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Jonás apagó las luces de la tienda. Había estado acudiendo cada día de la semana durante los quince días anteriores, ya que su hijo, Alfonso, estaba enfermo con covid y no podía atenderla. Pensaron en cerrar, pero como era una tienda de alimentación en un barrio donde apenas había sitios donde comprar, él decidió, a pesar de sus setenta y cinco años, echar una mano.

Pero ya notaba que los años le pesaban. Su nuera estaba confinada, al igual que sus dos hijos, y se sentía solo. Su esposa había muerto hacía ya dos años y cada vez le costaba más levantarse de la cama.

Bajar a la tienda que él había inaugurado hace cincuenta años le daba una cierta alegría, parecía que había vuelto a su juventud. Y eso que su hijo la había reformado, dándole un aspecto moderno y actual. Le gustaba. Estos días se había reencontrado con antiguas clientas, ya mayores, que venían con sus hijos o nietos.

Desde que empezó el confinamiento, ya hacía al menos ocho meses, las cosas habían cambiado mucho. Ya no había alegría en las calles y la gente miraba con suspicacia a los demás si tosían o se bajaban la mascarilla. No había abrazos ni besos. Y, si no fuera porque su hijo estaba enfermo y necesitaba tener la tienda abierta, Jonás apenas bajaba a la calle.

Cerró la puerta y se despidió de la joven empleada que les ayudaba con ella. Era una chica encantadora, con muchas ganas de trabajar y salir adelante. Jonás la consideraba como a una nieta más.

Abrió el portal de su casa con dificultad. La artrosis no le ayudaba mucho a mover las manos, excepto cuando estaba en casa con su más preciado tesoro. Después de lavarse y cambiarse y, sin apetito, fue hacia su salón. Era una bonita estancia decorada como su esposa había deseado, con muebles clásicos y fotografías de la familia. Desde que ella se fue, él no había cambiado ni una cosa de sitio.

—Ángeles, ¡cuánto te echo de menos! —susurró él a su fotografía de novios. Esa que, en blanco y negro, presidía la mesa.

Abrió el balcón a pesar del frío y cogió su tesoro, un viejo violín que tocaba desde que su padre, maestro de profesión, le había animado a tocar. No es que hubiera ido a ninguna academia, en esos tiempos de la posguerra no pudo, pero ese violín, herencia a su vez de su abuelo, había pasado de generación en generación y, aunque estaba muy viejo, él lo guardaba como un tesoro.

Abrió el tocadiscos y puso una de sus favoritas, una pieza de Turandot, Nessun Dorma. Mientras comenzaba a sonar a un volumen fuerte los primeros compases, él sacó el violín de su ajada funda. Ya no le dolían los dedos. Escuchó.

Nessun dorma, nessun dorma
Tu pure, o, Principessa
Nella tua fredda stanza
Guardi le stelle che tremano
D’amore e di speranza

Puso su violín en la posición adecuada y comenzó a tocar mientras Pavarotti seguía cantando, acompañándole como casi todas las noches.

Ma il mio mistero e chiuso in me
Il nome mio nessun saprà
No, no, sulla tua bocca lo dirò
Quando la luce splenderà

Ed il mio bacio scioglierà il silenzio
Che ti fa mia
(Il nome suo nessun saprà)
(E noi dovrem, ahimé, morir, morir)

Sabía que los vecinos solían asomarse a escucharle, muchas veces había escuchado sus aplausos, pero él no lo hacía por eso. El amor que tenía por la música era tan fuerte que sentía como volvía a ser joven; recordaba como su Ángeles se sentaba en el sillón orejero y lo escuchaba asombrada, encantada. Su hijo creció escuchando ópera y, aunque nunca quiso aprender, tenía la suerte de que una de sus nietas estaba en el conservatorio. Ella heredaría el violín.

Continuó tocando mientras alguna lágrima furtiva se escapaba, pero no de tristeza, sino de dicha por poder alegrar al mundo con su música.

Dilegua, o notte
Tramontate, stelle
Tramontate, stelle
All’alba vincerò
Vincerò
Vincerò

Acabó de tocar y dejó el violín en su funda. Se escucharon algunos aplausos de los vecinos. Miró el sillón y le pareció ver a su esposa, que le sonreía amorosa. Se preparó una sencilla cena y habló por teléfono con su hijo. Le dijo que mañana mismo podrían verse, que ya le habían dado de alta. Un sentimiento de alegría le invadió el cuerpo, más que cuando tocaba, porque los echaba de menos mucho.

Su ánimo mejoró y supo que, al igual que decía Pavarotti, vencerían esta maldita pandemia que separaba familias y arruinaba hogares. Vencerían, porque los humanos somos así, somos supervivientes. Él había sobrevivido a guerras, y muchos otros a enfermedades graves, a ruinas económicas. Así era la naturaleza humana, fuerte y capaz.

Todos juntos, venceremos.

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Este relato lo escribí a petición de una amiga, Carmen Santaliestra, y para conmemorar el día de la música. Ella lo leyó en su facebook, vídeo que os pongo aquí.

Mi relato sale leído a partir del minuto 5 más o menos