Capítulo 1 de Tocado por la Luna

Mi lista a los 11 años:
- Que huela a bosque después de llover.
- Que le guste la nieve y no se queje del frío.
- Que tenga las manos grandes y calientes.
- Que me abrace sin que se lo pida.
- Que tenga una voz que me calme aunque esté enfadada.
- Que me mire como si supiera que soy especial.
- Que tenga una sonrisa torcida, no perfecta.
- Que no le importe que tenga un gato (o dos).
- Que tenga algo mágico, como si brillara un poco por dentro.
- Que esté tocado por la luna.
Capítulo 1. El aquelarre
Nora
El cielo es tan gris como los ojos de mi gato Klaus que se despereza, mirándome con desprecio por haberle despertado. Pero es que hoy es un día especial.
—Aguántate —digo amenazándole con el dedo cuando sisea. Tenía que haberle puesto Panther como fue mi primera intención, pero como lo encontré en Navidad, hace dos años, se quedó con Klaus.
Levanto la persiana de mi preciosa casita de piedra del pirineo mientras miro la peña que da nombre a mi pueblito, Peña Nevada, porque como su nombre indica, siempre, incluso en verano, hay nieve en la cumbre.
Me estiro y saludo al día, caminando de puntillas por el suelo que no está demasiado frío. Mamá hizo reformas hace años y lo puso todo de madera. Un vago sentimiento triste quiere anudarse en mi estómago, pero no le dejo. No, porque hoy debo estar feliz y contenta.
Me meto a la ducha y seco mi cabello castaño hasta dejarlo con una humedad que permita salir a la calle, por mucho que estemos a dos grados. Tengo prisa.
Jersey de lana, cazadora de plumas, pantalones gruesos y botas de nieve, porque ayer ya cayó una fina capa. Los turistas están emocionados porque estamos muy cerca de la estación de Benasque y muchos se alojan en nuestras casitas rurales.
Le pongo de comer a Klaus y ni desayuno, con mi gorro rosa bien metido hasta las orejas y la mochila, salgo a la calle. Saludo a la panadera, Luisi, una de mis compañeras, que me da una palmera de chocolate. Me estremezco de pensar en lo rica que está, así que me la voy comiendo por la calle de camino a mi tienda.
Me cruzo con Marta, que va corriendo, como siempre, a dejar a sus gemelas en el colegio.
—¡Nora! ¿Esta tarde a las cinco? Te sale humo del gorro.
—Llevo el pelo húmedo… y ¡Por supuesto! Que tengas un buen día —digo sonriendo. Acabo con la palmera en minutos y en dos zancadas más, llego a mi tienda, abro la persiana y la puerta. Miro el letrero con orgullo:
Moonlight: tienda de magia y hechizos.
Ah, no te lo había dicho, cierto. Mis compañeras son brujas, como yo y todas juntas formamos un aquelarre.
Capítulo 2. Un gran día
Nora
Ventilo un poco la tienda y como siempre, lo primero que hago, es encender una rama de palosanto y lo paso por los rincones de todo el local, incluidos el baño, mi despacho y el almacén. Algunos de mis habituales protestan del humo, pero saben que es mejor así. No queremos que entre nada que no deba. Hablando de eso, la puerta se abre de golpe y me vuelvo, sorprendida.
—¡Harta! ¡Harta! —dice la señora que entra. Se deja caer en el sillón que tengo y tira su bolso sobre la mesita redonda con un mantel púrpura y dibujos esotéricos en dorado. Me encanta esa tela.
—¿Qué te pasa, Amaia? —pregunto con paciencia mientras enciendo las luces y una velita blanca, porque viene con una mala energía tremenda. Y sí, ella también es una de las componentes de mi aquelarre, como lo fue de mi madre. En otro momento te cuento la historia de la tienda, pero ahora tienes que saber qué le pasa a Amaia.
—Ese tipo de nuevo, Norita. Otra vez el desgraciado de Ramón Liesa.
—¿El lobo? ¿Qué te ha hecho esta vez tu vecino?
—Además de hacer ruidos a las once de la noche, ha tirado mi cubo de basura y he tenido que recogerla esta mañana.
—¿Estás segura de…?
Me mira con un ojo y doy un paso atrás. Si Amaia Zabaleta, que vivió su infancia en Zugarramundi te mira así, más vale que te calles.
—¿Le has dicho algo?
—No, pero se lo diré. ¿Ibas a hacer té?
—Justamente.
Mi tienda es una monada y sí, puede que pienses que es porque lo digo yo, pero es así. Mi madre la abrió cuando yo tenía dos años y he pasado mi infancia aquí. La pintó de púrpura claro, toques dorados y las estanterías se las hizo un carpintero del pueblo, son de madera oscura y ocupan toda la tienda. Hay tantas cosas en ellas que he perdido la cuenta. Ni siquiera sé todo lo que tenemos en el almacén.
En un lado hay una mesa redonda de un metro de diámetro más o menos, con dos silloncitos al lado, aunque tengo varias sillas que pongo cuando quedamos las chicas. Detrás hay varios cuadros pintados por mi madre en los que muestra lunas, árboles, y siluetas de personas. Nunca supe lo que querían decir, pero jamás los venderé.
Luego está el mostrador de madera. Por delante tiene incrustaciones de las fases de la luna, así:

Y detrás tengo muchos cajones que no he vaciado. ¿Sabes por qué? Porque solo llevo cinco años aquí, desde que mamá pasó al otro plano y no he podido. Tampoco es que ella me dejara dicho nada. Tal vez algún día pueda. Heredé la tienda y heredé el aquelarre.
Detrás he puesto una nevera de esas pequeñas y redondeadas en color negro y un mostrador con un hervidor y estantes para mis hierbas, además de varias cajas de galletas que las chicas suelen traer para nuestras reuniones.
—¿Y esa infusión? —pregunta impaciente. Enciendo el hervidor y busco entre las hierbas. Y sí, mi especialidad son las infusiones con efectos inmediatos.
Echo en la enorme taza (no me gustan las tacitas que solo caben ciento cincuenta mililitros de agua), un poco de miel de flores, que también calma y después preparo mi mezcla: una cucharadita de manzanilla seca, para suavizar el corazón, media de melisa, para la ansiedad y la paz, lavanda, para relajar la mente, dar serenidad y aroma, media de tila, para la irritabilidad y una rodaja de manzana seca, para saber esperar. Por último, echo una flor de anís estrellado, para la calidez humana.
La dejo infusionar mientras cojo el plumero y limpio un poquito el polvo. Amaia no me pierde de vista aunque eso ya no me pone nerviosa, me he acostumbrado. Ella es así.
Sus cabellos blancos están despeinados, y aunque tiene cerca de los setenta y ella nunca dice su edad, su cutis es perfecto. Fue modista en Zugarramundi y a veces nos ayuda cosiendo dobles de pantalones, sobre todo a Marta, que sus gemelas parecen crecer cada día y va muy apurada, la pobre. Al igual que yo, Amaia puede ver espíritus, aunque cuando vienen, los que rondan la tienda se marchan al almacén. Incluso a ellos los amedrenta.
Cuelo la infusión y le llevo su taza favorita, lo que le arranca una muy pequeña sonrisa. También tengo galletas de pistachos y pasas que hace Luisi especial para nosotras.
Yo también me sirvo una y me siento a su lado. Ella me mira, esta vez con los dos ojos a la vez.
—Algún día le haré un maleficio a ese tipo, Norita y se largará del pueblo.
—Ya sabes que toda magia, sobre todo si es mala, tiene consecuencias.
—A mi edad me da igual —dice frunciendo el ceño. Olisquea la infusión y le da un buen trago. No sé cómo puede porque está hirviendo. Luego coge una de las galletas y la muerde.
—A mí no me gustaría que te pasara nada, la verdad —digo con sinceridad. Siento que es como una tía gruñona, porque ella estaba muy unida a mi madre y también conoció a mi abuela. Siempre ha estado aquí.
—No seas moñas, Norita. No lo voy a hacer. Prefiero algo más sutil —dice sonriendo y eso casi es peor.
Dejo la infusión y sigo limpiando. En el almacén hay un conjunto variado de cajas que he mirado por encima. ¿De dónde sacaría mi madre tantos cachivaches viviendo en un pueblo tan pequeño? Además, antes no había Amazon ni otras tiendas online. Saco la caja con la etiqueta Navidad y la dejo alegre sobre el mostrador. Me encanta la Navidad. Adoro la Navidad. ¿He dicho que amo la Navidad?
Sonrío al sacar las guirnaldas hechas con bombillas y hermosas estrellas de origami que hacía papá. Son tan bonitas.
—Tienes cara de tonta, Norita —dice Amaia, pero en su rostro veo emoción.
—Lo sé. Hoy es un día especial, hoy adorno la tienda de Navidad.
—Si estamos a veintidós de noviembre. Cada día lo haces antes.
—También lo sé. Y la semana pasada ya pensé sacarlo todo, pero al final no pude. ¿No son preciosos?
Saco unas figuras de enanitos navideños. Mi madre los pintó y algunos tienen el rostro no muy agraciado, por decirlo así.
—Esos enanos me dan mal rollo —dice Amaia comiéndose otra galleta.
—Los pintó mamá.
—Todo lo que hacía tu madre no estaba bien, Norita.
—¿Algún día dejarás de llamarme así?
—No, yo te cambiaba los pañales cuando tu madre decidió tenerte sola. Yo te di las papillas y el biberón. Así que serás Norita para siempre, niña.
—Tengo treinta y dos, Amaia.
—Y sigues soltera. ¿No encontraste a alguien interesante en Madrid? En esa facultad de arte a la que fuiste. O eran todos tontos del culo y no veían la mujer que eres.
Me echo a reír. Amaia te dice cosas bonitas como si te estuviera insultando.
—Algo hubo, pero nada interesante. No cumplían mis reglas.
—¿Qué reglas?
—Nada, nada. ¿Te parece que ponga la guirnalda en el escaparate? Han aumentado los turistas y hay que vender.
—Siempre la pones ahí, ¿para qué preguntas? Y sí, malditos turistas. Si no fuera porque es bueno para el pueblo, les echaba una maldición.
—Y dale con las maldiciones, Amaia. Ya sabes, lo que lances, te volverá a ti multiplicado por tres.
Bufa y se termina la infusión. Entra al baño y lava la taza, luego la coloca en su sitio y se pone su abrigo de plumas.
—Me largo, eres como un algodón de azúcar —dice y me acerco, la abrazo y le doy un beso en la mejilla. Ella acaricia mi pelo, todavía húmedo y frunce el ceño.
—¿Cuántas veces te decía tu madre que no salieras a la calle con el pelo mojado?
—Las mismas que cuando me decía que no fuera descalza por el bosque.
—Oh, brujita descarada. Me largo.
Se marcha con media sonrisa. Y sí, así es todos los días de mi vida desde que volví al pueblo. Y los fines de semana, quedamos en la cafetería de Fermín para desayunar. Por cierto, Fermín es el alcalde y lo veo venir hacia la tienda con paso firme.
Tiene unos cincuenta y muchos y según dice, está hinchado, pero claro, los bocadillos de morcilla o madejas y el vino con gaseosa no ayudan a deshincharse.
—Buenos días, Nora. Estaba esperando que se fuera esa… mujer. ¿Sabes que vino a la alcaldía a quejarse de su vecino otra vez? Dice que deja pájaros muertos en su jardín.
—Pues no te extrañe de que vaya a decirte que le tira los cubos de la basura.
—Es tremenda, pero escucha, vengo por otra cosa. Sé que tus… chicas y tú os soléis reunir a menudo.
—Sí, todas las semanas —digo con media sonrisa. En realidad medio pueblo sabe que somos medio brujas y el otro medio piensa que brujas enteras.
—Había pensado que, como hay más turistas estos días, ¿podrías organizar alguna actividad chula para las que le gustan estos temas? De paso podrías vender algo.
—¿Aquí? ¿En la tienda?
—Creo que tienes bastante sitio, ¿no? Para acoger a diez o veinte mujeres. Es que verás. He visto que hay varios pueblos que hacen cosas de brujas como Trasmoz y otros en diferentes comunidades. Quiero que este pueblo también esté en el mapa por eso. Y me gustaría contratarte. Se me ha ocurrido lo de las actividades de momento, pero seguro que tú piensas algo más. Algo para hacer el año que viene, en verano. Se lo podrías decir a tus… compañeras.
—Bueno, no es mala idea. De hecho, hay una casa encantada y en la iglesia suelen moverse cosas solas.
—¿Ves? Podríamos hacer turismo con ello. Todos ganaríamos, así no solo vendrían en invierno.
—Vale, Fermín, lo pensaré. Y lo comento con mis compañeras.
—Amaia estaría muy bien de bruja mala.
Me echo a reír y él sonríe. Es majo.
—Que no te oiga ella o te pondrá en su mira.
—No, por Dios. Ya me dices. Y gracias, Nora.
Se marcha y uno de mis habituales, un alpinista que murió escalando la peña se acerca y aplaude.
—¿Te parece bien, Hans?
Él hace un Ok con el dedo y luego se marcha al almacén. Habituales hay tres, pero a veces me visitan otros. No suelen hablarme, es decir, no los escucho como Amaia, pero sí los veo y nos entendemos como podemos, claro.
Me pongo en el escaparate descalza, con calcetines, mamá, pienso con amor, y empiezo a colgar la guirnalda. Mi tienda da a la pequeña plaza del pueblo, donde está el bar de Fermín, la alcaldía, que no es sino una oficina con dos habitaciones sobre el local del centro cívico, también hay una farmacia, el mini centro de salud y un par de tiendas de souvenirs, todo en una plaza cuadrada, con el suelo de adoquines y donde celebramos las fiestas. Para coronarla, en el medio hay una fuente que no funciona, porque cada vez que vienen a arreglarla, no dura ni dos días sacando agua.
Según mi grupo, hay algo mágico que la atasca, pero no nos hemos atrevido a hacer un ritual.
Mientras me estiro para colgar la guirnalda, veo desde mi escaparate que aparca el coche de la guardia civil. A las afueras del pueblo hay una casa cuartel, y debido a nuestro tamaño y posición, hay cuatro guardias, una mujer y tres hombres, aunque uno de ellos se ha jubilado. ¿Habrá venido alguien nuevo?
El sargento Paco sale del coche. Es grande como él solo y le faltará poco para jubilarse. Tiene un enorme mostacho, pero es un hombre guapetón. Un día que habíamos tomado demasiados bombones de licor, a Amaia se le escapó que había estado enamorado de mi madre, pero como estaba casado y eso se veía muy mal, pues no pasó nada.
Se vuelve hacia la tienda y al verme, me saluda con la mano. La verdad es que es majo. Un joven guardia sale del coche, también es alto y de anchas espaldas. Ese debe de ser el nuevo. Si es guapo, las pocas chicas solteras que quedan se volverán locas. Yo no. O sea, sí, estoy soltera y la verdad, me da igual. Mi madre no se casó, pero me tuvo a mí. Decía que el amor de su vida se había ido al cielo, pero no hablaba mucho y ya dejé de preguntarle. Ella lloró tanto que se le agotaron las lágrimas para siempre. Entonces, hice mi lista. Si alguien debía estar en mi vida, debía de ser especial y si no lo era, estaría sola, porque no quería sufrir y llorar como lo hizo ella.
El nuevo guardia se vuelve hacia mí, directamente y entonces doy un paso atrás, con tan mala suerte que salgo del escaparate y me caigo de culo. La guirnalda se cae sobre mí y me echo en el suelo. ¿Era él?
La puerta se abre deprisa y alguien me quita la guirnalda de la cara. Veo su rostro preocupado. Ya no es el niño de cara redonda que me daba caramelos en el colegio. Es un hombre, sin barba y de él sale un delicioso olor.
—¿Nora? ¡Nora! ¿Estás bien?
—Rober. ¿Eres tú?
Sonríe y me ayuda a levantarme. Me quita la guirnalda de la cabeza y la deja en el escaparate.
—¿Te has golpeado la cabeza?
Pasa sus manos grandes por mi nuca y frunce el ceño.
—Sigues saliendo con el pelo mojado a la calle.
—Rober. ¿Has vuelto?
Sí, dirás que estoy atontada, pero ¡es Rober! Roberto Gracia, mi compañero de juegos y el que me dio mi primer beso, ahí es nada.
—Sí —sonríe de lado—, he vuelto para quedarme.
¿Ganas de seguir leyendo?
|


