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Su madre se lo decía cada día, “Carol, ten cuidado con los que se esconden tras las sombras”,  y ella solía hacerle caso, aunque  pensaba que exageraba un poco.

Viviendo en ese barrio de las afueras, cada paso fuera de su lugar era importante. Ella vivía sola con su madre, en un viejo bloque de apartamentos de seis plantas, mientras que su abuela vivía en una de esas preciosas y viejas casas independientes que los constructores estaban deseando derribar, como lobos al acecho de sus presas.

Carol solía llevarle a su abuela la compra, ya que desde que cumplió los ochenta, las piernas ya no le respondían. Le costaba mucho salir siquiera a pasear, pero no dejaba ni un solo día de pasear por su pequeño jardín, que era como una piedra preciosa, verde y brillante, entre el gris de los edificios que la colindaban. Se negaba con bastante terquedad a vender esa propiedad que había pasado por varias generaciones y donde había nacido ella misma. Así que cada dos días, Carol llevaba en una antigua cesta de mimbre la compra que su madre le hacía, que básicamente era leche, miel de milflores y algún dulce. Una vez a la semana, le llevaban pescado y carne, porque las verduras las recogía de su propia huerta.

Hoy se le había hecho algo más tarde a Carol porque en el Instituto le habían mandado muchos deberes, así que cuando se puso su gorro rojo y la chaqueta del mismo color a juego que le había tejido su abuela, estaba anocheciendo. Ella no tenía miedo. Conocía a toda la gente que vivía en las tres calles que había de distancia entre la casa de su abuela y la suya propia, pero últimamente… había algo diferente. Los habitantes del barrio estaban algo alterados. Esperaba que no fueran de nuevo otra banda de esas que se dedicaban a vender drogas a los jóvenes.

Enfiló la segunda calle, pasando cerca del callejón donde se ponía Juanchu a pedir. Hoy no estaba. Se asomó, porque siempre le daba un bocadillo, o unas galletas. Allí no había nadie. Siguió caminando por el callejón, que cada vez estaba más oscuro y sucio. Un escalofrío le sugirió que tal vez no era muy buena idea entrar allí y recordó las palabras de su madre.

Escuchó un ruido a su espalda y se volvió ligeramente asustada. Una sombra alta ocupaba casi todo el espacio. Ella irguió los hombros y comenzó a caminar hacia la salida. Lo esquivaría. O eso esperaba.

-¿Dónde vas, chica roja? -dijo una voz profunda.

Ella se puso a su altura. Era un hombre joven, con cazadora negra y pintas de delincuente.

-Me voy de aquí ahora mismo. Me esperan -Su madre le había dicho que, ante cualquier amenaza, dijera eso.

-Creo que no te espera nadie. Vas a ver a tu abuela. Te acompaño

-No es necesario. Ella me está esperando -insistió esquivando al hombre.

Carol salió del callejón caminando deprisa sin que el hombre se lo impidiera, pero comenzó a seguirla. Ella se volvió, incómoda. No sabía si continuar o no hacia la casa de su abuela. Pero si él lo sabía, es que también conocía donde vivía. Mirando hacia atrás, casi se chocó con el señor Márquez, el carnicero del mercado.

-Hola, Carol, ¿algún problema? -dijo él mirando su cara asustada. El hombre medía casi dos metros y era muy fuerte.

-No, iba a casa de mi abuela -dijo ella mirando de soslayo atrás, donde el hombre de la cazadora de piel se había quedado parado.

-Justo iba hacia allá -dijo el carnicero. Carol sabía que su casa estaba justo en la otra dirección, pero agradeció el detalle.

-¡Qué bien! Pues vamos -dijo ella más tranquila.

Los dos comenzaron a caminar y cuando ya llevaban un rato, Carol miró por encima de su hombro. El tipo de la cazadora había desaparecido. Suspiró agradecida. Desde luego, otro día ni saldría tan tarde ni se metería en callejones oscuros. Ella no era cobarde y se había enfrentado a sus miedos, pero tampoco había que ser imprudente y meterse en lugares no adecuados.

Su abuela la recibió con los brazos abiertos y la invitó a quedarse a dormir allí, cosa que hacía a menudo cuando se le hacía tarde. Se despidieron del señor Márquez no sin que antes la abuela le diera una buena porción de bizcocho casero.

Carol dejó la cesta de mimbre encima de la mesa y miró a su abuela. Allí estaba, la mujer  tan buena, agradable y cariñosa como siempre.