Capítulo 1 de Cazadora de Demonios
Capítulo 1: La sesión
Londres, 1875
La muchacha apresuró sus pasos. La niebla de Londres era tan molesta como siempre y, sin embargo, sintió un escalofrío nada más que salió a la calle. Un carruaje pasó tan cerca de ella que le salpicó los bajos del vestido. Poco le importó. Se puso la capucha tapando su cabello rubio claro y su juventud. Si su madre se enterase de que iba caminando a esas horas por la calle y sola, la reprendería. Su padrastro… ni quería pensar en él.
La noticia de la visita de la controvertida Madame Blavatsky, fundadora de la doctrina del teosofismo, había causado shock en la sociedad londinense. Ella no sabía del todo en qué consistía todo ese tema, pero Karen, la muchacha que trabajaba en la panadería y su mejor amiga, le había comentado que hablaba de un conocimiento antiguo y esotérico, del propósito del universo y de que podrías conocerlo a través de la intuición o incluso de la revelación espiritual. Ella siempre había escuchado cosas extrañas en la oscuridad y de pequeña solía hablar con amigos imaginarios, hasta que recibió el primer bofetón de su madre.
Le había hablado de la reencarnación y del karma, y de que había una relación entre la causa y el efecto. Eso le hacía ilusión. Su madre, una afamada costurera y su padrastro, dueño de una carnicería no estaban en mala posición económica, aunque ambos se habían amargado cuando murió su hermano pequeño, de un resfriado grave. Se lo estaban haciendo pasar mal, la culpaban de no sabía qué y por todo ello esa noche había saltado por la ventana y se estaba acercando a uno de los barrios más peligrosos de Londres, incluso arriesgando su integridad.
Vio un grupo de personas, sobre todo mujeres, que rondaban una casa. Por su buen aspecto, supo que iban a ver a la señora. Karen salió de entre ellas y la tomó del brazo. Hazel respiró aliviada. Al menos no se sentía sola.
—¿Estás nerviosa? —le dijo la muchacha de mofletes sonrosados. Hazel asintió, mirando con sus enormes ojos azules todo lo que sucedía alrededor. Por fin, la puerta de la antigua casa se abrió y un caballero vestido con elegancia los dejó pasar a todos.
El edificio tenía un estrecho y oscuro pasillo con cuadros cubiertos con paños negros y, al final, una sala como para unas cuarenta personas, que estaba ya medio llena.
La mayoría eran mujeres también, de todas las edades. Algunos hombres se removían incómodos en su asiento, quizá se habían visto obligados a acompañar a sus esposas. Consiguió localizar a la mujer, que estaba sentada en un cómodo sillón, al frente de la reunión. Su rostro aparentemente afable contrastaba con su mirada penetrante, que parecía taladrar a cada persona del lugar. Llevaba el cabello oscuro, recogido en un tirante moño y vestía con una túnica casi negra, adornada con piedras brillantes, a juego con los colgantes que lucía. Hazel se sentó en un lateral, casi al final y por unos instantes, le sostuvo la mirada, hasta que bajó los ojos incómoda. Sentía un zumbido en la sala que le recorría el espinazo. Karen apretó su mano y miró al frente con los ojos brillantes de emoción. Iba a comenzar.
Un elegante caballero, diferente al que les había abierto la puerta, hizo un gesto con la mano y todos se quedaron callados, esperando.
La mujer se levantó y volvió a mirar a la audiencia. Hazel vio que algunas mujeres se estremecían. Karen estrujó de nuevo su mano con tal fuerza que se le estaba quedando fría, pero tampoco le importaba.
Después de un largo silencio, la mujer comenzó a hablar con una voz profunda y melosa.
—Bienvenidos a mi sesión, distinguidos buscadores de la verdad. Nos reunimos en este sagrado cónclave para explorar los misterios más profundos del universo, aquellos que la ciencia moderna apenas comienza a vislumbrar. Como peregrinos en el viaje de la vida, estamos aquí para desvelar las enseñanzas ancestrales que han iluminado a sabios y místicos a través de los siglos. Permítanme guiarlos en esta travesía hacia el conocimiento esotérico, donde la sabiduría de los Maestros Ascendidos se entrelaza con nuestro destino colectivo. Estamos a punto de embarcarnos en un viaje de descubrimiento espiritual, donde cada revelación es un peldaño hacia la iluminación.
Todos se quedaron sin respiración, intentando asimilar el largo párrafo de la mujer. Ella, sin esperar reacción o respuesta, continuó.
—Es posible que los rumores sobre mi presencia hayan alimentado la idea de contactar con seres espirituales, de hacer una sesión de espiritismo. No es lo que van a encontrar aquí.
Se volvió a sentar y Hazel estiró el cuello para verla a través de los huecos de los participantes sentados delante.
—Sí es cierto que participé en algunas sesiones en anteriores ocasiones, pero estoy en la búsqueda de la Verdad del mundo, de los principios de la Vida y de nuestros ancestros. Comencemos.
Hazel absorbía cada palabra como si fuera el mejor dulce de su vida. No comprendía todo, pero le agradaban tanto su voz cadenciosa y profunda como los conceptos de los Maestros Ascendidos o los guías que vigilaban a la humanidad. Aunque probablemente el que le había tocado a ella debía estar despistado.
Después de más de dos horas de charla, Madame Blavatsky se retiró a otra habitación y el elegante caballero tomó una bolsa para pasarla por la audiencia. Se sintió un poco decepcionada de que pidieran dinero, pero aun así, buscó en su bolsa. Solo tenía diez peniques que había estado ahorrando para poder comprarse un chal, pero supuso que, aunque se dedicaran a abrir la mente, necesitaría comer. Decidió destinar dos de los peniques a la charla y quizá hacer horas extras en el taller de su madre, donde trabajaba.
Karen y ella salieron a la calle, charlando impresionadas sobre lo que había hablado.
—¿Tú crees en eso del karma y la reencarnación? —dijo su amiga.
—No lo sé. Podría creerlo, si las personas malvadas obtuvieran su castigo. Hay asesinatos en la ciudad, los maleantes se pasean por las calles, e incluso en nuestro propio hogar. ¿Cuántas veces te ha castigado tu tío? ¿Por qué murió mi hermano pequeño?
—Y por qué te pega tu padrastro.
Hazel se encogió de hombros. Sí, él, con esas manazas tan grandes solía pegarle, sobre todo cuando le contestaba. Tal vez era demasiado descarada para una joven de clase media baja. Su madre estaba deseando librarse de ella, casarla con cualquier patán para tener una boca menos que alimentar.
—Creo que mi madre quiere casarme con James, el hijo del granjero que trae la carne a mi padrastro.
—¡Pero si tiene al menos quince años más que tú! Se ha quedado viudo dos veces, y eso será por algo —dijo Karen disgustada.
—Lo sé, pero no podrá conmigo.
—Hazel, eres demasiado bonita para enterrarte en una granja. Deberías casarte con un comerciante, llevar preciosos vestidos e incluso podría ser un noble. ¿Y si el príncipe Leopoldo se interesase en ti? Aunque esté prometido, quizá podrías ser su amante. He escuchado a mi tía decir que en la corte francesa se estila mucho. Tus padres quedarían asombrados.
—Querida Karen, aprecio tu ilusión con respecto a mí, pero no me quedará otra que aceptar al granjero. Porque si no, puede que me lleve otra paliza.
—Es triste que las mujeres tengamos que depender de nuestros familiares masculinos. Tal vez algún día eso cambie. Madame Blavatsky parece muy independiente.
—No lo verán nuestros ojos —suspiró Hazel—, y apresurémonos, la noche está cerrada.
Las dos muchachas se metieron por un callejón bastante oscuro, pero iban de la mano y se alentaban la una a la otra. Un ruido procedente de una puerta cerrada las sobresaltó.
Empezaron a correr, pegadas a la pared, pero tres hombres de mal aspecto salieron por la puerta de una de esas posadas oscuras.
—Vaya, vaya, qué tenemos aquí, dos polluelas perdidas —dijo uno con voz desagradable y acento Cockney.
—Déjenos tranquilas, señor —dijo Hazel poniéndose delante de la temblorosa Karen.
—No, querida. Os dejaremos cuando hayamos disfrutado de vuestro sabor —dijo otro riendo y tocándose sus partes bajas.
Hazel miró a ambos lados, buscando una vía de escape, mientras los tres tipos las rodeaban. Uno de ellos tomó a Karen del brazo y la apartó. Sus ojos eran oscuros, malvados. Ella intentó ir hacia su amiga, pero el primer tipo la agarró de la cintura y la retuvo.
Karen no gritaba. Estaba tan aterrorizada que no podía moverse. El tipo se la llevó a un rincón y subió sus faldas.
—¡No! —gritó Hazel con desesperación, pataleando.
El hombre que iba a violar a su amiga se giró hacia ella. Pudo ver sus ojos rojos y su sonrisa malvada. Los otros dos hombres no parecieron reaccionar ante ello, aunque ella se quedó aterrorizada. Solo se reían y la sujetaban.
Karen había cerrado los ojos y parecía resignada, pero ella no, tenía que salvarla. Le dio una patada en la espinilla con sus botines y el tipo aflojó un poco el amarre. Entonces, ella se retorció y cayó al suelo, a cuatro patas. Antes de que ella pudiera levantarse, los otros dos tipos habían caído muertos, al lado, con la garganta rajada. Un encapuchado se enfrentaba al hombre que sostenía a Karen. La soltó, dejándola caer sin problemas. Hazel se desplazó, todavía a cuatro patas, hacia ella, intentando ver si estaba viva. Pero el desgraciado había apretado su cuello y Karen no respiraba.
Miró a los que estaban luchando. El recién llegado llevaba una espada y el asesino era como una sombra negra que se diluía.
Volvió a comprobar que Karen estaba muerta y sintió que la furia le invadía las entrañas. ¿Por qué habían asesinado a su dulce amiga? Entonces, gritó, gritó hasta que el asesino comenzó a desdoblarse, a separar su cuerpo. Ella lo miraba, sin poder parar de gritar, furiosa, deseando acabar con él, y un desagradable icor grasiento y negro se desprendió de él, se acercó a ella y, puesto que tenía la boca abierta, se metió dentro.
*******************
Bueno, bueno, aquí se queda… ¿quieres leer más? Te dejo enlaces:
Amazon España: https://amzn.to/3QL6m6P
Amazon internacional: https://relinks.me/B0D2WGWP4X
|
