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Empiezo a mostraros la saga WolfHunters, con el primer capítulo del libro 1, Monstruo e Inocente.

Wolfhunters es una saga romántica sobrenatural, o paranormal, como queráis llamarle. Los protagonistas son cazadores que se transforman en lobos para atrapar a una especie de vampiros. Son vampiros porque se alimentan de sangre, pero no de esos como Edward o entrevista con el vampiro. Estos son más bien algo feos y terroríficos.

Os dejo con el primer capítulo, de cuando Andrew, el protagonista de esta novela, salva a Tasha de una muerte segura.

Tasha miró a ambos lados de la calle con cierto recelo. A quién se le ocurriría volver del trabajo sola y caminando, y a esas horas. Si no se hubiera quedado investigando la noticia de las desapariciones, ya estaría en casa, sentada en el sofá y calentita. Dio un traspiés, pero no se cayó, por poco. El suelo patinaba por la reciente lluvia y la porquería de la calle, por lo que comenzó a andar más despacio para evitar volver a tropezar.

Se arrepintió de haber tomado ese atajo que le hacía pasar por esa calle estrecha y oscura. Por el día había pasado mil veces, pero por la noche todo eran sombras y ruidos extraños.

«Tasha, deja de soñar despierta, o más bien de tener pesadillas», se dijo para envalentonarse.

Ya casi había llegado al final de la calle y empezaba a respirar tranquila cuando un ruido a sus espaldas le indicó que no estaba sola.  Su mente le decía que no se volviera, pero no lo pudo evitar. Solo vio dos ojos rojos y una gran sombra, así que echó a correr. Entonces, otro bulto deforme se puso delante de ella, justo en la entrada al callejón. Estaba rodeada.

Se quedó paralizada. No podía avanzar ni hacia delante ni hacia atrás. De repente, notó que la sombra de atrás saltaba y una corriente de viento, además de un fuerte empujón, la tiró hacia la pared que estaba a su derecha, dejándola sentada en el suelo y ligeramente conmocionada.

La cosa que había visto atrás estaba atacando a la de delante, gruñendo, rasgando, mordiendo. Se escuchaban gritos ahogados. Ella también gritó. Todo se acabó en unos minutos. Entonces, el monstruo que había ganado el combate se dirigió a ella. Sus ojos inyectados en sangre y su hocico largo la aterrorizaron aterrorizó, pero por algún motivo, este ser no le hizo nada. O a lo mejor estaba jugando con la comida. Ella miró el hocico que se acercaba a su rostro y, sin poder evitarlo, se desmayó.

Andrew acarició el rostro de la joven. ¿A quién se le ocurriría pasar por ese callejón a esas horas? No podía dejarla allí, a merced de los Córmacs. Seguro que volverían. Cédric nunca le permitiría llevarla a la fortaleza, así que había optado por volver a su forma humana y llevarla a urgencias. Su torso enorme y lleno de músculos comenzó a sustituir el pelaje del lobo gris. Por suerte, había dejado la ropa cerca. No sería muy práctico presentarse en urgencias desnudo.

Una vez vestido, tomó a la muchacha en brazos y salió a la luz. Le costaría poco llevarla, era ligera y preciosa. Su cabello rubio era tan fino que formaba un halo alrededor de su cabeza. Había visto que tenía los ojos azul oscuro, enormes y con largas pestañas. No era muy alta y tampoco demasiado delgada. Sintió una corriente de excitación, pero se la reprochó. Desde que estuvo con Lidia, no había estado con ninguna mujer, y de eso hacía ya más de un año. Pero verla aquí, tan indefensa y a la vez relajada en sus brazos, le hizo sentir un fuerte instinto de protección.

Caminó durante varios minutos hasta llegar al hospital, donde entró con la mujer en brazos. Los empleados del hospital sacaron una camilla para que él la depositara, no sin echar un vistazo a su apariencia, sobre todo las mujeres que estaban trabajando, y probablemente algún hombre. Vieron un tipo alto, enorme, moreno, que llevaba unos pantalones y una cazadora, negros y de cuero, con una camiseta blanca. Llevaba el cabello revuelto y sus ojos eran peligrosos. Por el cuello le asomaba un tatuaje.

—Encontré esta mujer en un callejón, no sé qué le pasa, pero creo que tiene un golpe en la cabeza.

El médico asintió. No sabía si se lo había hecho él, pero suponía que, si la había traído, no sería así. De todas formas, esperarían a que la mujer despertase.

—Tenemos que tomar sus datos, por favor —. La enfermera le pidió su carné y él se lo dio.

—Andrew Blackthorn, ¿es así? —él asintió—. ¿Tiene teléfono?

—Tengo que irme, aquí tiene mi tarjeta —el hombre se giró hacia la puerta de salida.

La enfermera que tomó sus datos se quedó mirando la espalda sin poder pararle, solo hipnotizada por su perfecto trasero.

 

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