Escrito en las estrellas (relato)

“Si cierras los ojos, podrás escucharme en tu corazón”

Justo antes de morir y con una sonrisa dulce en su rostro, me susurró estas palabras, que yo, durante tres años, cuando estaba más triste y nostálgica, me repetía, poniendo mi mano en el corazón. Juro que escuchaba su latido acompasado. Ese que reverberaba en mi oído cuando, después de hacer el amor, me recostaba en su pecho, agitado, con una fina película de sudor, que se mezclaba con el mío y aromatizaba nuestro momento íntimo. O cuando, en mis momentos difíciles, lo abrazaba y él, como mi oso particular, me envolvía en sus brazos, transmitiendo su cariño y apoyo.

Tres años ya desde que él se fue, y todavía no lo he superado. Perder al amor de tu vida no es fácil y nunca me consideré una mujer dependiente o débil. Eso da igual. Tampoco estoy todo el día llorando por las esquinas o deprimida, aunque tengo mis momentos, como todos.

—¡Estella! ¿Sales o no? —grita mi amiga desde el salón. La fiesta sorpresa de mi cincuenta cumpleaños está preparada. Me han obligado a encerrarme en mi habitación, y allí estaba, mirando la espléndida noche de verano a través de mi ventana.

Marisa es una gran amiga. Ella y su marido Jorge, muy amigo de mi querido Pablo, han estado junto a mí todo este tiempo, incluso ayudándome con la galería de arte que tengo dos calles más allá de mi casa. Viven en el piso de al lado y nuestras terrazas, grandes y gemelas, son nuestro punto de reunión casi diario. No sé qué hubiera hecho sin ellos.

Pero… ahora se le ha metido en la cabeza que ya está bien y que, aunque amaban a Pablo, debo rehacer mi vida antes de que se críen telarañas en cierta parte de mi anatomía. Y no se refieren a mis partes íntimas, sino al corazón, es algo más sutil. Un corazón que no se usa, según dice Marisa, se llena de oscuridad, de sombras, y en las sombras crecen las arañas, tejen su red y… no sé qué más cosas suele contarme.

Por todo ello, ha organizado una fiesta en mi propia casa, en la terraza y no tengo ni idea de a quién ha invitado, me temo que habrá varios candidatos, como en el cuento de Cenicienta, pero al revés, esta vez, soy yo la princesa.

Incluso Jorge le ha tenido que parar los pies, algo que agradecí. Después de llevar veintidós años con el amor de mi vida, no hay punto de comparación, ni lo espero, ni lo quiero. Pablo no era perfecto, pero era mi alma gemela, mi estrella.

Entro al baño para retocarme un poco el maquillaje y me sonrío falsamente para creérmelo. Dicen que hay que fingirlo hasta sentirlo, así que no voy a estropear a mi amiga mi fiesta de cumpleaños. Seré amable, hablaré con los hombres que me presente y el lunes volveré a mi vida normal.

Salgo de la habitación, llevo un vestido negro de tirantes que se ajusta ligeramente y como ya llevamos unas semanas tomando el sol, he conseguido un ligero tono dorado en la piel. Lo sé, no soy un bellezón, pero soy bonita. Pablo siempre me decía que era como una preciosa joya de metro sesenta y con personalidad de dos metros. Así era él.

Cuando salgo, el salón está todo a oscuras, la mano de Marisa toma la mía y me lleva, como si necesitara que lo hiciera, hasta el centro. Las luces se encienden de repente y saltan confetis sobre mí. Cierro los ojos, un poco deslumbrada y por la cantidad de papelitos que me caen encima. Mañana le obligaré a ayudarme a limpiarlo.

Sonrío, y Marisa me abraza. Hay bastante gente a mi alrededor, como diez o doce personas, quizá más. Incluso a algunos no los conozco personalmente. Empiezan las felicitaciones y los saludos. Veo a algunos artistas de mi galería, de los que tengo confianza desde hace muchos años, compañeros del trabajo de Jorge e incluso de Pablo, lo que me hace tragar saliva e intentar no entristecerme. También hay un par de personas que no conozco, y que ni se acercan a saludarme. Supongo que han venido por la fiesta.

Mis otras amigas me abrazan y empiezan a darme algunos paquetes, que abro, fingiendo alegría, emoción, sorpresa. Me está resultando demasiado duro. Es el primer cumpleaños que celebro sin él, y no tenerlo a mi lado, animándome, porque ya sabe que no me gusta ser el centro de atención, o dándome una copa para celebrarlo, empieza a afectarme.

Con la excusa de dejar algunas cajas en mi dormitorio, me retiro un momento. Marisa me mira de reojo y no dice nada. Creo que se ha dado cuenta de que necesito un minuto.

Sin cerrar la puerta, dejo las cosas en la cama y me quedo de pie, con los brazos caídos a los lados. Cuando me conoció, me dijo que lo nuestro estaba escrito en las estrellas y que siempre estaríamos juntos. Pero se fue.

Bajo la cabeza y me abrazo, intentando darme el calor que él me daría, pero no lo consigo. Escucho un ruido detrás, y me limpio las lágrimas rápido. Me vuelvo con una sonrisa y veo a un desconocido, un hombre más joven que yo, quizá en los cuarenta. Lleva dos copas de cava y me ofrece una.

—Creo que te vendrá bien. Felicidades. Soy Serge, uno de los autores que expone en tu galería al mes que viene. Marisa me invitó —dice de corrillo, casi nervioso.

—Gracias, Serge.

Tomo la copa y lo observo. Es algo más alto que yo, delgado y sus ojeras marcadas expresan su preocupación.

—¿Estás bien?

—Sí —dice tocándose la cicatriz de la cara. Ni me había dado cuenta—. Tuve un accidente hace unos años, estuve en coma y todavía no me he recuperado del todo. Hacía tiempo que no iba a una… fiesta.

Nos quedamos mirando, no tengo ni idea de por qué.

—Ya me acuerdo de tus pinturas, disculpa, son muy buenas. Hoy estoy un poco distraída.

—Normal. Bueno, intento expresar lo que llevo en el corazón, ¿sabes? Cuando estoy delante de un lienzo es como si sintiera sus latidos y me dejo llevar. Es algo extraño que me pasa desde el accidente.

Un escalofrío me recorre y vuelvo a mirar a los ojos a este hombre que se ha acercado a mí, sin conocerlo.

—¿Es la primera vez que nos vemos?

—Sí, solo hablaste con mi agente para exponer. Yo llegué ayer de Praga, donde solía vivir. Aunque me he trasladado aquí. Sentí una pulsión a hacerlo. ¿Crees en estas cosas?

Suspiro. ¿Ha sido Marisa quien ha preparado esta actuación? Pero ella es seria, jamás me querría tomar el pelo y él… parece sincero.

—Sí, creo en el destino, aunque yo lo perdí.

Dejo la copa en la mesita y me acerco a la ventana, mirando hacia el exterior. Hoy la luna está creciente, que es cuando se pueden manifestar nuestros deseos y anhelos. Me gustaría que los míos se cumplieran. Siento su presencia cercana a la mía, su respiración ligeramente agitada y ese olor suave a jabón.

—Estella, ¿crees que todo está escrito en las estrellas?

Me giro, deprisa, mirándolo, preguntándome cómo puede ser, qué significa esto.

Él sonríe dulce. Alarga la mano, con un cuidado exquisito y acaricia mi rostro, retira mi cabello del pómulo, mientras me resulta imposible poder  hablar.

Creo que tampoco respiro, y en un golpe de aliento, consigo emitir un sonido que ni siquiera sé qué es. Toma mi mano y la pone en su pecho. Siento el golpe de su corazón que me recorre el brazo y llega hasta el mío, como un rayo luminoso que lo estimula a latir, de nuevo.

—No sé cómo ha sido ni a qué milagro se debe, pero he vuelto. He vuelto a ti, Estella. Soy yo.

Lo miro atónita, sin palabras. Me acerca a su pecho, algo más estrecho, más bajo que el de antes. Pongo mi oreja en él, escucho. Sin duda, sin que tenga absolutamente ninguna incertidumbre, es él.

Ha cumplido la promesa de no abandonarme jamás y lo sé, porque estaba escrito en las estrellas.

 

 

 

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