Arcadio, el vampiro casi perfecto (capítulo 1)

Puede que te preguntes por qué un vampiro podría ser tan educado, o tan adorable. Aunque alguna vez saque sus colmillos a pasear.

Si lees el primer capítulo del libro, creo que lo entenderás y, seguramente, te enamorarás también de él. Porque es… casi perfecto.

Capítulo 1. Brujas, okupas y sorpresas

Arcadio

A las cuatro de la madrugada, Arcadio descubrió que su casa ya no era su casa.

El viejo Cadillac protestó cuando aparcó frente a la valla, echando una bocanada de humo negro. Sin duda, tenía que comprarse otro. Arcadio bajó con su única maleta —cuando no sudabas ni te manchabas podías viajar ligero— y contempló la fachada de la casita de ladrillo rojizo cubierta de hiedra. Sentía una nostalgia que rallaba en la melancolía.

Diez años. Había pasado diez años evitando volver allí.

Metió la llave en la cerradura con una mezcla de alivio y miedo. La puerta se abrió y entonces, al intentar cruzar el umbral, chocó con algo invisible y se vio expulsado hacia atrás, cayendo de culo sobre la grava, y seguro que se había manchado  el abrigo.

—¿Qué demonios…?

Un ruido en el interior le hizo incorporarse al instante y miró a una figura que venía hacia él. ¿El fantasma de Esme le impedía entrar? Se quedó fascinado mirando la silueta de una mujer joven, con el cabello rizado revuelto y un pijama corto.

¿Quién era ella?

—Largo, vampiro —dijo sin salir del todo.

La suave luz del dintel iluminó sus rasgos. No era Esme. Era una mujer de piel chocolate, nariz respingona y ojos verdosos, como los de casi todas las brujas. Iba en pijama y desde luego sus curvas eran llamativas, pero no era momento para eso.

—Estás en mi casa, la que se tiene que largar eres tú.

—Ya no es más tu casa. ¿No has notado que no has podido entrar? —respondió ella con media sonrisa.

—¿Has okupado mi casa? ¡Qué poca vergüenza!

—Es la casa de Esmeralda Buenojo. Y como murió, el Consejo me asignó la zona. Por tanto, es mi casa. Llevo ocho años viviendo aquí. Ni siquiera pensé que fueras a volver.

—Esme me la dejó en el testamento. Es mía.

—Esmeralda no podía disponer de los bienes del Consejo una vez fallecida. Debes irte.

—¿Y mis cosas? Nuestras cosas. He residido más de ochenta años. Tengo una vida aquí —dijo sacudiéndose la grava del trasero.

—No las he tirado —admitió ella tras una breve pausa—. Están en la casita de ahí al lado. Y puesto que amanecerá pronto, te doy permiso para que puedas pasar la noche allí. Mañana te largas.

—¿Será posible? Me ocupas la casa y después me mandas a la casita de invitados que construí con mis propias manos, dejándome en la calle.

—No te dejo en la calle, te ofrezco un lugar para pasar la noche por… porque me da la gana. Y márchate ya, que tengo que levantarme temprano.

Le cerró la puerta en las narices. Sí, justo en sus propias narices. Un trueno retumbó en el cielo y empezó a llover. Arcadio cogió su maleta y se alejó murmurando en voz baja todo tipo de calamidades que le iban a suceder a esa bruja joven y descaradamente atractiva que había profanado su hogar.

Cuatrocientos años de vida y todavía no había aprendido qué hacer cuando alguien le cerraba la puerta en las narices. Con un bufido, se dio media vuelta.

Entró sin problemas en la de invitados. Era amplia, con una habitación de tamaño normal, otra en el sótano para vampiros, un baño con una bañera más pequeña, cocina y chimenea. Ahora, además, estaba abarrotada de cajas con sus libros, ropa y otros objetos personales.

No sabía cómo se llamaba esa bruja, pero durante unos segundos imaginó esculpir su nombre en una lápida. Miró al techo y soltó una carcajada que pretendió que fuera malvada, aunque se quedó en una risa histérica.

Movió la cabeza con pesar. Él ya no hacía eso. No asesinaba a nadie y ni siquiera se alimentaba directamente de humanos.

Esme se lo había dejado muy claro cuando se comprometieron . Era una de sus reglas. Se había acostumbrado al suministro del hospital y como tampoco es que necesitase alimentarse de sangre con demasiada frecuencia, le había ido bien.

Nota mental: llamar al banco de sangre y hacer pedido.

Se dejó caer en el sofá, abatido.  Había vuelto a su casa y, aun así, no podría entrar en ella. No podía oler a Esme, ni tumbarse en su cama, ni imaginarla preparando las infusiones o cantando mientras hacía sus rituales.

¿Qué había pasado?

Y lo peor es que no tenía ni idea de qué hacer a continuación, salvo intentar convencer a esa bruja, o encontrar la manera adecuada de hacerla marcharse sin provocar un conflicto. Eso ya había sucedido hace muchos años y no pensaba repetirlo.

No era estúpido. algo se le ocurriría.

Bajó al dormitorio y se dejó caer en la cama sin quitarse la ropa. Estaba cansado y necesitaba pensar. Mucho.

Aún no sabía si aquella bruja iba a ser un problema, un error, o algo mucho peor.

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