Capítulo 1 Atrápame si puedes

Esta novela es la continuación de Atrapa a una ladrona, novela que quedó finalista del premio Mil palabras & Woman y que puedes conseguir en este enlace: https://relinks.me/B08Z331MZH

Para que entres en calor, te dejo el primer capítulo de Atrápame si puedes, la segunda parte de la trilogía. La tensión entre Samuel y Adam se puede palpar….


Capítulo 1. Una visita inesperada

 

El hombre descendió del coche oscuro pisando con sus elegantes zapatos la gravilla del camino que conducía a la entrada. Había encontrado la casa con algo de dificultad, porque siempre fueron muy discretos. Claro que, en su trayectoria en el lado oscuro de la ley, jamás se le había resistido nada. O nadie, excepto ella. Se arregló su traje, quitando una inexistente pelusa de su hombro y dio otro paso procurando no manchar sus John Lobb. Aunque seguía siendo un fugitivo, seguía disfrutando de la ropa de marca y de las camisas de seda. Y, sobre todo, deseaba tener un buen aspecto para ella. Hacía una semana que ella se había casado, y él solo acudió a verla. Estaba tan feliz que no pudo ni acercarse, ni pedirle el favor por el que ahora volvía.

Observó la casa. Era bonita, de dos plantas y de construcción sencilla. El exterior se veía agradablemente descuidado. No se imaginaba a Cherry cuidando el pequeño jardín, y tampoco al policía. Supo que ambos acabarían juntos, lo tuvo claro en cuanto ella saltó a defenderle cuando lo hirieron. Y según le había contado el ya retirado teniente Spencer, ella había luchado contra Martelli de forma fiera, poniéndose delante de él como una pantera. Sonrió al pensar en ello. Era fiera, desde luego, pero a la vez era adorable, cabezota y una chica que se sonrojaba con facilidad, de ahí el nombre con el que la llamaba. No sabía cómo se llamaría ahora, pero para él siempre sería Cherry.

Atravesó el sendero que conducía a la puerta principal. Seguramente ella se sorprendería de verlo allí y más por lo que le iba a pedir. Era algo muy delicado y el policía se negaría, pero contaba con que ella no lo hiciera, por la amistad que les unió. Amistad y algo más… eso que había hecho que tuvieran una fuerte atracción, eso que hizo que él tuviera que sacarle las castañas del fuego varias veces, por su inocencia al delinquir. Porque sí, ella fue una ladrona, suponía que redimida, al vivir con el rígido poli de la Interpol.

Ya casi estaba en la puerta y sentía algo de remordimiento, a la vez que se estaba arrepintiendo. ¿Todo esto era una excusa para encontrarse con ella? Después de ese año en el que había estado pensado mucho, deseaba volver a verla, sin querer reconocer los motivos. No eran reales. No podían serlo.

Se acercó a la puerta y llamó. Quizá no estuviera en casa. Puede que hubieran salido de viaje de novios. Dio un paso hacia atrás, dudando. La puerta se abrió y una mujer con un moño despeinado y mallas lo miró, primero irritada por algún tipo de interrupción, después, con la boca abierta.

—¡Adam! ¿Eres tú?, ¿en serio? —La mujer se lanzó a sus brazos y él la recibió con gusto. Ella no estaba muy cambiada, quizá con sombras bajos los ojos, puede que por dormir mal, y con curvas algo más redondeadas, pero su rostro sonrosado era el de siempre.

—Si sé que me ibas a hacer este recibimiento, hubiera vuelto antes —dijo él sonriendo y sin soltarla de la cintura.

—Eres un canalla, ¡más de un año sin verte! ¿Por qué no me has llamado? Pero pasa, pasa, hace fresco.

Cherry se apartó para dejar pasar al atractivo hombre vestido de traje. Adam miró con agrado la casa. Estaba decorada de forma muy sencilla, pero era justo lo que él hubiera puesto. Miró a la mujer que se apoyaba en la barra de la cocina en su salón abierto.

—¿Quieres un café? —dijo ella estirándose la camiseta. Se la veía algo turbada por la situación—. No esperaba a nadie —se excusó.

—Estás preciosa. —Adam dio un paso hacia ella, pero luego recordó que estaba con el policía—. Sí, aceptaré el café.

Ella enchufó la cafetera y sacó unas galletas para acompañar. Hizo el café en silencio mientras Adam no la perdía de vista. Ella seguía levemente sonrojada y se tropezó dos veces.

Por fin, logró hacer dos tazas de cafés largos, como le gustaba a él. Lo recordaba. Le indicó que se sentara en el sofá y ella se sentó enfrente.

—Empieza a contarme todo, Adam —dijo impaciente.

—¿Por dónde empezar? —suspiró él—. Digamos que tuve que acabar el asunto con los Martelli, y después estuve buscando al ruso, al jefe de Hegel. Y a la vez, me he ocupado de algunos asuntos en Fresno, llegando a acuerdos básicamente para que no acabasen con mi vida. En resumen, mientras estuve allí la organización estuvo respondiendo ante mí, aunque ya no quería eso. Además… me enteré de que el ruso, a quien llaman el Dragón, sigue haciendo de las suyas. Al parecer, desaparecido Hegel, se encarga personalmente de la zona de Europa. Es el momento adecuado y quiero atraparlo y acabar con todos, Cherry.

—Vaya, tú siempre a lo grande, ¿no? —dijo ella sonriendo de lado. Luego se puso seria—. ¿Por qué no te olvidas de todo y simplemente vives tu vida? Siempre habrá más Hegel y más rusos. En cuanto acabes con ellos, saldrán otros. Pero tu vida puede correr peligro.

Cherry se mordió los labios, y él no pudo dejar de mirarlos. Carraspeó y siguió hablando, o no podría resistirse.

—La diferencia entre un policía y yo es que puedo acabar con ellos sin problemas legales y que no se librarán de la cárcel. Siguen desapareciendo niños y mujeres de ciertos países y sus familias no vuelven a verlos. Y por eso he venido.

—¿Necesitas ayuda de Samuel? —dijo ella compungida.

—No, quería ayuda de la Cherry delincuente.

—Hacía mucho que nadie me llamaba Cherry. —Ella se levantó a la cocina para hacer dos cafés más. Los dejó encima de la mesa y lo miró fijamente a los ojos—. ¿Qué puedo hacer por ti, Adam? Teniendo en cuenta que las circunstancias han cambiado…

—Sí, ya sé que estas con Samuel, pero te necesito. No quisiera echarte en cara las veces que te he salvado el pellejo —sonrió él—, pero quizá…

—No sé si voy a poder ayudarte, cuéntame y vamos viendo.

—He localizado al ruso en París, y sé que es muy aficionado a los clubs de intercambios de pareja. Necesito una mujer de confianza para entrar en uno de ellos. No permiten entrar a hombres solos, y no quiero contratar a nadie. Tengo que entrar allí, Cherry, y pensé en ti.

—Me dejas sorprendida, ¿en serio quieres que me vaya a un local de sexo? —De repente, ella se echó a reír—. Creo que tus pelotas no estarán a salvo cuando se entere Samuel de esta propuesta. Todavía te tiene manía.

—Joder, nena, no es que quiera acostarme contigo, aunque sería un gusto volver a hacerlo. —Adam la miró con intensidad y ella se removió incómoda—. Pero entiendo que estás con el policía, aunque me pese.

—Es que no es solo eso. Sabes que cuando acabó todo, me prometí a mí misma que no volvería a hacerlo. Mi padre ha venido a vivir aquí, a la ciudad, y tenemos una vida muy tranquila. Ni siquiera él ha pensado en hacer nada que roce la ilegalidad. Hemos cambiado de identidad, él se ha jubilado y yo, yo soy feliz, Adam. No quiero arriesgar mi vida. Además… tengo otra razón de peso. Espera un momento, déjame mostrártela.

La mujer salió de la habitación y subió las escaleras. A los pocos minutos, volvió con un bulto en los brazos.

—Esta es mi principal razón de peso, Adam. Te presento a Ryan.

Cherry le mostró al sorprendido hombre un bebé de unos meses que gorjeaba contento en brazos de su madre. Su piel rosada y sus labios perfectos decían que eran hijo de ella, pero el cabello oscuro era del policía.

—Esto sí ha sido una sorpresa, Charity —dijo él llamándola por su nombre verdadero—. Lo siento, no tenía ni idea.

Adam miró al bebé. Cuando él la vio casarse, no pensó que había sido madre. Estaba preciosa con su traje blanco.

—No pasa nada, Adam. Pero comprende que ahora tengo un motivo por el que no arriesgar mi vida —suspiró—. ¿Vas a estar unos días en la ciudad? Quédate a cenar.

—A tu esposo le molestará —Adam se quedó pensativo—. Y, especialmente por eso, me quedo.

—Genial, avisaré a mi padre, se alegrará de verte.

Charity trajo de una habitación cercana un carrito de bebé y puso a su pequeño allí, que jugaba contento con un cochecito de tela. Después mandó varios mensajes y se sentó junto a Adam.

—De todas formas, el que yo sea madre no significa que la cabeza no me funcione, de hecho, me he vuelto mucho más práctica. Y se me ha ocurrido una idea.

—Cuéntame —dijo él esperanzado.

—Verás, hace como unos tres meses, tuvimos en casa a una invitada. Tenía que esconderse. No sé si sabes que Samuel ha trabajado siempre de infiltrado. El caso es que ella, Patricia, tuvo que desaparecer del mapa, no sé los motivos. Y bueno, aquí tenemos una especie de habitación del pánico, muy bien escondida. Samuel me pidió que la ocultásemos. Ella es como una hermana para él. Totalmente de confianza. Si vas tras el ruso ese, lo mismo a ellos les interesa atraparlos. Quizá ella podría ayudarte en ese club.

—No lo sé, Cherry. —A ella le agradó que él volviera a llamarla con su cariñoso apodo—. No creo que funcione. Se necesita una complicidad, confianza, y si es necesario, compartir fluidos.

—Así que sí querías acostarte conmigo —sonrió ella—. Me halagas. Después de ser mamá, un subidón así no viene mal.

—Estás tan bonita y sexy como siempre, si no más —dijo él acariciando su rostro—. Lástima que tengas mal gusto por los hombres.

Ambos se rieron y entonces entró Samuel hecho una furia. No sacó la pistola porque vio a su hijo allí, en el salón.

—¿Qué coño haces tú aquí, Black? —dijo fulminándolo con la mirada, y volviéndose a Charity, la riñó—. Kat, ¿por qué no me has llamado para avisarme?

—¿Kat? —dijo Adam ignorando al policía.

—Ah, sí, mi nuevo nombre —dijo ella sonriendo a Adam.

—Me gusta —dijo él acariciando su rostro. Ambos se levantaron y, antes de que ella pudiera acercarse a su esposo, Samuel lo cogió de la americana y lo arrastró hasta la pared de la sala. Ambos hombres se enfrentaron cara a cara. El rostro de Samuel era terrible al mirar a Adam, que permanecía tranquilo. Kat corrió hacia ellos e intentó ponerse en medio.

—¡Vale ya! —dijo soltando las manos de Samuel de la americana de Adam. Él había levantado un poco los brazos y aunque le hubiera dado de hostias al policía, no quería dañar al esposo de «su Kat».

—¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres de mi esposa? —dijo él soltándole por fin.

—Vamos a sentarnos, Sam —dijo Kat tomándole del brazo y arrastrándole al sofá, mientras Adam se arreglaba la camisa y quedaba de nuevo impecable.

—He venido a pedir ayuda a Cherry, pero no contaba con esto —dijo Adam señalando el carrito del bebé.

—De todas formas, aunque no hubiera estado el bebé, fuera lo que fuera, no hubiera ido. Ahora ella ya no es una delincuente —dijo Samuel todavía exaltado.

—Samuel, sé hablar por mí misma. Y, es cierto, las posibilidades de que pudiera ayudarte, en este caso, eran pequeñas —dijo ella soltando a su esposo.

—¿Pero es que te lo habías planteado? —dijo Samuel levantándose furioso—. No puedo creerlo. Pensé que habías cambiado.

—Un momento, imbécil —dijo Adam levantándose—. Ella ya había dicho que no, pero es libre de hacer lo que le dé la gana.

Samuel se acercó a él preparado para llegar a las manos.

—¡Basta ya! —gritó ella. Entonces, el niño se echó a llorar. Los hombres se separaron, avergonzados—. Sois un par de idiotas con testosterona. Hablad como dos personas, y no como dos monos.

Ella se llevó enfadada al pequeño para darle de comer y tranquilizarlo, murmurando en voz baja palabras sobre los hombres idiotas y a la vez intentando calmar al bebé.


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