Cap. 1 de Café Nocturna
Capítulo 1
2005, Ciudad de Bella Costa
—Si no quieres seguir con tu embarazo, hay medios por los que…
—Me niego, no mataré a mi bebé —dijo la muchacha con el cabello de colores sujetándose el vientre—. Veo que no nos vas a aceptar, así que me marcho con tía Emma. Ya nos lo imaginábamos y me está esperando.
—Pero Catalina, hundirás toda tu vida si tienes al bebé ahora. Volverás a quedarte embarazada en el momento adecuado y…
—No, mamá, es un bebé deseado y no permitiré que me hagas o me des algo sin que yo lo sepa que me haga perderlo.
—Te vas a arrepentir —contestó con tristeza la madre.
Siempre había sido muy cabezota, demasiado independiente y haciendo su santa voluntad. Aunque estaba muy dotada para la magia, prefería irse de fiesta, vivir la noche, como solía decir. Y las consecuencias eran estas. Ni siquiera había terminado de consagrarse como una bruja del aquelarre.
La contempló marcharse con una pequeña maleta. No iba a llorar, porque no podía. De nada iba a servir. Aun así, verla subirse en un taxi para ir a la estación de autobuses le rompió el corazón. Si su esposo viviera, se hubiera disgustado mucho. Claro que él no era consciente del todo del mundo en que vivían. Con solo dieciocho años su hija iba a ser madre y a renunciar a todo lo que ella había vivido, puesto que su hermana Emma nunca tuvo magia y no podría ayudarla. Su hija crecería sin ella, sin aprender, sin seguir la tradición familiar.
Kásper se refrotó contra sus piernas y ella lo tomó en brazos. Incluso su familiar parecía entristecido.
—Volverá —dijo ronroneando. Pero ella no tenía esa convicción en absoluto.
Capítulo 2. Actualidad. Bella Costa
—Bienvenida a casa, Elody. Supongo —dijo Catalina bajando del autobús. A duras penas se sostenía y su hija tuvo que tomarla del brazo. Al menos, había estado durmiendo casi todo el viaje. Ese viaje inesperado en el que tuvieron que coger sus cosas y marcharse, porque el marido de tía Emma, una vez que ella falleció, las invitó a marcharse de casa.
Catalina se puso las gafas de sol para cubrirse de los molestos rayos que amenazaban con tostar su delicada piel. Elody no era tan pálida como ella, se parecería al padre del que nunca le habló.
—¿Crees que la abuela nos recibirá bien?
—No le queda otra. Supongo que querrá conocerte, a pesar de todo. No nos puede dejar en la calle que es donde acabaríamos en ese caso.
—¿Y cómo es que no tenemos ningún dinero ahorrado?
—El dinero es para la gente normal. Vamos, coge las maletas.
Elody asintió. ¿Para la gente normal? Su madre había estado trabajando en una oficina, ella los fines de semana en un bar, de camarera, y todo se lo entregaba para ahorrar para poder ir a la facultad de Bellas Artes. ¿Dónde estaba ese dinero? Pero no podía decirle nada. Cuando su madre se enfadaba, sacaba -literalmente- rayos por los dedos.
Subieron a un autobús urbano que llevaba al centro, donde estaba la cafetería que regentaba su abuela. En realidad, estaba nerviosa. Tía Emma decía que su madre era muy poderosa y no entendía muy bien cómo. Nadie le había explicado. Todavía recordaba la primera vez que vio la magia en su madre. Ella aseguró que no la había heredado, que era como Emma, pero a escondidas comenzó a practicar, aunque todavía no era muy ducha, lograba mover el agua del vaso. Si la abuela era una gran bruja y su madre tenía esos dones que solía esconder, ¿por qué ella no? Así que, en el fondo estaba emocionada por conocerla y, tal vez, ella sí accedería a enseñarle alguna cosa sobre la magia.
Ya no le quedaban tomos en la biblioteca de su ciudad sobre rituales y temas relacionados que leer, por lo que estaba bastante segura… a nivel teórico, claro.
Se bajaron del autobús y accedieron a una encantadora plaza llena de cafeterías. Los edificios eran antiguos y todos tenían travesaños de madera, como los de las fotografías del norte de Europa. A pesar de estar en el sur y en la costa, de alguna forma ese tipo de construcciones habían llegado allí. Enseguida vio la casa. Tenía dos pisos y una buhardilla, con tejados picudos, tejas oscuras y ventanas apagadas. Solo la parte inferior del café estaba encendido, con bombillas de colores que hacían que se respirase un ambiente acogedor. En la parte de fuera habían colocado al menos diez mesitas redondas, con sillas desparejadas, que daban una sensación muy mona. Ya se veía allí trabajando, intentando ahorrar y tal vez al año siguiente pudiera estudiar en la universidad.
Una mujer de unos sesenta se paró en la puerta con el ceño fruncido. Tenía el mismo cabello rubio que su madre y esos ojos azules que las miraban como si pudiera penetrar en su alma. Ella no había heredado ninguna de las dos cosas. Su cabello era de color castaño rojizo y tenía los ojos color chocolate, como decía su madre. Se acercaron, rodando las maletas y la mujer se cruzó de brazos.
—¿Qué hacéis aquí?
—Mamá, hace casi diecinueve años que no nos vemos, esperaba una bienvenida algo mejor —protestó Catalina, cruzándose de brazos también.
—Hola, abuela —dijo Elody sin atreverse a acercarse. Por un momento vio la sorpresa y otra expresión que no acertó a distinguir.
—¿Ya te han echado?
—Emma ha muerto, lo sabes. Fuiste a su entierro. Su viudo nos ha invitado a irnos.
—Ya me lo imagino. ¿Y qué queréis?
—¿Tú que crees? —dijo su madre enfadada. Elody miró los dedos y de momento, no salían chispas—. Solo será algo temporal.
—Si has venido es porque no tienes un billete en tu bolsillo. Seguro que has estado malgastándolo como siempre en tus locuras.
Elody se volvió hacia su madre, preguntándose lo mismo. Ella carraspeó.
—Si no nos vas a acoger, nos vamos, ya nos arreglaremos.
Comenzó a darse la media vuelta y Elody la miró suplicante. La abuela titubeó y gruñó, metiéndose para dentro.
—Pasad —dijo volviéndose—, pero aquí nadie vive de gorra. Tendréis que trabajar.
Su madre la miró y le apretó la mano. Ambas se metieron dentro del café con la maleta a cuestas. No había mucha gente sentada, pero todos parecían animados, charlando y tomando cafés e infusiones. Era un acogedor lugar con mesas, sillas y sillones sin ningún orden. Ninguna hacía juego con la otra, pero en conjunto, era encantador. En las paredes, viejos libros cerrados en vitrinas y cuadros de mujeres que parecían moverse y sonreír. Al fondo, la barra de madera, como esas del antiguo oeste y un guapísimo camarero que le sonrió de oreja a oreja.
La abuela se dirigió hacia una puerta lateral que abrió y de donde partían unas escaleras.
—Instálate en tu antiguo cuarto. La niña…
—Se llama Elody.
—Sí, bueno. La niña que duerma en la buhardilla. Seguro que la casa ha tenido a bien prepararle algo.
—Gracias, abuela —dijo Elody mientras subía las escaleras.
Su madre entró en una habitación, mientras le señalaba dónde estaba el baño y la cocina. Al fondo del pasillo había una puerta que le señaló.
—Sube y encuentra algo para instalarte. Imagino que tendrás alguna cama vieja. Luego, bajas.
Elody asintió. En casa de la tía Emma dormía en un cuarto tan pequeño que solo cabía una cama estrecha y un armario. Tuvo que hacer los deberes y estudiar en sus rodillas durante toda su vida, así que no le asustaba tener un espacio pequeño y lleno de cachivaches. Seguro que encontraría algo interesante.
Cuando accedió a la buhardilla, los muebles parecían moverse solos. Ella se quedó con la boca abierta mientras una cama se estaba montando ante sus ojos.
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Y hasta aquí puedo poneros….
¿Os imagináis una casa que se mueva sola? Bueno, bueno, la de ideas que se me ocurren…
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