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El inspector me tomó del codo pues yo estaba mareada y confundida.

Mientras Ángela se quedaba hablando con el notario y su hijo refunfuñaba en un rincón, el inspector Márquez me dirigió hacia la salida. Bajamos las escaleras del piso donde se encontraba la notaría y fuimos a un café.

Él pidió un café solo y yo una tila. Estaba nerviosa, extrañada, excitada… ante estas noticias.

–Le importaría que fuera con usted al banco, a ver la caja de seguridad –comenzó el inspector suavemente–no está obligada, pero apreciaría su colaboración

–Realmente no se qué habrá, pues desconocía la existencia de la caja de seguridad –atiné a contestar

–¿De verdad no sabía nada del testamento del profesor? –dijo el inspector

–No, de verdad. No lo sabía. Yo no podía ni imaginarlo. Ya había echado solicitudes a varios laboratorios…

–Y, ¿va a seguir con la investigación?

–Por supuesto, es un proyecto realmente muy interesante. Quién sabe si con ayuda de las notas podré continuarlo –comenté esperanzada.

–Le devolveremos el ordenador y los cuadernos del profesor en breve. Realmente no hemos encontrado nada que pueda incriminar a nadie. La investigación está parada. No había arsénico en ningún alimento. Ni en bebidas, nada –dijo el inspector más para si que para mi.

–¿Miraron los componentes químicos que guardábamos en el almacén? –se me ocurrió decir –creo que había diferentes compuestos basados en arsénico y también en otros componentes, aunque yo no los usaba normalmente. Lo mío era más bien el microscopio y el ordenador.

–Gracias, creo que los que estaban en polvo no se si los revisamos. Lo investigaré. ¿Le parece si vamos hoy mismo al banco? –dijo el policía.

–Si, no hay problema, podemos ir ahora mismo.

Así que nos dirigimos hacia el banco, que estaba en la esquina de la misma calle. El director estaba enterado del tema. Y nos acompañó a las zona de las cajas de seguridad. Abrí con su llave y la mía, y con la palabra clave que el notario me había entregado en un sobre.

Dentro, había varios cuadernos, unos sobres y un pen drive.

Además, había un álbum de fotos con sólo cuatro fotos en ella y un estuche con un reloj.

Cogimos todo en una bolsa y nos fuimos a mi apartamento a revisarlo.

No quería ir a la comisaría y el laboratorio también me parecía muy frío. Mañana iba a recoger todo lo necesario para la investigación y probablemente me lo llevase a casa. Nada me retenía ya en esta pequeña ciudad.

Entramos en el apartamento alquilado y pusimos todo encima de la mesa. Los cuadernos parecían una copia de los que solía llevar. Estaban anotados todos sus puntos, los avances. Y algo que realmente me gustó, mis propios avances estaban señalados como míos. No se atribuía nada que no le perteneciera.

Yo estaba distraída mirando los cuadernos, mientras el inspector revisaba las otras pertenencias. El reloj parecía antiguo y estaba grabado. Con todo mi amor. E. y con fecha de hace unos 30 años.

Las fotografías eran de un adolescente profesor con los que debían ser sus padres. Luego un joven con una adolescente seria. Y luego un bebé de unos meses.

También había una cuarta foto de una casa en el campo.

En los sobres, algo de dinero en diferentes monedas, unos 10 mil euros, y el pasaporte.

El pen drive estaba encriptado. Tenía una contraseña y de momento, no sabíamos cuál era.

La tarde se nos echó encima, y decidí preparar un refrigerio. El inspector aceptó gustosamente pues no había comido nada en todo el día. Preparé una ensalada rápida, unos huevos revueltos con setas y poco más, pues no tenía mucho en la nevera y tampoco me había gustado nunca cocinar.

Ya comenzábamos a tutearnos, el inspector creo que ya no sospechaba de mi, y a mi me empezaba a gustar, a parecerme atractivo.

–Julio –comencé— ¿quieres un poco de vino?

–Si, un poco, gracias, ya he salido de servicio –sonrió

Serví dos copas mientras terminaba de preparar la mesa. Notaba como Julio seguía mis movimientos y me hacía sentirme torpe y nerviosa. Se que era una mujer más o menos atractiva, algo delgada, atlética más bien, y ahora llevaba el pelo corto algo revuelto. Era alta, aunque no le llegaba a la oreja a Julio.

Saqué la ensalada y nos sentamos a hablar. Estuvimos hablando de nuestras vidas, de amigos, de trabajo, sin nombrar nada sobre el caso. El vino nos hacía sentirnos más y más relajados. Incluso comenzábamos a reírnos tontamente. Estábamos coqueteando y me hacía sentirme atractiva.

Julio sonrió mientras me servía más vino. La cena estaba buena, aunque no muy elaborada. Y después hice un café y pasamos a sentarnos en el sofá. A esas alturas, yo estaba muy relajada e incluso habladora.