Capítulo 1 de Un trato millonario

Capítulo 1. Las Vegas, hace tres años

Jayden

Volver al barrio, a mi gimnasio, no es como antes. Hace seis meses fue el mejor y el peor día de mi vida. Me siento en un banco, frente a la puerta del local que con tanto orgullo abrí cuando gané el primer campeonato de peso crucero. Luego fueron tres cinturones más y entonces cometí la estupidez de creerme el mejor, aumentar diez libras y meterme en pesos pesados.

Solo que, para ellos, yo era bastante mierdecilla. Incluso Mason —que solo sabía de boxeo por ir a verme— me preguntó si estaba seguro.

Mi entrenador, Tom, que era casi como segundo padre, tampoco se decidía. Yo, joven y ambicioso, acepté.

Cierro los ojos, recordando esos días tan tristes y culpándome de la decisión que tomé. Puede que fuera la mejor que supe o pude hacer, pero eso no quita  que me equivocara.

Paso al vestuario y me cambio para entrenar. Hoy la cabeza me zumba más de lo normal y de poco me sirven los analgésicos. Mi médico me dijo que un hematoma subdural era para siempre y que debería dejar de pelear. Lo hice de forma profesional, pero aquí, en el gimnasio, estoy en mi casa.

Doy unos golpes suaves, recordando cuando empecé a entrenar con mi padre, solo tenía trece años. Siempre fue aficionado al boxeo y aunque a mi hermano mayor nunca le gustó, a mí me fascinaba.

Cuando me hice profesional, él hacía dos años que había fallecido de un accidente de coche. Yo salía por el pasillo hacia el ring, vestido con mi albornoz negro brillante, mis calzones negros con el lateral blanco, y siempre que saltaba dentro, lo primero que hacía era subir la mirada al cielo y dedicarle el combate.

Luego, ya venía el espectáculo, sobre todo en los combates finales. Me subía a las cuerdas, jaleaba al público, reía con ellos, bromeaba y sonreía, de tal forma que me llamaban la sonrisa letal de las Vegas.

Gané muchísimo dinero y, por suerte, lo invertí en reformar el local. Si no, también hubiera desaparecido. Cuando vi que ya lo había ganado todo en peso crucero y que podía optar a los pesados, con el incremento increíble de pasta, no me lo pensé. Comía casi diez veces al día y entrenaba ocho horas. Solo gané de diez libras, pero conseguí pasar con el mínimo a esa categoría, aunque fuera de los más ligeros. Contaba con que mi boxeo era inteligente. Es lo que siempre me decía Tom.

—El ganador no es quien tiene más peso o pega más fuerte, sino el que tiene más inteligencia.

Lo malo es que no fue así realmente.

Dejo el saco y me siento en un rincón, bebiendo algo isotónico. Mason llega vestido de deporte.

—Apestas, tío —me dice y le hago una mueca—. ¿Todo bien?

—Hoy hace seis meses. Solo eso.

—Ya… ¿y si pasamos de entrenar y nos tomamos algo?

—Me ducho y vamos.

En cuanto me visto, él me espera y nos subimos en las motos para ir al Bulers. Es cierto, hoy estoy de bajón. Dejamos las motos y, como siempre cuando entramos, las tías nos miran de arriba abajo, algo que sin duda a Mason le da igual. A mí… me daría, pero últimamente me interesa alguien.

Renata y Alice ya están sentadas en una mesa y nos saludan alegres con la mano. Son nuestra pandilla de toda la vida. Miro a mi amigo y se encoge de hombros. Es extraño que seamos un grupo mixto y que no nos hayamos liado entre nosotros, aunque a mí me hubiera gustado. Alice es… tierna, bonita y muy inteligente, aunque quizá demasiado tímida.

—Dejáis un rastro de lujuria donde vais —dice Renata con risas. Alice me mira y sonríe.

—Hacemos juego con lo bonitas que estáis —dice Mason. Ellas se echan a reír.

—Déjalo, Mason, lo tuyo no fue nunca decir piropos.

—Puedo mejorar —dice él sonriendo.

Me voy a por unas cervezas y noto que Alice se acerca por detrás y me pone la mano sobre el antebrazo. Mi piel se eriza, pero la miro tranquilo. Me insinué en su día, solo que ella o no se dio cuenta o lo ignoró. No quiero romper nuestra preciosa amistad, supongo.

—Seis meses, ¿no?

—Así es —digo dando un trago a la cerveza que la camarera, guiñándome un ojo, ha puesto delante de mí.

—Las cosas cambian para bien, ya lo verás. A veces no somos conscientes de ello, pero un día, dentro de unos años, lo sabrás.

—No lo sé, Alice. Lo tenía todo, o pensé que mi vida ya estaba organizada, y además… pero bueno, es lo que toca.

—Eres un superviviente, Jayden, podría haber sido peor.

—Sí, podríais estar aquí los tres solos sin mi inestimable presencia.

Se echa a reír, pero en sus ojos veo la preocupación. Y es mejor que no estemos solos más tiempo o la cagaré del todo.

—Voy a llevarle la cerveza a Mason o dirá que está caliente.

Ella asiente y nos sentamos con nuestros amigos. Mason le está contando a Renata una anécdota sobre lo que había dentro de un fregadero y cuando nos la resume, nos echamos a reír.

—Chicos, tengo algo que deciros —comenta Renata. Nos quedamos esperando—. Voy a entrar a trabajar en el atelier Cinderella.

—¡Qué bien! —exclamamos todos. Nos ha contado mucho sobre ese lugar y sus deseos de trabajar allí.

—No iré como diseñadora, sino para ir colaborando, pero puedo ascender.

—Que no se aprovechen de tus ideas —protesta Alice y ella asiente.

—Cuando entras en un sitio tan famoso, lo normal es empezar de nuevo y más siendo yo…

—¿Siendo qué? —protesto—. ¿Latina? ¿De barrio obrero? Dejemos esos prejuicios atrás.

—Es cierto —dice Mason—. Todos lo somos y bien orgullosos. Incluso Alice tiene una décima parte de sangre española. El padre de Jay era colombiano y mis padres vinieron de México. Orgullosa tienes que estar de tus raíces dominicanas.

—Chaval, estoy bien orgullosa —dice Renata señalándome con el dedo. Sonrío. Es lo que quería Mason, y ella lo mira con los ojos entrecerrados y luego sonríe—. Eres tonto, Vega. Sabes que adoro el país de mi familia, aunque haya nacido aquí.

—Lo sé, solo quería tomarte el pelo. Es una gran noticia. ¿Ya se lo has dicho a tu mamá?

—Desde luego. Ella y mis hermanas saltaron de contento. Me ven como la próxima Versace. No sé. Estoy aterrada.

—Normal, Renata —digo tomándole de la mano—. Algunas cosas dan vértigo.

—¿Estás bien? —dice ella mirándome con sus ojos castaños. Asiento.

—Me dio bajón, pero para esto tengo buenos amigos.

Ellos me cogen de la mano y nos echamos a reír. Llevamos juntos desde que éramos críos y somos como hermanos.

—Yo os tengo que decir algo también —dice Alice tímida. Ella trabaja en una oficina en un concesionario de coches, aunque siempre quiso dedicarse a la fotografía, solo que sus padres decidieron que no era lo que debía hacer y ella aceptó. Es la única de nosotros que fue a la universidad.

—¿Vas a cambiar de trabajo por uno en el que se te valore más? —pregunto sin poder evitarlo. Ella da un respingo y niega, sonrojada. Renata me da una patada por lo bajo—. Lo siento, Alice, es que eres una tía muy inteligente.

—Tal vez algún día. Bueno, yo… ¿os acordáis de ese cliente que vino a comprarse un coche de alta gama? ¿Ese que tuve que atender porque mi compañero estaba enfermo en casa?

—Estuviste una semana hablando de él —comento fastidiado, pero ella no parece darse cuenta.

—Regresó y me pidió una cita —responde entusiasmada. Mason me mira, él sabe que me gusta y me obligo a sonreír—. Es tan maravilloso, fuimos a cenar, tan amable, creo que estoy enamorada…

—¿De una sola cita? —pregunto enfadado y Renata vuelve a darme una patada. La miro amenazador y ella frunce el ceño.

—Es un comienzo. Me gustaría que lo aceptaseis en el grupo, no quiero dejaros.

—Por supuesto —dice Mason—, cualquier día de estos nos lo presentas y así podremos amenazarlo para que no te haga daño.

Ella se ríe nerviosa y Renata lo fulmina con la mirada, pero estoy seguro de que mi amigo lo dice en serio. Es muy protector y no querría que a ninguna de las dos les pasara nada, aunque para él sean como hermanas.

—Cuando llevemos un tiempo más saliendo, os lo presento. Es cierto que es poco, pero ¡cada día me envía un mensaje precioso y me trae flores! ¡Es tan detallista!

Siento arcadas, así que me voy a por otra ronda. Claro, es lo que esperaba Alice, flores, detalles, cosas bonitas que le encantan. Supongo que por eso no encajamos de ninguna manera. Renata se pone a mi lado.

—Lo siento, hombre. La mujer de tu vida no es Alice, aparecerá.

—Lo sé. Iré probando mientras tanto.

—Eso: dicen que, si besas muchos sapos, aparece un príncipe. En tu caso, una princesa.

Asiento y miro hacia la televisión. El dueño del bar es un sentimental y suele poner sin voz repositorios de películas antiguas. Hoy está emitiendo Con faldas y a lo loco, donde salen Marilyn Monroe y Tony Curtis. La señalo en la pantalla y brindo por ella.

—Es mi tipo ideal.

—¿Rubia y un poco…?

—Ella es preciosa, con curvas, pero no te confundas, tenía altas capacidades, aunque supongo que la gente solo veía su físico.

—No lo sabía. Cierto. Con ese físico nadie vería más allá. Lo que te pasa a ti, Jay, o a Mason. Sois demasiado atractivos. Aunque no os quejaréis, debéis tener la polla pelada de tanto follar.

Se me atraganta la cerveza y suelto una carcajada.

—Mira que eres bruta, Renata.

Ella sonríe y da un trago largo.

—Es la verdad, ¿o no?

—Sí. ¿Y tú? Con esos ojos castaños y esas curvas de infarto, me dirás que no tienes éxito.

—Lo tengo, aunque no con quien quiero. Pero así son las cosas. Mientras tanto, me divierto, como vosotros.

—Somos unos capullos, ¿no es así?

—Así es. Brindo por ello.

Ella choca con mi botellín y la camarera nos pone algo de picar. Sé que estuvo loca por Mason, pero es imposible que nuestro amigo sienta algo por ella cuando la considera una hermana. Somos un par de pardillos.

Volvemos a la mesa y acabamos la velada. Al menos, estoy tranquilo y resignado. Más tarde o más temprano, Alice iba a salir con alguien porque es perfecta y preciosa. Me voy a casa y me echo a la cama. Al menos, el gimnasio va bien.

 

 

Capítulo 2. En el gimnasio, actualidad

Jayden

 

—¿Qué me dices? —pregunto más cabreado que un mono. El dueño del local parece acojonarse, pero bien que ha venido con una puta rescisión de contrato. Vale que voy justo con los pagos y que no sé cómo haré para este mes, pero ¡joder! Llevo tres años pagándole puntualmente.

—Compréndelo, Jayden. Si no me compras el local, debo venderlo.

—Eres un usurero, joder, al menos dame tiempo para solucionarlo.

—Te doy unos días, ya me dirás.

Maldigo en su alma y me encierro en el despacho. Mi sien palpita y, como me dijo mi entrenador, procuro calmarme, respirar. Si no hubiera pasado… lo que pasó, ¡joder!

Quedo con Mason y él se ofrece a prestarme algo de dinero para pasar el mes. Sé que no va sobrado, pero el tipo es generoso como él solo. Pero no es la solución. Puede que deba dejar el gimnasio.

Acudo a casa de Tom, que está en una silla de ruedas y me abre su esposa.

—¿Cómo está hoy?

—Ha tenido días peores. ¿Te importa que salga a comprar algunas cosas? Tienes limonada en la nevera.

—Gracias, tranquila, ve, me quedaré un rato.

Entro al salón y saludo a Tom, que parece distraído. Está en su silla de ruedas, con el aparato de oxígeno puesto y la mirada perdida en la ventana. Voy a la cocina, saco la jarra de limonada y dos vasos. Él me mira, pero sigue en silencio. Supongo que se siente mal.

—¿Quieres salir al jardín? Hace muy buen día.

—No, Jay.

Le acerco el vaso y miro por la ventana, suspirando.

—¿Qué te pasa, chaval?

Casi sonrío. Lleva llamándome chaval desde los trece, aunque ahora tenga veintiocho.

—El dueño del local, que me quiere largar.

—Deberías haberlo comprado entonces, pero claro…

—Dejemos el tema, Tom. Estoy buscando un local nuevo. Mi amigo Mason me está ayudando.

—Sabes que tengo algunos ahorros.

—Ni de puta coña. Bastante tenéis con pagar los gastos médicos. Soy joven y tengo dos manos. ¿Cuándo me ha frenado un contratiempo?

Él se gira y asiente con media sonrisa.

—Hace tres años —dice en un susurro que apenas oigo.

—La vida te cambia mil veces, no pasa nada. Sabes que nunca… que yo…

—Lo sé. Eras de los buenos, Jay. La vida a veces es una puta mierda.

—Entrenador, ¿no me decías que no hablase así?

Él sonríe y pone la mano sobre la mía. Ha envejecido tanto desde su enfermedad que casi no se le reconoce.

—Ahora mismo, no tengo problemas en decir lo que siento y de la forma que quiero. Pero tú tienes toda la vida por delante si te cuidas y espero que lo hagas. Eres mi chaval.

Asiento, emocionado. Le cuento proyectos, ideas, para cambiar de tema y creo que lo agradece. Al rato, llega su esposa cargada y llena la nevera. Nos mira con una sonrisa. Me despido hasta otro día y ella me da un abrazo.

—Agradece muchísimo tus visitas, Jayden. De verdad.

—Y yo, sabes que sois mis segundos padres.

—¿Tu madre?

—Bien, como siempre. En cuanto pueda, viajaré a Cali para verla, pero ahora mismo no me sobra la pasta y ella no puede dejar a su mamá.

—Es comprensible. Siempre fue una persona buenísima, y tú has salido a ella.

—Gracias. Nos vemos pronto.

Me marcho en la moto. Después de todo lo que pasó, a los cuatro meses le diagnosticaron un cáncer muy agresivo de pulmón y aunque le pusieron tratamiento, su vida se acortó dramáticamente. En algo tiene razón, la vida a veces apesta.

Aparco delante de uno de los pubs donde suelo acudir para buscar sexo. Es un lugar de intercambio, de solteros o casados, donde no se pide nada más que un polvo. Puede que sea lo que necesite.

Me acerco a la barra y pido una cerveza. Tal vez me apetezca una chica rubia. Miro a alguien que está sentada en la barra, tomando un coctel. Es bonita, tiene una sonrisa increíble y unas curvas de infarto. Le sonrío y ella me mira con curiosidad. Cojo la cerveza y me acerco a ella.

—Hola. ¿Eres famoso?

—Aquí no hay nombres, solo una cosa. ¿Es tu primera vez?

—Te confieso que sí. Mi ex me puso los cuernos y quería, no sé… quería algo. El camarero es mi vecino y me dijo que aquí había… ese tipo de cosas.

—¿Un polvo de despecho?

Se echa a reír y me señala con el dedo.

—Justo eso. Me da que tú buscas algo así.

—¡Qué le voy a hacer! Mi cara es transparente.

Vuelve a reírse y mira hacia el baño mordiéndose el labio, dudosa.

—O solo podemos hablar —le digo.

—Ni de coña. Seguro que no duras libre nada. Si tú quieres…

—Jay.

—Sisu.

—Bonito nombre.

—Es un… apodo. ¿Quieres follarme, Jay?

—Por supuesto. Será un honor ser tu polvo de venganza.

Ella sonríe, deja la cerveza y vamos al baño de las tías, donde hay suspiros en una de las cabinas. Nos metemos en otra y ella parece tímida, es una buena chica, muy apetecible. Acaricia mi pecho y suspira. Luego, mete la mano por debajo de mi camisa y pasa los dedos por mi six-pack.

—Sí que estás en forma, Jay, pareces deportista.

—Algo así.

Acaricio su rostro y me acerco para besarla. Ella acepta. Sus labios son suaves y jugosos y mi lengua los recorre, provocando su estremecimiento. Lleva un vestido con botones por delante y mientras acaricio su mano y rozo su pecho por encima, ella empieza a desabrochárselos deprisa. Casi sonrío. Me jode que la hayan puteado, el tipo no sabe lo que se pierde.

Ella jadea en mi boca y va directo a mi entrepierna que está dura como una roca. Meto la mano por debajo del vestido y noto su tanga. Recorro la cinta que se sujeta en sus caderas y llego a la mejor parte, a su humedad. Ella jadea de nuevo cuando meto el dedo y acaricio con suavidad su clítoris, de forma que se retuerce de placer.

—Oh, dios, jamás he estado tan excitada.

—¿Quieres follar ya?

—Sí, por favor, pero ¿cómo…? O sea…

—Puedo sentarme en la tapa o si quieres, te levanto y lo hacemos contra la pared —digo y la siento estremecerse. Opción correcta.

Arranco su tanga y lo dejo caer al suelo. Ella gime y saco un condón de mi cartera. Mientras tanto, ella ya me ha sacado la polla y la mueve. Estoy demasiado excitado, pero logro ponérmelo y la cojo contra mi cintura. Ella pasa las manos por mi nuca y me besa con pasión. Hago una maniobra para ponerme en su entrada y la miro. Ella se mueve con impaciencia.

—Adelante, te deseo, Jay.

Me meto en ella y la pongo contra la pared. Ella jadea, rodeando mi cintura con sus piernas. Está preparada y muy húmeda, así que embisto con un poco de fuerza, haciendo que ella se vuelva loca.

—Joder, sí, sí —susurra en mi oído y entonces, cuando estoy a punto, ella empieza a moverse y su orgasmo empapa mis pantalones. Entonces me dejo llevar, cerrando los ojos y pensando que tal vez podría haber sido otra persona.

Cuando acabamos, ambos estamos sudorosos.

Me retiro, llevándome el condón y lo echo en la papelera. Ella se arregla y me da un suave beso.

—No sé qué te habrá pasado, Jay, pero eres el sueño de cualquier mujer. O al menos, puedo decirte que nunca me habían follado así.

Se arregla y se limpia como puede. Yo también hago lo mismo y la miro con afecto. Es una chica bonita de ojos claros y facciones regulares.

—Eres preciosa, Sisu, que esa ruptura no te haga pensar en cosas extrañas. Los tíos a veces somos gilipollas.

Se echa a reír y salgo de la cabina. Una mujer me mira con deseo, pero al ver que voy acompañado, se encoge de hombros. Salimos y ella me da la mano.

—Gracias, Jay, no sé si nos volveremos a ver, pero ha estado muy bien. Eres un auténtico empotrador —dice y yo sonrío—, pero también eres un hombre increíble. Suerte en la vida.

Se marcha y me pido otra cerveza. Me la bebo de un trago, estoy muerto de sed y un camarero se acerca.

—Espero que no te pases con ella, tío. Aprecio a Sisu.

—He venido por lo mismo que ella. Paso de rollos —digo enfadado.

—Eso me parecía, sé quién eres.

Saco un par de billetes y los dejo sobre la mesa, enfadado. Me largo. ¿A mí qué coño me importa quién es ella? Nos hemos visto, hemos follado y ya está.

Arranco la moto y me marcho hacia casa. Hoy ha sido un día lleno de emociones y lo único que quiero en este momento es dormir.

¿Te apetece seguir leyendo?

Te dejo la sinopsis completa:

Un boxeador retirado. Una actriz que no se calla nada. Un matrimonio falso que va a salirse de control.

Jayden Mendoza fue campeón del mundo… hasta que una lesión lo dejó fuera del ring. Ahora, su futuro depende de la venta de una app de entrenamiento personal que podría convertirlo en millonario. Solo necesita cerrar un trato con una empresa tradicional japonesa.

¿El problema? Los inversores solo confían en hombres casados.

Camille Collins no encaja en el molde. Es brillante, irónica, y está harta de que su parecido con Marilyn Monroe la encasille en papeles que no quiere. Fingir que es la esposa perfecta de su amigo Jayden —ese exboxeador sexy y algo insoportable— no le parece la mejor idea.

Pero cuando los amigos empujan… y la oportunidad llama, ella acepta.
¿Fingir que están enamorados para salvar el trato?
NO.
Bueno… sí.
Pero solo por trabajo. Solo un viaje. Solo una cama (ay).

Tokio lo cambia todo:
Un futón compartido.
Miradas al rojo vivo.
Reglas que no paran de romperse.
Y besos que no estaban en el guion… pero sí en sus sueños más calientes.

Él le prometió que sería fácil.
Ella juró que no se enamoraría.

Ambos están a punto de perder la cabeza, la ropa… y el corazón.

Una comedia romántica de proximidad forzada, con pasión, piques irresistibles y deliciosos y un matrimonio fingido que arde más que el wasabi.
(Novela romántica autoconclusiva)

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