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Justo cuando estaba en la peluquería, llamó mi jefa. Había ido a ese local porque me decían que era estupenda y me apetecía hacerme un moldeado. no me fiaba de cualquiera. Esperé y esperé, pero al final no me pudieron dar hora. Además, iba cargada con una bolsa de ropa para donar que me había dado una amiga que había aprovechado para visitar en la zona y que tenía hora en la dichosa peluquería.

Con mi mochila, la bolsa y con el teléfono en la mano salí a la calle. Mi jefa no se qué quería pero estaba muy nerviosa. La calmé como pude y finalmente volví a entrar. Mi amiga me dijo que si no se hubiera tenido que hacer mechas, me dejaría el turno. Después de ir hasta allá, cruzándome la ciudad, era una faena tener que volver.

Pero en fin, pensé, me lo haré en la pelu de mi barrio que tampoco está mal.

Caminé hasta la plaza para coger el tranvía de vuelta a casa. Allí paraban también muchos autobuses, y por eso, la parada estaba abarrotada. Cada vez venía más y más gente y yo comenzaba a sentirme incómoda

De pronto sentí que alguien me tocaba la mochila y me volví. Había una chica tras de mi con cara de sospechosa.

-¿Qué haces? -le dije.

-Mira, es que tengo una niña pequeña y buscaba algo, perdona

-Bueno, si quieres tengo esta bolsa con ropa, no está mal, era para donar, yo que sé si te puede servir para algo.

Ella echó un vistazo a la ropa,  me dio las gracias y se fue.

-Bueno,  un bulto menos.

Volví mi mirada hacia la parada. La gente siguió agolpándose en la zona para subir a los transportes públicos.

-¿Qué ocurre? – pregunté a un hombre que parecía estar dirigiendo la circulación.

-Mira chica, esto es una huelga, vamos a subirnos al tranvía todos y a pararlo. para protestar por todo lo de la pandemia.

Me quedé pálida. Estaba agotada y solo quería volver a casa. Los autobuses comenzaban a llegar, pero ninguno de  ellos se acercaban ni de lejos a mi barrio, solo el tranvía. Esperé a ver si se dispersaban, pero nada. Mi amiga salió de la peluquería y vino hacia mí.

-¿Aún por aquí?

-Sí, llevo más de una hora esperando y todavía no ha llegado el tranvía y además, me ha pasado otra cosa -le dije contándole todo.

-Bah, seguro que no es nada, que en cuanto venga el tranvía también vendrá la policía. Seguro que están avisados.

La chica que me había intentado robar se acercó acompañada por un hombre.

-Mira, esa es, la bajita del abrigo oscuro.

Yo los miré.

-Me ha dicho mi novia que la invitas a tu casa.

-Ni de coña -le dije. Me acerqué a mi amiga alejándome de ellos y le dije que si compartía un taxi conmigo, pero me dijo que no. Así que tomé la determinación de irme.

La gente se agrupaba delante de las paradas. Seguían llegando a la zona. Esto iba a acabar mal. Callejeé un poco por ahí. No conocía la zona y acabé perdiéndome. Salía de un callejón y vi pasar un taxi. Intenté correr para llamarlo, pero resbalé en el suelo y me caí. Uno de mis zapatos salió volando y mi mochila también.

Me levanté con dificultad porque el trompazo había sido bastante grande. Cogí mi zapato y busqué la mochila. ¡No estaba! ¿Qué iba a hacer ahora? Sin dinero, sin móvil, y ni siquiera sabía en qué calle estaba.

Alguien se acercó por detrás. Un hombre me traía mi mochila.

-Es tuya, ¿verdad? -asentí- ¿Estás bien?

-Sí, -le dije- gracias.

El hombre se fue y yo miré dentro de la mochila. Estaba todo allí, menos mal.

-Está bien -me dije-. Bajaré a la avenida. Aquí casi no pasan coches.

Me dirigí por unas escaleras de piedra daban a un callejón que yo supuse que salía a la avenida, pero no. Me estaba adentrando, cada vez se veía más oscuro y llegué a un final sin salida. Escuché un ruido detrás y, muerta de miedo, me metí por la única puerta que se pudo abrir. Esa puerta daba a las cocinas de un restaurante. Allí no había nadie. Me adentré y entonces pisé algo que me hizo resbalar y volví a caerme de culo. Segundo culetazo de la noche. Mi trasero ya no era mío, era una zona de guerra. Aunque no sabía si me dolía más mi orgullo. Lo que seguro que me encontraría un buen moretón al día siguiente.

Busqué la salida de la cocina y me metí en la sala. Saludé al camarero que me miró con suficiencia. Era un tipo de cerca de los setenta que pasaba de todo.

Salí por fin a la avenida, donde pasaban más coches. Miré el móvil y vi que apenas tenía batería. Decidí llamar un taxi, pero antes envíe un mensaje a mi amiga, que ya estaba dentro del tranvía, rodeada de gente, como una lata de sardinas. El tranvía se había parado y no dejaban salir a nadie hasta que no llegase la policía.

Suspiré aliviada porque no me había pasado eso. No le dije que me tenía que haber hecho caso, pero lo pensé, aunque no es que a mí me hubiera ido mejor.

Marqué el teléfono de radio taxi y me pidieron la dirección. No sabía ni donde estaba y tampoco veía mucha gente por la calle. Después de un buen rato y sufriendo porque se podía acabar la batería, pasó una chica joven y me dio la dirección. El taxi no tardó en llegar.

Ya, por fin sentada, con mi culo dolorido y mi orgullo dañado, envié un mensaje a mi amiga. Ella estaba muy preocupada.

Me contestó: No puedo salir, llama a mi marido que me venga a buscar. Casi no tengo batería… Te doy el teléfono

Pero justo entonces, mi móvil decidió apagarse.

-¡Mierda! -grité. El taxista me miró a través del espejo, pero no dijo nada.

Al poco rato, llegamos a mi calle, y le di las gracias al taxista mientras pagaba.

-Me ha salvado la tarde, señor.

-Me alegro, pero es mi trabajo.

Subí a casa y conecté el móvil. Mi marido me miró y le paré con la mano.

-No digas nada.

Llamé al marido de mi amiga y fue a sacarla de comisaría que es donde los iban a llevar.

-¿Qué tal la tarde? -me dijo mi marido.

Lo miré, incapaz de explicarle nada.