en realidad, ella acabó muriendo y en su cuerpo apareció el alma de una muchacha nacida unos trescientos años más tarde, Elody, su descendiente. Por deseos cruzados, ella llegó a su vida. Era alegre, amable y les tomó mucho cariño, pero el conde insistía en sus malas intenciones y tuvo que irse.
La encontraron en su cama, vestida y pálida. Ella ya sabía que su verdadera madre hacía tiempo que había muerto, por lo que lloró menos que sus hermanas. Ya lo había hecho antes, cuando supo que no volvería jamás. Pero la vida, tozuda, había continuado y salieron adelante. Con ayuda de la abuela, la señora Montoro o su tía Greta, además de Maese Gabriel, acabaron la posada y cuando fueron adultas, comenzaron a trabajar para ganarse la vida.
***
Casa, su hogar mágico con personalidad propia, sacó uno de sus vestidos de trabajo, que empezaba a estar demasiado remendado. Sari recogió su cabello rojo en una gran trenza, algo práctico para trabajar en el Café Nocturna. Sonrió cuando recordó el momento en el que pintaron el cartel, con un nombre raro que a su abuela le pareció algo excéntrico, pero al contarle que así se llamaba en los tiempos de Elody, aceptó con un suspiro. Porque no solo había perdido una hija, sino que perdió a su descendiente.
—Una de las mías —dijo en voz alta. Casa se removió e hizo aparecer el librito con el retrato de Elody y Gabriel.
Era curioso que, cuando ella se fue, él parecía no estar triste. Tal vez se lo contó. Y luego, cuando acabó de arreglar a Casa, desapareció. Cuando ella cumplió los doce, le pareció verlo, a lo lejos, pero estaba distinto, más delgado y triste. No volvió a saber más de él, claro que, tener que empezar a trabajar en su posada, sin su madre y siendo tan pequeñas, hizo que no les diera tiempo a pensar.
Greta dejó de servir en la casa donde estaba y se ocupó de la cocina, la abuela y sus hermanas Raisa y Prisila hacían lo que podían. Hasta que fueron mayores y entonces ella se encargó de las mesas.
Se asomó por la ventana de la buhardilla de Casa, donde se había instalado. Allí estaban las pinturas de su madre y algunos efectos personales que de vez en cuando sacaba Casa y que le producían tristeza y alegría a la vez. Suspiró mirándose al espejo. Acababa de cumplir diecinueve y su abuela estaba disgustada porque no hacía caso a las proposiciones de matrimonio que había recibido, a pesar de su fama de brujas. Sus hermanas ya estaban situadas; Raisa se había casado hacía más de un año y esperaba un bebé. Prisila, de salud algo más frágil, estaba comprometida con un joven aprendiz de carpintero.
—Esto no es para mí, Casa. Yo quiero viajar y ver mundo. Me gusta estar aquí con mi familia, pero… hay tanto que ver.
—¡Sari! ¡Se hace tarde!
Terminó de mirarse al espejo y salió corriendo, casi tropezando con Kásper, su gato familiar que apareció un día, y que gruñó, enfadado como siempre. Elody le dijo que su gata se llamaba así, por lo que decidió ponerle el mismo nombre.
Su hermana Prisila estaba ya vestida y preparada con dos enormes cestas para ir al mercado. Le dio un beso de buenos días, tomó un pedazo de bizcocho que había preparado Raisa el día anterior y salieron charlando sobre el precioso día de un temprano verano allí, en Bella Costa.
—¿Cómo está tu prometido? ¿Hoy no viene a verte? —preguntó Sari con la boca llena de bizcocho.
—Hermana, no deberías hablar con la boca llena —respondió Prisila con una sonrisita—, pero está bien. Hoy viajaba a Cala Dorada, con su maestro, para comprar varios haces de fresno. Al parecer, hay un conde nuevo en la ciudad y quiere los mejores muebles para su enorme mansión.
Sari frunció el ceño. Se acordaba muy bien del malnacido del conde de Marenostrum. Por suerte, cuando descubrió… el cadáver de su madre se alejó de ellas, por si le acusaban de haber provocado su muerte. Al poco tiempo, se fue a alguna batalla y pereció miserablemente. Nadie supo más de él y no se merecía otra cosa.
Apretó los puños y notó que su energía empezaba a concentrarse y una nube se formó en el cielo azul. Prisila miró hacia arriba y luego a ella. Sus hermanas no entendían del todo la magia, pero sí que las nubes y las lluvias solían acudir cuando la pequeña se enfadaba. Les habían explicado un poco por encima las posibilidades de Casa y que la abuela, la señora Montoro y ella misma eran brujas. Raisa se quedó un poco decepcionada pon no haber heredado la magia, pero Prisila pareció aliviada. Ya habían pasado al menos diez años desde que se lo confesaron, por lo que se habían acostumbrado.
—Parece un joven agradable. Mi prometido lo atendió cuando buscaba un mueble para su casa, le pagó generosamente.
—Todos los nobles son iguales. Personas que se han lucrado explotando a sus trabajadores, que han heredado el título de sus antiguas familias. No me gustaría ni cruzarme con él.
Llegaron al mercado con Sari más calmada y sin nubes en el cielo. Recorrieron los puestos, rodeadas de ese olor de la fruta fresca y del dulzón, comienzo de la podredumbre. Ellas estaban muy acostumbradas a regatear, sobre todo Sari. Recorrió el puesto de dulces, donde había regalices. Elody le había comprado uno. Le gustaría mucho saber qué fue de ella, si regresó bien, si era feliz.
—¿Qué piensas, Sari? ¿Otra vez soñando con grandes aventuras?
—Bella Costa me asfixia. Me gustaría viajar y conocer otros lugares. Solo eso.
—La abuela está muy mayor. Te necesitamos en la posada —protestó Prisila.
—Sí, sí, lo sé. —Disimuló su frustración con un suave suspiro.
Compraron algo de verdura de la huerta y llenaron la cesta hasta arriba. El párroco y el alcalde de la ciudad habían inaugurado un mercado de abastos, un edificio singular que permitiría a los vendedores estar a cubierto durante todo el año y se preveía que vendrían visitantes de varios pueblos cercanos. Tal vez muchos comerían en el café y quizá ocuparían algunas habitaciones. Casa había creado al menos cinco, respetando las de la familia y su espacio particular, que se limitaba a un pequeño salón con una cocina y un aseo en la planta principal, además de la buhardilla. No sabía cómo, pero se había arreglado para crear una letrina que desahogaba no sabía dónde, de forma que evitaban tener que usar los orinales y vaciarlos cada día. Además, había llevado algún tipo de conducto desde el pozo que se encontraba en la parte trasera hasta la casa. Que ella supiera, ni las casas de los nobles disfrutaban de agua corriente y todos debían tomarla de pozos o de fuentes naturales, como la que había en la ladera de la montaña que formaba parte de la ciudad. Ellas eran unas privilegiadas en aspectos de higiene, desde luego.
Olió los albaricoques del puesto de su amiga y se llevó unos cuantos. Su rostro era de felicidad. Amaba la fruta fresca. Prisila estaba eligiendo unas ciruelas tempranas cuando sintió una presencia a su lado.
—Si oler esa fruta le produce tal felicidad, creo que la compraré toda —dijo una voz masculina muy cerca de su rostro. Demasiado. Sari se volvió, enfadada. Un hombre joven, de cabellos claros y ojos grisáceos la miraba con atención.
—El mercado es libre, compre lo que quiera —dijo ella dando un paso atrás. Estaba acostumbrada a que los jóvenes la interpelaran, suponía que su cabello rojo fuego era exótico.
—Lo que quiero seguramente no podría llevármelo. Si me permite presentarme, soy Hernán de Marenostrum, acabo de llegar a la ciudad.
—Me alegro por usted.
Sari se dio media vuelta y se alejó. Tomó a su hermana del brazo, protestando y emprendieron el regreso a la posada.
—¿Qué pasa? ¿Te han hecho algo?
—No, qué va. Que se atreva.
Una nube comenzó a arremolinarse en el cielo y Prisila acarició la mano de su hermana, para calmarla. Entraron por la puerta de la posada. El salón común donde se encontraba la mayor parte de las mesas y sillas, realizadas por el ahora prometido de Prisila, era acogedor y fresco. En ese momento, la chimenea estaba apagada, pero en invierno, Casa hacía que se distribuyera el calor por toda la sala, haciendo que muchos viajeros fueran a refugiarse e incluso, cuando no tenían habitaciones disponibles, durmieran allí mismo, echados sobre las mesas.
La cocina estaba al lado, separada por un murete que se alzaba como metro y medio, porque cuando no podían estar trabajando todas, venía bien para vigilar el lugar. Raisa ya estaba guisando y agradeció las verduras y el resto de los productos que fueron guardando en la despensa.
—¿Cómo estás hoy, hermana? —preguntó Sari acariciando el vientre abultado. Todavía le quedaban cuatro meses.
—Pesada e hinchada, no quiero imaginar con el calor del verano.
—Pero feliz —dijo Prisila. Raisa sonrió. Su cabello rubio, como el de su gemela estaba trenzado y cubierto con un pañuelo.
—¿Tu esposo se sintió aliviado o triste de no tener dos hijos a la vez? —preguntó Sari. Ella había sentido que era una y niña.
—Creo que aliviado —rio su hermana. La abuela llegó, acompañada de tía Greta. Sari abrazó a ambas.
—Venga, niñas, a trabajar —dijo la abuela mientras comenzaba a preparar las hierbas para las infusiones.
—A Sari se le ha acercado el conde —dijo Prisila sonriendo—, parecía interesado por ella. Cuando nos fuimos deprisa, me volví y la estaba mirando con mucha atención.
—Los nobles solo quieren a mujeres como nosotras como amantes, no como esposas. Y, además, jamás me casaría con ninguno de ellos —casi escupió ella. Tomó un cubo de agua y un paño y salió a limpiar las mesas.
Prisila se encogió de hombros y comenzó a pelar cebollas. Sari murmuraba mientras quitaba la suciedad de las mesas, protestando enfadada, hasta que sintió una leve corriente de aire que se posó en su mano.
—¡Viana!, buenos días.
—¿Qué te enfada tanto?
Viana era una nebulomante, de las pocas que podían hablar ya que la mayoría se entendían por gestos. Una rareza, como ella y por eso, eran muy amigas.
—No sé. Me ahogo.
—Fara quería hablar contigo. ¿Bajarás luego?
—Creo que hasta la noche no podré. Esperamos a los visitantes del mercado, tal vez nuevos comerciantes que puedan traernos café.
—Te empeñaste en servir café y los habitantes de Bella Costa no entienden qué es. Y no resulta nada barato. Tu abuela te lo ha dicho muchas veces.
—Pero es que me gustaría hacer honor al nombre.
—Estás obsesionada con la muchacha del futuro. Ya se servirá café más adelante, seguro.
—Lo sé.
Sari siguió limpiando mientras Viana dando saltitos, quitaba los restos de comida que se encontraban entre las tablas y los tiraba al cubo. Cuando acabaron, la sala estaba reluciente.
—¿Ha pensado tu abuela en darle trabajo a Mariana? Os ayudaría mucho ahora que tu hermana está así. Y después, cuando ella tenga a su bebé.
—Mariana es una celéritas. Asustaría a las personas normales.
—Si no la verían. Fara dice que es una gran cocinera. Tú misma has probado sus guisos.
—Se lo volveré a decir a la abuela. Quizá deberíamos cubrir la cocina del todo y así no se vería.
Un ruido enorme se escuchó y las paredes de la cocina crecieron como si las hubieran regado. Una puerta de madera batiente que tapaba el interior se abrió de repente, y salieron las mujeres de la cocina, asustadas. Unas más que otras.
—¿Qué has hecho? —preguntó Raisa mirándola directamente. Sari se encogió de hombros.
—Creo que deberíamos contratar a alguien… especial. Casa nos escuchó hablar y…
—¿Ya estás con tu amiga imaginaria? —protestó Raisa lo que le valió que Viana le deshiciera la trenza. Sari se echó a reír.
—Es mejor que no la ofendas. Que no puedas verla no significa que no exista.
—Espero que mi hija no herede tu locura —refunfuñó volviendo a la cocina. Sari escondió un gesto de dolor. Ella nunca llevó bien lo de la magia cuando se lo dijeron. No veía cómo Casa hacía los cambios, sino el antes y el después, con un susto de por medio. Lo entendía. Era extraño hasta para ella.
Salió al corral para doblar las sábanas tendidas en el exterior. El huerto crecía hermoso y aunque no tenían árboles frutales, sí melones, calabazas y algunas otras hortalizas. Algunos pequeños nebulomantes se encargaban de él y siempre estaba espléndido.
Se sentó en un tocón de madera, doblando la ropa y después, se quedó quieta, mirando al cielo azul.
—Viana, ¿no te gustaría ver algo más que Bella Costa? Hay todo un mundo afuera.
—Yo he viajado por Europa, Sari. Conocí varios países antes de asentarme aquí y te aseguro que este es el lugar más bonito y agradable que conozco. A veces, lo de fuera no significa que sea mejor.
—Porque tú puedes comparar. Yo no.
Con la brazada de ropa, entró en la posada y se dirigió hacia el almacén. Los clientes habían comenzado a colocarse en las mesas, esperando los desayunos. Solían cocinar gachas, aunque también pan de centeno con manteca o aceite, y para beber, sidra, infusiones e incluso leche. Cuando había café, también. Y un viajero trajo en un saco cacao, que les pareció algo amargo, pero no habían vuelto a probarlo. El chocolate caliente era un lujo, como el café.
Dejó la ropa y Viana se subió a su cuello, agarrada en su trenza, como solía ponerse. De menos de un palmo de altura, era muy ligera y solía susurrarle bromas que la hacían reír y que la jornada fuese menos pesada.
Se colocó el delantal y ajustó su bolsa para cobrar la comida. Los comerciantes que venían de visita de forma habitual a Bella Costa ya habían ocupado las mesas. Se sabía sus nombres y ellos la trataban con amabilidad. Alguno quiso probar suerte, pero ella cortó sus intenciones, por lo que ya no intentaban cortejarla. Sirvió jarras de sidra y platos con huevos, tostadas y queso durante toda la mañana. Su bolsa empezaba a estar llena de cuartos y duros, por lo que se dirigió hacia el almacén, donde guardaban una caja especial.
No se dio cuenta de que alguien la seguía. Viana se había quedado en la sala y ella estaba pensando en cualquier otra cosa que estar atenta. Pero sintió la hoja de la navaja en su costado y una voz impregnada de alcohol en su oído. Se envaró y sus puños comenzaron a soltar chispas.
—Zorra fueguina, dame esa bolsa y todo lo que guardes aquí.
—¿Cómo se atreve a… robar a unas mujeres?
El tipo se echó a reír, sin soltarla y subió la mano por su cintura hasta atrapar y estrujar uno de sus pechos.
—Eres afortunada de que solo me interese el dinero. Aunque no descarto visitarte una de estas noches y domarte. Me han dicho que eres como una gata sin domesticar.
Ella se apartó, pero él todavía apretó más la navaja.
—Dame la bolsa y reza para que no acabe con tus hermanas también. Con esa que va a ser madre. Le rajaría el vientre y me comería a su hijo.
Sari tembló, la ira le recorría y sabía que iba a explotar, aunque no debía. De repente, se escuchó un golpe y el tipo cayó al suelo.
Ella se volvió y se encontró de cara con el conde, que llevaba una banqueta en la mano y el rostro arrebolado. El tipo, un delincuente conocido, yacía en el suelo, inconsciente.
—Señorita, ¿está bien? Vi a este desgraciado entrar tras usted…
—Gracias. Sí, estoy bien.
Sari se apoyó, agitada. Por suerte no había sacado la magia. Una suave corriente llegó y se puso en su cuello húmedo de sudor, acariciándolo y susurrando palabras tranquilizadoras.
—Señorita Castel, ¿necesita agua?
—No. Tengo que avisar al alguacil…
—Mi sirviente lo hará. Permítame acompañarla a sentarse. Está pálida.
—No. Gracias, conde. Estoy bien. Siéntese en su mesa.
El hombre se envaró, incómodo, pero asintió. Pronto dos sirvientes se llevaron al delincuente y Prisila se asomó extrañada. Enseguida abrazó a Sari. Ella le contó lo que había pasado.
—¡Te ha salvado! Es como en las historias que nos cuenta tía Greta de caballeros andantes.
—No. Podría haberme defendido de él.
Temblando, se metió en el almacén y dejó la bolsa en un estante, que Casa se llevó de la vista. Se dejó caer en una silla y cubrió el rostro con sus manos. Sí, había pasado miedo, aunque pronto se recuperaría. Pero eso le demostraba que, si cabía la posibilidad de morir joven, al menos debía intentar conocer algo más allá de Bella Costa o si no, se arrepentiría para siempre.
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