La reunión se estaba alargando más de lo normal, y Sendra comenzaba a inquietarse en su silla. La sala de juntas estaba demasiado cálida en pleno mes de un caluroso mayo, ya que el aire acondicionado se había estropeado. Pero no era solo el calor.

Los compañeros que llevaban corbata hacía rato que se la habían aflojado y ella se abanicaba con el informe mensual.

La directora intentaba explicar los logros de la compañía, insistiendo en los cambios que debían hacer.

Paseó incómoda por detrás de sus empleados. Al llegar a la altura de Sendra, ella comenzó a sentir que se ahogaba.

Una enorme presión en su cuello le estaba impidiendo respirar, comenzó a emitir sonidos guturales mientras sus compañeros la miraban asombrados.

—Llamad a una ambulancia—gritó su compañera Eva.

—El bebé, se está ahogando. El niño —señaló balbuceante a la directora, embarazada de siete meses, que había pasado tras ella.

Una fuerte punzada de dolor atravesó entonces el vientre de la mujer y se tambaleó hacia un lado.

La ambulancia se la llevó enseguida, mientras los compañeros miraban a Sendra entre asombro y miedo.

Sendra salió discretamente del edificio, llevándose sus cosas. De nuevo tendría que dejar el trabajo. Y marcharse de la ciudad. La cuarta en tres años.

Las lágrimas se le escaparon sin querer. Al principio no huía cuando pasaban estas cosas. Se limitaba a dar explicaciones; pero luego venían las consultas, los favores… y lo peor no venía de los vivos. Las almas desencarnadas acudían a ella en el momento que se abría a comunicarse con algunos. No la dejaban dormir, y la rondaban hasta que acudía a tía Charo que le hacía una limpieza energética y establecía su protección. Y entonces, tenía que marcharse, esconderse en otro lugar, buscar trabajo, empezar de nuevo.

Hacía ya seis meses que había conseguido una relativa paz mental, y parecía que esta vez podría quedarse allí por un tiempo. ¡Y había ocurrido de nuevo! ¿Quién querría una economista en su empresa que era vidente, o médium? Seguro que a uno de los compañeros se le ocurriría hacer comentarios sobre sus acertadas conclusiones acerca de las tendencias mundiales, y no por su carrera profesional.

—Está bien. Me iré lejos.

Sendra llamó a tía Charo y le dijo que se marchaba. Siempre solía irse a pocos kilómetros de la mujer, pero esta vez se iría más lejos. Su abuela le había dejado una pequeña casa en el pequeño pueblo del Pirineo donde vivió, que no había visitado desde joven. Iría allí a pasar unos días, quizá unos meses… a pensar sobre su siguiente paso.

Menos mal que el trabajo que había encontrado le había permitido ahorrar para unos meses, y bueno, en realidad nunca le había faltado, gracias a la pequeña cantidad que le producían un par de pisos alquilados de sus padres, ya fallecidos.

Eran peores sus otros problemas.  A sus veintiocho años, se encontraba sin amigas y sin pareja, viviendo con su gato Marvin, y con la única compañía de tía Charo, una prima lejana de su abuela, que ya tenía cerca de los noventa, y que, posiblemente, la dejase pronto.

Empaquetó sus pocas posesiones y llamó a su casera para avisarle que dejaba el apartamento. Mañana saldría de viaje.

Llamó al hospital a primera hora de la mañana para interesarse por la directora. La pasaron con ella.

—Pat, … ¿qué tal estás?

—Sendra. Sabía que llamarías. Quería darte las gracias porque gracias a ti mi hijo ha nacido bien. Prematuro, pero bien. Tenía el cordón completamente enrollado en el cuello. Si no fuera por ti, estaría muerto… —sollozó la mujer.

—Me siento muy aliviada, Pat. Comprenderás que tengo que marcharme. No puedo seguir así tras este… «incidente». Me gustó trabajar para ti.

—No tienes que irte, Sendra…

—Sabes que sí. Por favor, no comentes nada. Te deseo lo mejor.

Sendra colgó el móvil. Tendría que comprarse otro nuevo. De alguna forma, «ellos» la localizaban. Comentarios en las redes, incluso a veces un vídeo, hace dos años… la habían puesto en el punto de mira de la Agencia. Así que era hora de desaparecer.

Metió a Marvin en la gatera y bajó todo al garaje. Tía Charo le había enviado un mensajero con su nueva identidad. Ya no sería más Sendra. Ahora sería Selena. Ya casi no se acordaba de su verdadero nombre, Sarah. Tan sencillo… al menos no tenía que cambiar las iniciales en todo. Cargó en el maletero del coche los bultos y el gato, y se despidió de su vida en la ciudad.

Un escalofrío la recorrió justo antes de entrar en el coche. Se sentía observada. Miró a su alrededor y no vio a nadie. Tal vez fuera su imaginación. Entró y cerró las puertas del coche con el seguro.

—Bien, Marvin, empezamos de nuevo.

El pequeño coche blanco se alejó despacio por la calle. El hombre encendió un cigarro y envió un mensaje.

«El pájaro ha volado»

«Sígalo»

Se montó en su moto y poniéndola en marcha, la siguió.

 

(continuará)