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Ámbar miró en el espejo su cara con el maquillaje corrido que le daba el aspecto de un payaso triste. Un rastro de alcohol, lágrimas y dos bofetadas lo habían provocado.

La bañera se iba llenando rápidamente. Era la única forma de borrar las huellas de una noche de sexo y violencia. Otra. Y siempre con el mismo tipo.

El agua la esperaba como un océano de redención, donde le gustaría entrar para no salir más.

–¡No!–se dijo a si misma– ¡Jamás me rendiré!

En ese momento deseaba morir…

En ese momento desearla matarle…

Se pasó una toallita húmeda por la cara y se metió en la bañera. Con 43 años no podía elegir. Era puta y no de las caras. Un buen cuerpo, pero ya se empezaban a notar las arrugas….

Sentía ganas de llorar al recordar la escena.

–Ámbar, desnúdate  y arrodíllate –le ordenó la joven promesa política

Y ella tuvo que aguantar todo lo que él le hizo. Era enfermizo… Decía que le recordaba a su madre, y por eso le castigaba pegándola.. y de otras formas. Pero para ella suponía un ingreso correspondiente a medio mes, por lo que aguantaba.

El agua hirviendo calmaba las heridas de su alma.

Después del baño se sintió mejor y como no eran las once todavía, se decidió a bajar al bar de Tomás. Tomás era su amigo y confidente. Le había ayudado en varias ocasiones, y ella, para agradecérselo, se había acostado con él. Lo malo era que él creía que salían, y ella, por propia conveniencia, no lo había negado.

Era agradable ser cuidada, y él la aceptaba tal como era, aún a regañadientes, pero lo hacía, con todas sus consecuencias.

Tomás se asustó al ver su cara. Los moratones comenzaban a florecer en su rostro.

–¿Qué te ha hecho ese cabrón?–le preguntó mientas acercaba la mano a su rostro, sin llegar a tocarla

–Nada, estoy bien. Solo se entusiasmó algo más de lo normal –contestó con media sonrisa Ámbar, para no enfadarle más.

–Algún día pagará por esto –prometió Tomás.

Una lágrima asomó en el rostro de Ámbar. Siempre le enternecían estos arrebatos de caballerosidad, aunque no llegasen a nada.

–Venga Tomás, ponme un gintonic y un bocadillo de tortilla de patata, que tengo hambre.

Tomás se apresuró a servirle. No había mucha gente en el bar y probablemente podría haber cerrado. Pero siempre esperaba a ver si Ámbar aparecía.

El gintonic le dio ánimos  de repente, se le ocurrío algo…algo para deshacerse de ese hijo de puta y al mismo tiempo retirarse.

Una sonrisa apareció timidamente en la boca, aunque no en los ojos.. Tomás se la quedó mirando, extrañado.

–Sabes, Tomás, tengo una idea…

Y comenzó a contárselo, mientras él asentía, totalmente convencido y preparado para la acción

(continuará)