fbpx

McGuilly se refugió en su despacho esperando lo peor. Hacía meses que Garrigan le había advertido, pero no quiso escuchar. El clan de los italianos estaba tomando el poder, frente a los confiados irlandeses que no pensaban que tal hecho fuera posible.

La desgastada mesa de su despacho no le proporcionaría refugio, pero la recortada que tenía debajo, enganchada en un lateral, le daría unos minutos de tiempo. Esos minutos los aprovecharía para llamar a Teresa, su único y verdadero amor. No importaba que fuera la esposa del capo, y que el ataque de cuernos que sufrió Fratelli, hubiera sido el comienzo de la guerra entre irlandeses e italianos allí, en Hell´s Kitchen. Las horas robadas de amor y sexo merecían la pena.

Se encendió un puro y esperó pacientemente hasta que escuchó un sonido al otro lado de la puerta. Amartilló la escopeta y espero a que se abriera la puerta, aunque no fueron los Fratelli a quienes vio. En realidad, sí fue una de ellas, Teresa.

-Ian, estás vivo – gritó y se echó en sus brazos.

-Teresa, ¿qué haces aquí? Estás en peligro, si te encuentra Mario, te matará a ti también.

-Poco me importa. Si no estás tú, ¿de qué vale vivir? Además, Ian, esoty embarazada y Mario sabrá que no es suyo.

Ian se quedó paralizado. No esperaba esa noticia. A lo largo de diez años de matrimonio con su esposa Gwen no habían podido tener hijos. Ella le acusaba de que era por su culpa, pero estaba claro que no. Una corriente de ilusión y unas ganas enormes de vivir le inundaron… ¡un hijo! Por su vida sí valía la pena luchar.

Se asomó a la calle. La buena noticia es que sus hombres todavía estaban vigilando, por lo que los italianos no habían llegado todavía allí. Tal vez hubiera una oportunidad. De repente, un sonido de neumáticos se escuchó en la calle. Demasiado tarde. Las ametralladoras ya abatían a los irlandeses que respondían al fuego con fiereza y certeros tiros. Se sintió orgulloso de ellos.

-Teresa, tenemos que salir de aquí. Quiero que tomes esto y te vayas lejos.

-No, sin ti no, Ian, por favor.

-Escucha, no hay tiempo, ven conmigo.

Cogió un maletín de su caja fuerte y se lo dio a ella. Bajaron por las escaleras de incendio hasta su coche. Los tiros se escuchaban fuera del callejón y los gritos de sus hombres le partían el corazón. Se metió en el coche y lo puso en marcha.

-Teresa, sube al coche y márchate lejos. Cuida de nuestro pequeño. Con lo que hay en el maletín, tendrás para un par de años.

-No, no quiero irme. Te amo.

-Lo sé, mi amor, y es por eso que tienes que irte.

Teresa besó apasionadamente a su amor y comenzó a rodar el coche de forma muy suave, para no llamar la atención de los que estaban luchando.

Garrigan llegó entonces, herido pero vivo, y miró a su jefe.

-Dispara y corre, amigo, ¡dispara y corre!