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Y aquí viene la segunda parte y última del relato Consultor a Domicilio.

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Espero que os haya gustado y me encantará que dejéis vuestro comentario.

James abrió la puerta del despacho del supervisor rezando para que el desagradable MacPerson no llegara en ese momento. Sería muy difícil explicarle por qué se iba de la oficina en horario laboral y con la esposa de John Watson. Desgraciadamente para él, y luego se daría cuenta de por qué, su jefe no vino. De hecho, no tuvo ningún problema en salir de la oficina, subirse al sedán negro con los cristales tintados y llegar a la casa de los Watson.

Johan Watson era el propietario de todo un edificio en la zona noble de Manhattan, rodeado de un pequeño parque cerrado sólo para los exclusivos residentes. El coche entró por el garaje y se dirigió hacia la planta reservada para los Watson. En ella había más de diez coches a cual más lujoso. James intentó no parecer demasiado anonadado, aunque lo estaba. Durante el trayecto de quince minutos había intentado no mirar las piernas de Mía, que se había sentado en un lateral y las había cruzado. El tacón finísimo se bamboleaba arriba y abajo provocando un movimiento demasiado sensual para él. Menos mal que la vista de los coches, entre los que había un Ferrari y un Lamborghini rojo y negro en ese orden, le había distraído de cualquier otra cosa.

Bajaron del coche y se dirigieron al ascensor del garaje.

—Este ascensor va directo a mi piso, es privado, ¿sabe, James? Así nadie nos molesta.

—Sí, claro, es una buena idea —contestó sin saber qué decir. Un ascensor privado. Había tratado con mucha gente tremendamente rica, pero no como los Watson.

El ascensor era muy amplio, así que los tres ocupantes no tuvieron que rozarse. Se paró en el piso dieciocho y se abrió la puerta a un lujoso recibidor, con suelo de madera noble y altos techos con molduras. Varios espejos y alguna consola de mármol completaban la decoración.

—Por favor, James, venga por aquí, mi marido estará en la sala.

Se quitó la chaqueta del traje y la dejó en un sillón descuidadamente. La blusa se metía entre su falda que es donde él querría poner las manos. Su trasero era perfecto, no pudo evitar admirarlo mientras caminaba delante de él. Levantó la vista para evitar sufrir más y comprendió que ella se había dado cuenta. Se sonrojó ligeramente. Él no era ningún acosador, al contrario, respetaba mucho a las mujeres, pero es que ésta le estaba volviendo loco. Se veía capaz de lo mejor y lo peor si ella se lo solicitaba.

Mia abrió la puerta de la sala. Una doble puerta francesa que daba paso a una enorme habitación con muebles lujosísimos, una gran televisión donde estaban jugando los Lakers y enfrente una cama articulada donde un despojo de hombre, John Watson, parecía hundido entre las sábanas y las almohadas.

—Hola, mi amor, —la cantarina voz de Mia saludó al hombre con un beso en los labios, lo que le produjo una cierta repulsión. El tipo parecía una arruga andante pero sus ojos eran vivaces y despiertos —te presento a James Caren de Marks & White, viene a comentar el tema legal con Victoria.

—Supongo que mi esposa le ha explicado… —su voz apenas audible fue interrumpida por una tos.

—Sí, señor.

—Como le decía al señor Caren, Victoria, su primera esposa, ha interpuesto una demanda para impedir que sea inseminada por el semen que guardó mi marido hace años. Dice que le pertenecen, ya que la extracción se realizó cuando aún estaban casados.

—Así es, ¡la bruja de mi exmujer quiere controlar hasta mis espermatozoides!

Una tos le arrebató la voz de nuevo.

—Cariño, tranquilo. El señor Caren nos ayudará, ya verás. Dígaselo a mi marido.

—Sí, bueno, me gustaría consultarlo, pero en principio sus… sus espermatozoides le pertenecerían solo a usted y tiene la plena potestad sobre ellos. Si fuera un embrión sería más complicado. Pero es un caso muy especial, y aunque seguro que tenemos las de ganar, sería mejor consultar si ha habido casos similares; tendríamos más fuerza.

—¡Qué buena noticia, John! ¿No te parece? Yo creo que ya podría…

—Sí, querida. Ve a la clínica cuando quieras.

La joven dio un gritito de alegría y se abrazó a su esposo que le palmeó el brazo para que se retirara. James miró al hombre. Su palidez no era símbolo de una buena salud y probablemente tuviera alguna enfermedad grave. Si Mia no conseguía quedarse embarazada antes de que el tipo la palmara, luego no tendría ninguna oportunidad. Había oído hablar de Victoria Watson, una mujer fuerte que, tras el divorcio hace ya unos años, y haber aguantado los devaneos de su ex sin ninguna consecuencia, no querría permitir que una buscavidas como la había llamado en alguna ocasión, les robase parte de la herencia a sus hijos. Aunque Mía Watson no era ninguna tonta. Estuvo trabajando en la sucursal bancaria que llevaba los asuntos de su ahora esposo. Por lo que recordaba era licenciada en económicas, y con varios másteres. Más bien era demasiado lista. Sabía que, si no tenía un heredero, le quedaría una pequeña renta y punto. James comenzaba a comprender.

—Por favor, James venga por aquí. Déjeme invitarle a un café y unas pastas si lo desea, ¿o prefiere un sándwich? Le he robado su hora de almuerzo y me siento culpable.

¿Cómo se iba a resistir a esa dulzura? James siguió a Mia hasta la cocina donde no había nadie en este momento.

—Nos suben la comida del piso de abajo. Esta cocina es privada. Puedo prepararle un café, si lo desea. ¿O le apetece otra cosa?

La mujer miró provocativamente al joven que tragó saliva. ¿Se le estaba insinuando? Ella se acercó caminando despacio, como cuando te acercas a un perro sin saber si te va a morder o va a mover el rabo contento por sus caricias. Y realmente estaba muy tenso, pero ligeramente excitado. Ella se paró delante y levantó la mirada, entornando los ojos. Puso su mano sobre el corazón de colibrí del chico. Le quitó la americana y comenzó a aflojar la corbata, sin que él se retirara. La tiró al suelo. Él se había apoyado en la encimera sin atreverse a tocarla. Mía ladeó la cabeza sonriendo ligeramente por la turbación del joven. Los botones comenzaron a caer. Lo cierto es que James sin camisa ganaba mucho. Las horas de gimnasio habían dado su fruto y tenía un cuerpo sin apenas vello y bastante musculado. Ella pasó su uña por su pezón recorriendo los pectorales y produciendo un salto en su miembro inferior. Después bajó por su brazo tomándole la mano por la muñeca y llevándosela a su seno derecho.

—Está duro, ¿verdad? Solo tengo cuarenta años y pronto dejaré de ser deseable para jóvenes como tú. ¿Me deseas? —bajó la mano hasta sus pantalones sonriendo al comprobar la respuesta.

—Mía, no podemos… su esposo… está en la habitación de al lado.

—Ah, vamos… no se puede levantar. Quítate los zapatos…

James se descalzó. Esto era un error… pero hacía varios meses que no echaba un polvo en condiciones y ella… era un tesoro. Se había empezado a desabrochar su blusa y sus pechos, que llenaban el sostén de encaje e incluso salían ligeramente, habían comenzado a asomar. James sudaba más si cabe y tenía una erección tremenda.

Ella le besó metiéndole la lengua hasta lo más profundo. Su sabor era dulce y el tacto de sus pechos sobre el suyo casi le volvió loco. Comenzó a besar su cuello y a acariciar su piel dentro del sujetador lo que le hacía suspirar y gemir. Él se agachó a succionar sus pezones y ella comenzó a gemir más fuerte.

—Por favor, Mía, no grites, no grites…

Pero ella estaba muy excitada y gemía a viva voz mientras había comenzado a acariciarse ella misma.

—Ay Dios, Mía, por favor…

Una voz se escuchó por dentro.

—Mía, ¿qué ocurre?

Los pasos se escucharon rápidos.

—Es el chófer. Si te ve te matará. Corre, baja por el ascensor y sal por el garaje. Rápido, o te matará. Tiene una pistola y es más celoso que mi esposo.

—Pero … Mía, mi camisa… cómo voy a salir…

—Yo te la haré llegar, ¡corre!

Ella comenzó a ponerse bien la camisa y escondió su ropa dentro de un armario. James salió pitando, todavía con su miembro erecto que golpeaba sus piernas, haciendo que le doliera y le excitara a la vez. Se metió en el ascensor y pulsó un botón al azar. Bajó rápidamente. El garaje estaba a oscuras y el cemento frío le recordó que tampoco llevaba zapatos. Al menos su erección se había calmado. Debería irse hacia la entrada del garaje. Había una puerta de emergencia, pero ¿cómo iba a salir así, sin camisa? Al fondo del garaje visualizó una chaqueta del chófer. Se la quitaría. Al menos podría pasar más desapercibido.

El ascensor se escuchó bajar. James se escondió detrás del Lamborghini negro. Esperaba que fuera Mía con su ropa, pero no, era el chófer.

—Bastardo hijo de puta, ¿dónde estás? ¿no tienes respeto? ¡Te voy a matar!

James comenzó a sudar. Desde donde estaba había visto que el tipo llevaba una pistola. Y cualquier excusa sería buena para dispararle. Podrían decir que se había colado, que había intentado seducir a la señora… cualquier cosa y le dispararía. Y, además, saldría libre. Su mente legal estaba intentando encontrar una solución, pero no la veía. El ascensor se escuchó de nuevo. Esta vez sí era Mía.

—¿Qué ocurre? Paul, deja que se vaya. No ha hecho nada.

—No. Te dije que no podrías acostarte con nadie que no fuera yo. Yo soy el guardián del señor Watson.

—Está bien Paul, querido, solo estaba jugando, de verdad. No pasó nada. Vamos, cariño, no te pongas así, es un abogaducho… no es como tú —ella le acarició el cuello y le besó en los labios, lo que aprovechó James para correr hacia la chaqueta y a continuación a la puerta.

«Maldición está cerrada con llave.» Tendría que salir por la puerta principal que tenía célula automática, pero entonces la bestia lo vería. Mía lo estaba entreteniendo así que era la única solución. Se lanzó corriendo hacia la puerta que estaba a unos cinco metros de su posición, tomó la chaqueta de gancho y rezó para que el tipo estuviera demasiado distraído como para escuchar como el conejo huía de su cazador.  Pero no fue así.

—¡Bastardo hijo de puta, te vas a enterar!!

El chófer se fue hacia el sedán con el que habían venido y lo puso en marcha. La puerta comenzaba a abrirse lentamente mientras James se ponía la chaqueta saltando. Las ruedas chirriaron tomando velocidad hacia la puerta. En un minuto lo alcanzaría si la no se abría con suficiente rapidez. El hueco comenzaba a ser mayor y James no esperó más. Se tiró al suelo y salió rodando. Comenzó a subir corriendo la cuesta del garaje mientras escuchó el frenazo del coche a punto de atropellarle. Sólo tenía un par de minutos más para subir la cuesta y salir a la calle antes de que el coche saliese disparado. No se había fijado que la entrada del garaje fuera tan larga. Los calcetines se habían agujereado por el roce con el cemento y los pies incluso comenzaron a sangrarle.

Se hizo la promesa a si mismo que no volvería a mirar a una mujer como Mía nunca más. Llegó a la calle finalmente, para colmo, había comenzado a llover. Una de esas raras y escasa veces que llovía en la ciudad. Esto terminaba de arreglar la situación. Corrió hacia el parque, para perder al coche que ya escuchó subir la cuesta a toda velocidad.

Algunas personas le miraban, pero la mayoría le ignoraron. Consiguió llegar al parque y se metió entre los árboles. El coche pasó de largo gracias a Dios. James suspiró. Menudo papelón. Su documentación y las llaves estaban en la americana. No tenía ni idea de qué podía hacer ahora. Se sentó en un banco, mojándose y con las manos en la cabeza lamentándose de su suerte.

La mujer se echó a reír encima de la cama.

—¡Qué diversión tan original me has traído esta vez, querida! —el hombre cerró el portátil desde donde había visto todo a través de las cámaras de seguridad —. La persecución en el garaje ha sido lo mejor, y la cara de miedo del jovencito era para grabarla.

—Sí, se me ocurrió en el mismo despacho, cuando vi su cara… el chico estaba bien. Pero tú  conoces mis gustos.

—Lo sé querida. Por eso hacemos tan buena pareja. ¿Has reservado hora con la clínica?

—Sí amor. Esta tarde engendraremos nuestro hijo, ¿o prefieres gemelos?

—Creo que me gustarían dos. Adelante. Y que se joda Victoria.

—Que se joda.

Sonrieron mirándose como dos enamorados. Y brindaron con champagne francés por su perversa diversión y por sus futuros niños.