Capítulo 1 Una boda por contrato

Hola a todos, hoy quiero haceros llegar el primer capítulo de Una boda por contrato.

Os cuento la historia primero del libro. Allá por 2018, cuando ya llevaba varios años autopublicando, vi por casualidad un concurso de novela romántica en Bubok, y me dije ¿por qué no? Así que me presenté… ¡y lo gané!

Fue muy emocionante y de esas cosas que te pasan que te cambian la vida, porque al haber ganado un concurso, me sentí muy animada a continuar con mis libros.

Ya han pasado 5 años y he recuperado los derechos del libro, por lo que he aprovechado para actualizarlo, añadir y quitar cosas y revisarlo de nuevo por la correctora. Y lo he publicado con nueva portada.

Aquí tenéis el primer capítulo, espero que lo disfrutéis. Mil gracias por leerme!!

Capítulo 1 de Una boda por contrato

—Andy, tienes que casarte ya, de lo contrario no podrás entrar en el equipo olímpico —insistió el hombre, sudando copiosamente, bajo la luz del sol de justicia en la ciudad de Newcastle, Australia.

—Geordie, me parece muy bien que hayas decidido que casarme con una chica española sea la única posibilidad de obtener la nacionalidad pronto —le contestó el joven, cansado ya del tema—, pero ¿quién se va a querer casar conmigo, así, de repente?

El representante del atleta lo miró incrédulo. El joven estaba sentado en las escaleras del porche de la granja de sus padres, mirando hacia el infinito, mientras él caminaba nervioso a su espalda, recorriendo el porche de arriba abajo. Andrew Murray: un atleta de metro noventa, rubio y con los ojos de color de un cielo tormentoso como decían suspirando las jovencitas cuando lo veían. Un hombre que podría haber sido actor, como su compatriota Chris, el intérprete del Dios del Valhalla, al que se parecía físicamente, hasta el punto de que le pedían fotos por la calle. Era hijo único y heredero de una granja ganadera en Australia, de las mayores del país.

—¿Que quién se va a querer casar contigo? No me jodas, chico.

El sudoroso hombre bebió un trago de limonada que le había preparado la madre de Andy. Estaba muy fresca y ligeramente ácida, aunque en estos momentos hubiera preferido un whisky con hielo. Su esposa le había prohibido beber alcohol tras su infarto y de momento, le hacía caso. Pero este chico le sacaba de sus casillas.

Habían decidido intentar obtener la nacionalidad española, pues allí tendría bastantes oportunidades. De hecho, el capitán del equipo de atletismo estaba deseando ficharle; habían tenido una serie de lesiones infortunadas y se habían quedado sin equipo. Fue él quien le sugirió que se casara con alguna chica.

—Solo seis meses, a lo sumo un año —le había dicho Geordie. Tendrían que convivir y demostrar que se casaban por amor, pues de otro modo podrían revocarle la nacionalidad.

—Es fácil, Andy. Habrá muchas mujeres que querrán casarse contigo nada más te vean.

—¿Y qué vas a poner, un anuncio en el periódico local? «Se necesita mujer para casarse con un australiano, razón Geordie Adams» —resopló el joven. No le hacía mucha gracia tener que casarse con alguien desconocido.

Él siempre había pensado que el matrimonio era algo sagrado, algo especial; para hacerlo solo una vez, como sus padres, que llevaban casados más de treinta y cinco años. Se casaron enamoradísimos a los dieciocho, aunque hasta que no llevaban diez años no consiguieron que ella se quedara embarazada y, una vez nació Andrew, ya no pudieron tener más hijos. Siempre se les veía tan felices… él quería algo así. Su madre se disgustaría mucho si supiera que se había casado solo por un papel.

—No, Andy. Jordi, el entrenador del equipo, conoce a varias muchachas que podrían ser candidatas para la boda. Nos enviará sus fotos y currículos antes de hablar con ellas y tú eliges.

Andy resopló, irónico. Se levantó y miró hacia el extenso horizonte. Su sueño de jugar en las Olimpiadas de Río podría irse al traste si no cedía en esto. Atardecía en Australia, refrescando el caluroso día,  las luces rosas y anaranjadas del sol jugaban a lo lejos con los cuernos de las vacas que pastaban tranquilas, produciendo destellos de color.

—¿Quién se va a querer casar con un granjero? Además, la tendré que traer aquí. Seguro que odia esto. Siendo extranjera… quiero decir, que hay que elegir bien.

—Andy, eres un caso.

Geordie envió un mensaje a su contacto para que siguiera adelante. Que buscase chicas, pero que fueran chicas normales, buena gente. Nada de mujeres extravagantes, de ser posible altas y atractivas, había insistido. Si no, nadie se creería que un hombre como Andy estuviera saliendo con alguna de ellas.

Jordi recibió el mensaje con alivio. Quería fichar al australiano a toda costa. Le había visto en plena acción y, con veinticinco años, tenía un potencial increíble. Había intentado que le dieran la nacionalidad, pero no tenía ningún ascendiente español, ni nada que se le pareciera. Su esposa se lo sugirió.

—¿Y si se casa con una chica española?

Jordi se quedó con la boca abierta. Fue una idea estupenda; algo que no había contemplado. Ahora tocaba encontrar a la candidata adecuada. Eso realmente era lo más complicado

—Indagaré en el gimnasio. Supongo que el joven querrá una chica deportista que vaya con su estilo de vida.

Como siempre, su esposa tenía ideas brillantes. Era guapa, inteligente y le había dado dos pequeñas hijas a las que adoraba. Si no fuera porque su equipo de atletismo se iba al traste, su vida sería estupenda.

Las niñas se habían acostado ya, dejándoles un pequeño momento de intimidad. Se sentaron en el confortable sofá, ahora lleno de cojines, lapiceros y juguetes. Linda recogió lo justo para sentarse y tomó la copa de vino que le ofrecía su esposo.

—Espera, Jordi, se me ocurre una cosa. ¿Tú recuerdas a mi amiga Laura, la hermana de Eli, la modelo? Se acaba de independizar y no va bien de dinero.

—Pero si sus padres tienen dinero sin conocimiento, dos masías y una industria de quesos, ¿cómo le va a faltar dinero? Además, ¿no era una chica demasiado delgada e incluso poco femenina?

—Qué va, es una chica guapísima. Sí, delgada, pero muy  atractiva y ahora no tiene trabajo. Es tan orgullosa que no quiere pedir dinero ni sus padres ni a su hermana. Es muy agradable, alta y aficionada al deporte. Sí, Jordi, creo que puede ser ella.

—¿No sería mejor su hermana que es modelo? Le pega más a un deportista.

—Las pocas veces que he coincidido con su hermana me ha parecido muy desagradable, bastante creída. Trataba a los demás como si fueran sus sirvientes. Incluso creo que tiene celos de su hermana pequeña —dijo Linda tomando otro sorbo del excelente vino tinto.

—¿No tendrás una foto de la chica?

—No, pero podemos buscarla en internet, en Facebook. Te la envío al móvil y se la envías al australiano.

Jordi asintió. Confiaba en el criterio de su esposa, aunque seguramente el joven preferiría una modelo. Si, total, solo era para un compromiso, qué mejor que una chica espléndida como Eli, modelo internacional. Sería fácil explicar una boda rápida con el atleta.

Se acostaron sin dejar de pensar en si Laura sería la adecuada. Linda abrazó a Jordi y comenzó a besarlo, hasta que una de las niñas comenzó a llorar. Jordi se levantó a ver qué pasaba y, cuando volvió, Linda ya dormía agotada. Tener dos gemelas de siete años y trabajar tantas horas era una dura prueba que ella ganaba todos los días.

Salió hacia su oficina tras un desayuno rápido, mientras su esposa se quedaba en casa, buscando fotos en el ordenador. Las niñas no se habían levantado todavía así que, con suerte, tendría la foto antes de una hora. El representante del joven le estaba insistiendo, tras conocer la idea de Linda, para que le mostrase varias candidatas. Como si fuera fácil.

Un mensaje sonó en el móvil. La había encontrado. Ahí estaba Laura, haciendo surf en bikini o también escalando en un rocódromo. No se veía muy claro cómo era su cara, en las fotografías llevaba gafas o gorra, pero sí se veía que era una chica alta y atlética, con las suficientes curvas para gustarle al australiano. Le envió todas las fotos a Geordie. Si le gustaba al chico, comenzarían las conversaciones.

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Mil gracias!!!

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