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Una fuerte tormenta sacudía al barco. Las olas se alzaban hasta casi cinco metros de altura. Ya había pasado tormentas así, solo que ésta, seguramente, era la definitiva.

Los nubarrones oscuros danzaban chocándose entre ellos y gritando su enfado. Luces de colores podrían ser un gran espectáculo si no fuera porque amenazaban con alcanzar el palo mayor.

Ahora ella estaba sola. Y su barco se hundía.

A lo lejos un cielo azul despejado completamente le atraía, le llamaba sobre el mar en calma. Miró hacia atrás. Tenía dos opciones. O seguir luchando con la tormenta y posiblemente hundirse con el barco. O la segunda, despojarse de todas sus recargadas vestiduras y lanzarse desnuda, al mar, y nadar hacia ese mar tranquilo. No lo dudó. Estaba harta de luchar contra viento y marea.

Se lanzó limpiamente llevando sólo un ligero vestido blanco, que llevaba debajo de las capas de vestuario. Nadó sólo durante unos minutos evitando las grandes olas. y se sumergió, casi desfallecida por el esfuerzo que estaba haciendo. Cuando volvió a salir, y sin saber qué encontraría, se vio rodeada de dos maravillosas criaturas. ¡Delfines!, le dieron la bienvenida al océano de calma. Ella se sintió muy bien, tan apenas tenía que hacer esfuerzo para nadar. El agua era cálida y transparente. Cientos de pececillos de colores se movían entre sus pies, haciéndole cosquillas.

Los delfines le condujeron hacia una bonita isla de arenas blancas. Se despidió con agrado de ellos y comenzó a caminar por la isla. Algunas palmeras y otros árboles parecían ser los únicos habitantes de la misma.

Se sintió bien, en paz, la temperatura era suave y una brisa ligera le secó la túnica. El sol calentaba su cuerpo y le daba la bienvenida. Se creía sola, cuando unas risas de niño se escucharon un poco más allá, tras unas rocas. Se acercó curiosa, y vio como dos niños rubios de unos cinco y tres años jugaban en la arena, haciendo castillos. Un joven hombre les miraba sonriendo mientras se tostaba al sol.

Los niños levantaron la cabeza y gritaron, “¡Mamá!” y se lanzaron a abrazarla. Ella los recordaba ahora. Eran sus hijos. Y su esposo. Los abrazó y se pusieron a jugar en la arena. No había nada más que hacer. Jugaban y se bañaban en el mar. Dormían en una hamaca los cuatro juntos, bebían leche de coco.

Un día, al caminar, encontraron una cueva. Entraron los cuatro de la mano. Al principio, era una cueva un poco oscura, pero al seguir caminando, vieron con maravilla que el techo estaba cuajado de piedras brillantes. Avanzaron en la cueva durante un largo recorrido mirando el techo, todos cogidos de la mano.

Al fondo, se veía la salida, una tenue luz indicaba que la cueva acababa allí. Salieron los cuatro de la mano. Solo que sus hijos ya no eran niños si no dos hombres altos y guapos. Ella ya no era una joven y su esposo tampoco un muchacho. Ambos eran maduros. Nada más salir de la cueva, los hijos se soltaron de su mano y fueron a dar la bienvenida a su familia. El mayor, a su esposa con sus dos hijas y su hijo más pequeño. El hijo pequeño, a su esposa y su hijo.

La mujer miró a sus esposo y siguieron caminando por la playa. Sus hijos jugaban en la arena con sus nietos y se les veía muy felices. Al poco de caminar, su esposo le dijo adiós. Y con un fuerte abrazo, se desvaneció. Entonces ella, algo más cansada, siguió caminando. Aún podía ver cómo jugaban sus hijos con sus pequeños. Subió a una roca, a mirar el mar en calma. Era tan bonito, con esos colores azules y turquesas…

Una barca se acercó conducida por una bella mujer vestida de blanco.

La mujer la miró con ojos bondadosos y le dijo: “Es la hora”.

Desde la roca aún podía ver a sus hijos y a sus nietos jugar en la arena, y a su marido alejarse. Se decidió y tomó la mano de la hermosa mujer para subir a la barca. Ella comenzó a remar. El mar parecía un espejo, reflejando el cielo a su paso. Y solo ligeramente turbado por los remos que producían bellas ondas a su paso.

Ya no podía ver la isla, aunque sabía que todos estaban bien. Una niebla fresca comenzó a rodearlas e hizo desaparecer el día.

-No tengas miedo, -le dijo la bella mujer.

-No tengo miedo. He vencido ya muchas tormentas.

La niebla se abrió dejando ver un cielo cuajado de estrellas. La mujer jamás había visto tantas juntas. La barca comenzó a elevarse del mar como si fuera un ascensor. Llegó hasta una nube, sólida, donde se escuchaba un sordo murmullo.

La mujer se extrañó.

-Hemos llegado,- y ayudándole a bajar, la hermosa dama se fue en su barca.

Ahora se quedó sola, un poco asustada, la verdad. Se oían suaves voces en la parte superior. De repente, unas escaleras aparecieron, indicándole el único camino por el que podía avanzar. Comenzó a subir mientras recordaba a sus pequeños, allí en la isla. Tuvo la certeza de que estaban bien, que eran felices. recordó también a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos, las cosas que había hecho bien, y las que no; su trabajo, su maravilloso esposo: recordó también las veces que había herido a otras personas, sus mentiras y sus fallos. Pero de alguna manera, pensó que tenía que haber sido así. Y por fin, se perdonó.

Llegó al final de las escaleras donde se escuchaban las voces. Allí sólo veía sombras blancas, que hablaban animadamente. Ella miró sus manos. Ahora también era una sombra blanca. Dos sombras se acercaron a ella y le dieron un abrazo…. ¡eran sus padres! ella lloró de felicidad al verlos. Una sombra un poco más alta también se acercó a darle la bienvenida. Su esposo la abrazó.Comenzó a caminar hacia el centro de la nube, reconociendo aquí y allá a las demás sombras. Sus abuelos, algún primo, antiguos amigos, compañeros del colegio, del trabajo. Todos, o casi todos, estaban allí.

Se sintió dichosa y ligera. Sin peso, sin dolor, sin sufrimiento. Sólo alegría.

-¿Y qué vamos a hacer ahora?- preguntó.

-Esperar.