Capítulo 1 y 2 de Brujas abandonadas

Capítulos 1 y 2
Capítulo 1. El pentagrama
Oscuridad, frío. El aire se arremolinaba por los rincones del callejón, recogiendo la basura y llevándola como un objeto animado hacia la pared de cemento, susurrando que ya venía, que él venía.
Los pies descalzos no tenían frío, a pesar de ser mediados de febrero. Ese día, hasta la nieve se había retirado de su camino. Avanzó por la calle y se paró en el centro del lugar adecuado, justo enfrente de la salida de emergencia de una sala de fiestas, un caldo de cultivo excelente para cosechar.
El sitio era el señalado, el momento, perfecto. La dueña de los pies descalzos no tenía demasiada habilidad para trazar su primer pentagrama, pero le susurraron en el oído lo que tenía que hacer. Las líneas, torpes al principio, se enderezaron y se unieron, produciendo un ligero brillo del que fue testigo una solitaria rata, que también huyó.
No dudó en recitar las palabras adecuadas, imbuirlas de poder, de modo que fueron cayendo y depositándose sobre el suelo, en la mortal trampa. Poco a poco, las líneas se ocultaron a la vista humana y los pies descalzos recorrieron durante un buen rato la distancia que la llevó a su cálida y mullida cama.
De nuevo se despertaría con los pies sucios, sin saber qué había pasado o dónde había ido.
De nuevo, una trampa mortal para los humanos se había colocado. Una bruja abandonada había sido descubierta por el demonio más astuto de toda Ciudad Profunda, como quien descubre un caramelo único, de extraordinario sabor, y se deleita durante horas, con la pena de que se acabe. Así estaba, deseando utilizar a la bruja, poner sus trampas más potentes en los lugares adecuados y, después, como el lobo con caperucita, comérsela viva.
Capítulo 2. Aeropuerto
Abalyn Clearwater. El policía de aduanas la miró y después se volvió hacia el pasaporte de nuevo.
Blink
Ella hizo su primer guiño con ambos ojos, atrapando la vista del agente.
—¿Algo que declarar? —dijo el policía, más atento a su escote que a su maleta.
Ella mostró su maletín con la cámara y el trípode encajados en la espuma gris y sonrió.
Blink … blink.
Dos guiños con ambos ojos bastaban para tenerlo a su merced. El funcionario, un joven bastante atractivo, la miró con el rostro arrebolado. Ya estaba.
—No, solo mi equipo de fotografía. Todo está bien, ¿verdad?
—Sí, por supuesto, todo correcto, señorita.
Ella terminó de pasar el arco, que sonó con un desagradable pitido, y se quitó el cinturón de cuero y plata con tres vueltas que llevaba sobre sus ajustados pantalones negros de piel. Incluso se descalzó, quitándose los carísimos zapatos con tacón metálico y a pesar de ello, no dejó de ser una de las mujeres más altas con el que el policía se había topado.
La mujer policía que la cacheó no tuvo problema ninguno, así que recogió sus cosas, se puso el cinturón y caminó con estilo por el aeropuerto, su chaqueta de cuero a media pierna ondeaba con cada paso. Sí, se sabía atractiva y le gustaba. Podría ser discreta y lo era a menudo, pero de vez en cuando le gustaba que todos se girasen a su paso, que le mirasen con deseo y admiración.
El coche con ventanas tintadas la esperaba a la salida del aeropuerto. Miró el cielo gris de Madrid, que amenazaba tormenta. Cerró los ojos sintiendo la atmósfera del entorno, pero también bajo sus pies. La ciudad que palpitaba por debajo de ella lo hacía de forma desacompasada, lo sentía en el suave vello de sus brazos.
Un hombre le abrió la puerta del coche sin decir una palabra y ella montó. El chófer se hizo cargo de su maleta, pero no de su cámara. Bueno, su cámara. Era una tapadera perfecta para llevar todo su arsenal sin que nadie lo detectase. Y los humanos eran tan básicos, a veces, pensó con diversión. Bastaba un buen escote y dos blinks para tenerlos en el saco.
El coche arrancó y ella revisó su móvil con los datos del nuevo caso. La dama blanca de la ciudad había solicitado sus servicios al detectar una inusual actividad. Se sabía la mejor y, de todas formas, había acabado con un demonio Rasputín en Rusia hacía dos días, por lo que estaba libre. Sus caros caprichos no se pagaban solos.
Tenían acotada la zona donde pensaban que se había producido el suceso, porque casualmente una de las afectadas era amiga del coven local. Pero era un radio de más de seis manzanas, llenas de callejones oscuros. Movió la cabeza. Las casualidades no existían, porque los demonios eran muy discretos con sus trampas. El lugar, la posición, era clave. Todavía no habían conseguido exorcizar a la víctima ya que no encontraban a la bruja abandonada que puso el hechizo.
Ese era su trabajo. Encontrar brujas abandonadas, esas que brotaban espontáneamente, un día, sin saberlo, sin ser conscientes de ello y eran captadas por algún demonio para utilizarlas como hilo conductor y realizar los hechizos en la superficie a través de ellas. Algunas eran muy fuertes y le había costado un gran esfuerzo hallarlas. Otras estaban respaldadas por demonios mayores y se resistían. Dependiendo del tipo de hechizo, el tiempo variaba, pero hasta ahora había tenido cincuenta y seis éxitos, dos fracasos.
Frunció el ceño al recordar sus dos fallos más dolorosos, algo que no le gustaba recordar y que la dama blanca jamás le había reprochado. No le hacía falta, ya estaba ella para ser consciente de ello.
El chófer aparcó en las afueras, en un viejo almacén que parecía a punto de derruirse. Solían variar entre esta sede y la del centro, comunicadas por un portal de faes entre ellas. Ella conocía el sitio, aunque hacía por lo menos tres años que no volvía. Bajó con su maletín y sus tacones y caminó hacia la entrada, que se abrió sin que ella hiciera nada.
Caminó por el pasillo hasta el final. En apariencia, era un lugar polvoriento y casi abandonado. Vista con ojos preparados, estaba forrado de símbolos esotéricos de protección y defensa contra demonios, faes u otros seres que tuvieran la estúpida idea de querer entrar en el cuartel general de Madrid.
La puerta del final del pasillo se abrió también de forma automática y ella accedió al lugar. La pasarela metálica daba a un enorme hangar donde había al menos veinte brujas trabajando, no solo con ordenadores, sino con todo tipo de hierbas y rituales, eso sí, separadas unas de otras para evitar accidentes.
Bajó las escaleras, su enorme coleta oscura, que se movía con la cadencia de sus pasos. Alguna echó una mirada, las más cercanas, pero luego la bajó en seguida. Su reputación la precedía y nadie quería provocar ninguna reacción o comentario.
El despacho de Catalina de Rivera estaba al final del hangar, justo en el centro de todo, así que caminó, echando un vistazo a ambos lados, olió los preparados, el azufre, las hierbas. Escaneó las pizarras de desaparecidas en todo el mundo, su rostro sonriente todavía estaba allí y sintió un dolor que le retorció las tripas como un nudo. Movió la cabeza. No, no era el momento de pensar en ella.
Llamó una vez y entró, sin esperar que Catalina le contestara, porque ya estaba acostumbrada a su forma de ser.
Observó a la dama blanca de Madrid con cierto detenimiento. La mujer lucía cabello blanco y eso le hacía parecer algo más mayor de sus setenta y dos años. Su rostro, arrugado de preocupación, se inclinaba sobre un pedazo de piel escrito, que observaba con una lupa.
—Siéntate —dijo sin levantar la cabeza.
Abalyn se acomodó en uno de los sillones de cuero viejo de su despacho y dejó el maletín en el otro. El lugar estaba tal y como lo recordaba, lleno de dosieres que se mezclaban con objetos mágicos recuperados y otros que servían de protección. Las manos de Catalina acariciaban la piel, supuso que intentando sentir al propietario o propietaria de esta.
Se asomó un poco para ver la escritura y sí, era antiguo sumerio, algo que les encantaba a los demonios.
Por fin, Catalina dejó la piel a un lado y la miró a los ojos. Aunque no era fácil de sorprender, vio tanto dolor en ellos que retuvo el aliento por unos segundos. La dama blanca tenía un ojo azul y el otro marrón, como solía pasar en aquellas que tenían «la visión» como don, y ambos mostraban su sufrimiento.
—Gracias por venir, Abalyn —dijo ella sin sonreír. La recién llegada asintió. Era más grave de lo que pensaba, entonces.
—¿Qué ocurre, Catalina?
La dama suspiró y mostró el pedazo de piel, que Abalyn no tocó. Leyó algunas palabras, pero la mayor parte estaban borrosas.
—La muchacha que llevaba esto en la espalda está casi perdida. Es la pareja humana de Arcadia, no sé si la recuerdas.
Abalyn asintió. Arcadia era una de las aprendizas más jóvenes e inteligentes que conoció en Madrid, cuando ella estuvo para el otro caso. Era una bruja del espíritu, experta en proyecciones astrales, muy dotada en hablar con espíritus que habían trascendido y lo que era más impactante, con la habilidad de caminar fuera de su cuerpo.
—¿Qué ha pasado?
—Elena, la muchacha afectada, volvía de una fiesta con los compañeros de trabajo. Dicen que la perdieron de vista cuando fue al lavabo. A las dos horas apareció en la casa de Arcadia, con los ojos idos. Intentó atacarla, pero ella pudo reaccionar a tiempo y dejarla sin sentido. No sabemos si el demonio que utilizó a la bruja abandonada escogió a la muchacha para hacer daño a una bruja, o fue casualidad que pasara por el lugar infectado.
—Entonces es algo posiblemente en el suelo o en una pared. ¿Habéis triangulado su posición?
—No, está realmente bien escondido. Por eso te llamé. Es importante, en primer lugar, buscarlo y neutralizarlo, para que no haya más víctimas. Y después, que encuentres a la B.A.
—¿Cuál fueron los síntomas?
—Además de atacar con rabia a Arcadia…, parece que le ha arrebatado el alma y de momento está vacía. Solo tiene el sapo del hechizo en su interior, pero no lo hemos quitado, hasta que puedas acabar con el demonio y le devolvamos su esencia. Aparentemente, la muchacha estaba bien, si no hubiera sido por ese primer ataque que quizá se produjo por ser Arcadia una bruja, nadie la habría detectado, por eso pienso que no es la primera.
—¿Habéis notado un incremento en los casos extraños?
—Sí, ha habido algunos eventos inexplicables en la ciudad: gente normal y corriente que ha atacado a su familia, amigos o compañeros de trabajo, algunos de forma mortal. Creemos que han detenido a una de las personas que lo hizo y sería bueno que también fueras a visitarla.
—Sí, lo haré. ¿Puedo ver a la muchacha?
—Está en hibernación, pero sí, ve a verla. ¿Aceptas el caso?
—Por supuesto. Misma tarifa.
Catalina alzó la mano y Abalyn puso la suya enfrentada, de forma que se selló el trato. Ella se comprometía a solucionarlo excepto por causas mayores.
Recogió el maletín y salió, con un movimiento de cabeza como despedida. Se dirigió con parsimonia hacia la zona del hospital, al fondo del hangar, donde supuso que estaría Arcadia.
Arcadia era frágil, delgada pero fibrosa, con los ojos más azules que nunca había visto. Tenía el cabello claro, que no contrastaba mucho con su pálida piel, pero que le daba ese aspecto aniñado e indefenso, muy útil para una bruja.
Pero cuando la vio, sentada al lado de la cama de la muchacha morena, se le cayó el alma a los pies. Sus ojos, llorosos, no le quitaban la vista de encima. Estaba despeinada y sin el aspecto pulido que solía tener.
—Arcadia —dijo ella entrando en la pequeña habitación. Ella levantó la cabeza y se le escapó un pequeño suspiro de alivio. No la abrazó, ni corrió a recibir un consuelo que ella no le iba a dar y la respetó por ello.
La muchacha de la cama respiraba mucho más deprisa que lo normal, como era habitual en aquellas poseídas en las que habían encontrado. Era una chica morena, de piel tostada y con cierta rotundidad en sus formas. Sus labios, entreabiertos, eran carnosos y parecían suaves. Sí, entendía por qué Arcadia se había enamorado de ella.
—Gracias por aceptar el caso, Abalyn —dijo ella poniéndose de pie y tomando la mano de la chica, que ni se movió.
—Es un cabrón grande, ¿no?
—Sí. El sapo es enorme, está inmovilizado, pero no hemos probado a sacarlo, tengo miedo de que la hayan vaciado del todo y se quede como un cuerpo sin al…
No pudo acabar. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y miró suplicante a Abalyn.
—Encontraré al demonio, Arcadia.
—En su espalda había una inscripción, sobre el final de los tiempos, y esas cosas que suelen escribir los demonios, pero esta vez… me dio escalofríos.
—La he visto. Ya sabes que es lo que suelen hacer. —Tocó su piel, con una película de sudor y se la llevó a la boca para degustarlo—. Sí, es grande el demonio. Ella te atacó.
—Estaba en el piso, ella llegó de una cena con los compañeros y Lucas, mi gato, se cruzó en su camino. Yo estaba en la cama ya, cuando escuché el maullido de advertencia. Elena tenía un cuchillo en la mano y había arrinconado a mi gato. Sus ojos… eran terribles, negros y llenos de maldad. Pude evitar que matase a mi pequeño con mi voz, pero tuve que luchar con ella para desarmarla. Por suerte, suelo tener varios boles de hierbas con palo santo en diferentes puntos de la casa, le lancé uno entero y cayó desplomada al suelo. Y llamé a Catalina.
—Necesitaré los lugares donde pudo ir.
—Ya lo hemos hecho y no encontramos nada —dijo Arcadia. Abalyn se encogió de hombros—, sí, te las daré. Quizá pueda acompañarte.
—Ah, no, ya sabes que trabajo sola. Y tú estás demasiado implicada. Envíamelas al correo, voy a instalarme al hotel.
—Abalyn… ella… yo la amo. No quiero perderla.
—No lo harás.
La buscadora salió de la habitación sin despedirse, enfadada por encontrar un nuevo ataque a una muchacha inocente, por prometerle que no la perdería cuando la mayoría de las veces que poseían a alguien morían y por ver a la chica que, por suerte, no estaba muerta o había hecho algo peor que intentar asesinar a su novia.
Caminó hacia la salida, subió al coche que todavía la esperaba y este la llevó al Four Season, uno de los mejores hoteles de la capital. Porque a ella, pudiendo alojarse en lo mejor, ¿por qué iba a escoger un sitio donde hubiera bichos?
Después de darse una larga ducha en la lujosa habitación, se puso ropa de trabajo, sus pantalones negros de cuero, su cinturón de tres vueltas y las botas planas que permitían perseguir a cualquiera. La cazadora de cuero escondía sus armas. Se trenzó su cabello, hasta dejarlo bien atado para que no hubiera problema al moverse. Era mucho más práctico y menos llamativo. Aunque con su aspecto era difícil que no se fijaran en ella.
Sí, debería lanzarse un ritual de camuflaje, pero quería que los demonios de la ciudad supieran que ella había llegado para patearles el culo si se portaban mal.
Caminó hacia la zona donde Arcadia le había enviado, recorrió las calles durante un par de horas, hasta que, frustrada por no haber encontrado nada, decidió bajar a la Ciudad Profunda, para ver que se cocía, literalmente, por allí.
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