fbpx

El calor del sol que entraba por la ventana de la habitación del hospital, me volvía somnolienta y relajada.

Apenas estaba escuchando el sonido del respirador artificial, pues eran ya dos días sin casi dormir, y mi cuerpo comenzaba a protestar poniéndose en huelga de bajo rendimiento.

Me levanté solo por el hecho de no quedarme dormida, y porque sabía, que si daba una cabezada, Ángela me miraría con reproche.

Qué culpa tenía yo que ella fuese como un vampiro que no necesitaba dormir… y de hecho, al profesor, poco le influía que estuviera despierta o no. Estaba en coma y seguramente no despertaría.

Tan apenas le conocía. Acababa de llegar a la ciudad hace dos meses para trabajar con el profesor. Su asistente Ángela, la perfecta, me había recibido con suficiencia, por lo que tuve que ir demostrando con mis investigaciones, que era una de las que más sabía sobre mi campo. El primero en el mundo, por supuesto, era la persona que yacía en la cama del hospital.

Siempre le había admirado mucho, pero debido a su carácter hosco, era una admiración fría, sin cariño. Por lo que no veía necesario estar allí, tras su accidente, vigilando su imposible despertar.

Llevábamos allí, encerradas en el hospital sin salir, deseando irme a casa, ducharme, comer normal… y cambiarme de ropa. Pero cada vez que comentaba sobre el tema, Ángela me miraba como si fuese el mismo demonio.

Dentro de dos horas, haría dos días que estuve durmiendo en mi nuevo apartamento de alquiler. Después de romper el compromiso con Jaime, había vuelto a vivir con mi madre… hasta que surgió la oportunidad de trabajar con el mejor investigador sobre genética a nivel mundial. Y solo a 300 kilómetros de casa…

El doctor Pablo Echegoyen era toda una eminencia. Estuvo trabajando en Londres, y de hecho fue allí cuando le conocí, cuando impartió unas clases magistrales en la Universidad donde cursaba mi Master sobre genética y enfermedades autoinmunes.

Además fue profesor del MIT, hasta que, debilitado por la diabetes de tipo 2 que padecía, tuvo que volver a casa, a su hogar, para dedicarse a la investigación, de forma privada.

Aunque tenía solo 61 años, parecía mucho mayor. Los años de trabajo en laboratorios, en clases y con el ordenador, habían encorvado su espalda, unidos a su melena blanca despeinada, hacían que pareciera un alquimista de la edad media, y que, con sus pantalones anchos y camisas enormes, completaban la imagen de un científico estándar.

De carácter tranquilo, solo se excitaba y daba pequeño saltos cuando se producía un avance inesperado, un descubrimiento importante, e incluso un pastel de Ángela.

Y en los últimos meses, había “saltado” a menudo. Estaba detrás de algo importante y por eso es que me había contratado.

Aunque no sabía el fin del proyecto, desde luego tenía que ver con la metabolización del azúcar en el organismo, para entender la diabetes. Y yo era experta en hormonas, además que mi tesis fue sobre la diabetes 1 (mi padre falleció por un agravamiento de la misma enfermedad, cuando tenía 17 años…)

Desde entonces, decidí que estudiaría medicina e investigaría por qué, una enfermedad tan importante en el mundo, no se había erradicado todavía.

Estuve varios años investigando tras acabar mi carrera, pues realmente no quería ejercer como médico, sino encerrarme en un laboratorio y buscar respuestas. El año que pasé en mi último destino fue bastante desastroso, o bueno, más bien al final. Me enamoré del profesor adjunto del departamento, y él de mi… supuestamente. Después de un año de relación, de compartir momentos inolvidables fuera y dentro del laboratorio… él decidió que no quería una persona que trabajase  con él, quería una persona ajena a su trabajo.

Lo cierto es que una niña mona, más joven, más rubia y más delgada que yo se había cruzado en el camino. Y yo ya no era novedad.

Así que nuestra relación fue de mal en peor, con lo cual, el decano decidió no renovar mi beca y me quedé en la calle, sin pareja y como ya me había ido a vivir con él y dejado mi apartamento, acabé volviendo con mi madre, a la habitación donde de pequeña soñaba con Brad Pitt o con Ricky Martin.

Afortunadamente, esa situación solo duró un mes, hasta que Ángela me llamó y me propuso, en nombre de su jefe, un trabajo.

Ángela… menuda mala pieza… de unos 45 años, confesados, era la auténtica asistente de catálogo. Era prima segunda o desde luego, un pariente lejano del profesor. Y por cierto, estaba convencida que estaba enamorada de él. Al principio, cuando yo llegué, se portó de una forma muy territorial conmigo, pero cuando vio que era más joven y que no estaba interesada sentimentalmente en el profesor, se quedó mucho más tranquila.

Así, comenzamos a trabajar y el avance fue progresando de forma aritmética. No había semana en la que el profesor no saltase de alegría por una u otra razón.

Hasta que, sobrevino el accidente.