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Después de la terrible noticia, nos dirigimos hacia la habitación donde Ángela estaba llorando desconsoladamente.

El profesor estaba con el pecho descubierto pues le habían intentado reanimar, y contrariamente a lo que parecía cuando estaba vestido, era más bien atlético, con mucho vello en el torso y poca grasa en el cuerpo. Tenía un tatuaje en el pecho, que tan apenas se veía, pero parecía una serpiente con algo en la boca, enroscada sobre alguna vara.

El profesor tenía el rostro en paz. Parecía dormido simplemente. Por fín había descansado.

Porque si, estaba más nervioso de lo  habitual en estos últimos días. Y aunque lo achacaba al éxito de las pasadas dos pruebas, me daba la sensación de que había algo más.

Él no se metía en mi vida y yo tampoco en la suya. Él hacía su trabajo y yo el mío. Y me pagaba un sueldo cuatro veces mayor que en la Universidad. Así que para mi todo era perfecto.

Además el enfoque de la investigación sobre la permutación el aminoácido final de la cadena de uno de los genes causantes de la diabetes, me parecía una teoría loca, arriesgada, pero interesante y quizá con alguna probabilidad de éxito.

Y eso que él no me había contado nada acerca de ello. Casualmente lo descubrí hace una semana, cuando se me cayeron todos sus papeles y los recogí apresuradamente antes de que volviera. Entonces leí las geniales e imposibles teorías, que quizá, si se desarrollasen no serían tan imposibles en un futuro.

Menos mal que no me vieron ni el profesor, ni Ángela.

… Ángela, la perfecta, imprescindible y metódica ayudante. Secretaria, ama de llaves, y no se si, en algún momento, amante.

Ella no tenía marido. Decía que era viuda. Lo que si tenía era un hijo que trabajaba como friegaplatos en un restaurante de la ciudad. Era un hombrón simple de unos 25 años, que no había querido estudiar, y que, gracias a su madre, consiguió un trabajo en el restaurante.

Sonsacaba dinero a su madre siempre que podía. Todo el tiempo se quejaba de su mala suerte. Incluso había intentado ligar conmigo, y eso que soy cinco años mayor que él.  El hombre tenía problemas de dinero, de faldas, y quién sabe con qué más. Y ahora que su madre se quedaría sin trabajo tras la muerte del profesor, afectaría gravemente a su economía.

La autopsia reveló lo que ya sabíamos. Envenenamiento por arsénico. Nada de lo que comimos lo contenía y mi sangre estaba limpia.

Ya habían pasado varios días desde la muerte del profesor, y la policía me había autorizado a recoger mis efectos personales. Solo tenía un cactus, una agenda y poco más, además de mi portátil y mis notas, que junto a las del profesor y demás aparatos electrónicos, estaban todavía siendo revisados por la policía.

El inspector me había “recomendado” esperar unos días antes de volver a casa. También había interrogado a Ángela, incluso a su hijo. No supe qué le contaron…

Tras dos días, que pasé aburrida dando vueltas por la ciudad, leyendo y esperando para poder volver a casa,   recibí una llamada del notario del profesor, que me contó que debía ir a la lectura del testamento, pues el profesor me había incluido entre sus beneficiados.

Así que me puse mi ropa formal y me acerqué a las 12 a su despacho que es donde me había citado.

Ángela y su hijo ya estaban allí. Desde el día del hospital no nos habíamos vuelto a ver. Estaba muy triste todavía, lo que contrastaba con la alegría contenida del hijo, deseando echarle mano a la posible fortuna del profesor.

Así que nos sentamos los tres, junto al inspector, que también había sido avisado y acudió serio como siempre, sin más que un ligero saludo con la cabeza.