fbpx

El notario, un tipo bajito y con bigote, se ajustó las gafas y procedió a leer las últimas voluntades del profesor Echegoyen.

–Testamento del 22 de abril de este año –comenzó el notario – este el último testamento creado por el profesor hace un mes. Los bienes del profesor son- y comenzó a enumerarlos

Al parecer el profesor tenía un par de casas, una en Londres alquilada y otra en Madrid. Y una cuenta bastante abultada, de cerca de un millón de euros. Todos parecíamos muy sorprendidos, el que menos, el inspector, pues ya había investigado sus cuentas.

No era muy lógico que un profesor tuviera tanto dinero. De hecho, todavía quedaba una caja de seguridad que, dependiendo del futuro dueño, podría ser abierta en breve.

A Ángela le dejaba las dos casas y 200.000 euros y varios efectos personales. A su hijo no le dejaba nada. Pero como sabía que le podía sonsacar a su madre cualquier cosa, también estaba más o menos satisfecho.

El resto del dinero iba a una beca destinada a continuar su investigación, dirigida por mi, y me dejaba en posesión de todas su notas, cuya copia estaba en la caja de seguridad, de quien me hacía dueña en ese mismo momento.

La verdad estaba muy sorprendida. No me esperaba nada, menos dinero. Es cierto que en esos meses había respetado mi trabajo, y dentro de nuestras diferencias, nos comprendíamos. Ambos éramos distantes y nos concentrábamos en el trabajo, sin distracciones de ningún tipo. Pero de ahí a dejarme al cargo de su investigación, y además becarme con unos 800.000 euros distribuidos en varios años, mientras continuase su investigación, era una auténtica sorpresa.

El hijo de Ángela, Fran, me miraba con ojos calculadores. El inspector, sorprendido y sospechoso, y Ángela solo miraba hacia el suelo. Desde la lectura del testamento, había bajado la cabeza y no había vuelto a subirla.

En realidad hasta el notario me miraba, no sorprendido por el resultado, pues él mismo redactó el testamento, sino más bien sorprendido porque yo no sabía nada.

Ángela seguía sin decir nada. Su hijo empezaba a estar incómodo. De lentas entendederas, se acababa de dar cuenta de que el grueso del dinero efectivo iba para mi. Para mis investigaciones, si, siempre que las siguiera.

Y eso no le convencía nada.

El notario me dio la llave de la caja fuerte y el permiso firmado de autorización del banco para mi uso personal.

Además, la disponibilidad del fondo creado que destinaba hasta 80.000 euros anuales a la investigación, por lo que, supuestamente, duraría diez años. En caso de no seguir con la investigación, dichos fondos pasarían directamente a Ángela.

Me levanté ligeramente mareada. Había estado echando currículos en varios laboratorios de investigación, y todavía nadie me había contestado. El caso es que veía mi futuro algo negro. Pensaba volver a mi casa y empezar de nuevo. Y ahora podía volver, si, pero con un futuro interesante y seguro.