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El accidente fue el viernes, de madrugada. Ángela  había ido con sus amigas al cine, y yo fue a casa a descansar, sobre las 5 de la mañana, pues estábamos sumergidos en el trabajo y se había alargado la jornada.

Llegué a casa sobre las 5 y media y me quedé absolutamente dormida, casi muerta, hasta que escuché la segunda o tercera llamada de Ángela, sobre las diez de la mañana.

Al parecer, cuando Ángela había llegado sobre las 9:30 al laboratorio, había encontrado al profesor tirado en el suelo, inconsciente. Se había golpeado la cabeza, probablemente al caer y según dijo Ángela, debía haber arrastrado el microscopio en la caída, pues también estaba en el suelo.

Yo todavía no había pasado por el laboratorio, pues desde la llamada, y haber acudido al hospital, ella no me había dejado moverme de su lado.

Un médico entró en la habitación

— ¿Parientes cercanos? – dijo mirándonos

–Yo soy su prima –dijo Ángela enterándome por fin – no tiene más parientes

–Bien – dijo el doctor mirándome con curiosidad – el profesor está estable, dentro de la gravedad, pero siento comunicarles que, tras un análisis rutinario para averiguar las causas del desmayo, hemos  encontrado una cantidad de arsénico importante, por lo que creo que ha sido envenenado… y he avisado a la policía

Ángela y yo nos quedamos pasmadas mirando al médico y así fue como nos encontró el joven policía que entró en la habitación.

–Buenos días, soy el inspector Márquez, de la brigada –se presentó correctamente—me gustaría hablar con ustedes. Por separado, por favor.

–Claro, sin problema –aseguró Ángela –verdad, Berta –me dijo entornando sus ojos

–Por supuesto, sin problemas –repetí yo contestando y evitando un bostezo.

El caso es que estaba agotada y esto, al contrario de lo esperado, no me había despertado, sino que estaba en modo zombie.

El inspector Márquez se veía amable pero tenía una pose de tío duro que me resultaba atractivo. Al menos esto, que iba pensando mientras le seguía a la sala de enfermeras, estaba comenzando a despertarme.

Nos sentamos y comenzaron las preguntas.

–¿Le importa que lo grabe?—me preguntó una vez que ya tenía la grabadora encendida

–No, para nada. No tengo nada que ocultar –dije con mi vena dramática

–Usted, ¿es?

–Me llamo Berta Jiménez y soy médico especializada en genética, especializada en hormonas y en el estudio de la diabetes… –dije parando tras ver que eso no era lo que me preguntaba. –trabajo con el doctor desde hace dos meses y medio. Me llamaron cuando dejé la Universidad y me incorporé al equipo para ayudar al doctor con sus investigaciones.

–¿Por qué dejó la Universidad? –preguntó el inspector

–Bueno, motivos personales –dije evasiva. No me apetecía contarle mi fracaso sentimental a este atractivo policía, que por cierto, no llevaba anillo de casado.

–Creo que sería conveniente que me explicase esos “motivos personales” –insistió el policía

–Está bien –suspiré irritada –salía con un profesor adjunto del departamento de Bioquímica. Cortamos y acabamos muy mal. Y como yo estaba de becaria y se me acababa la beca, no me renovaron. Creo que prefirieron un profesor adjunto a una becaria… –terminé de forma sarcástica.

–Ya veo –dijo muy serio –¿En qué proceso estaban ahora? ¿Pasó algo extraño en las últimas semanas?

–Déjeme pensar –dije y mi cerebro se puso en modo ordenador para recordar pequeños detalles con mi memoria fotográfica – creo que estamos cerca de algo, pues aunque el doctor no me explica mucho del conjunto de la investigación, las últimas semanas, estaba algo sobreexcitado. Yo solo le ayudo en una parte de la investigación . Ayer por ejemplo, me dijo que sus “inversores” serían pronto muy felices o se pondrían muy furiosos. Eso me extrañó pero se que aunque le pregunte algo, si no lo desea, es muy hermético y no me suele contar nada más allá de mis tareas.

–¿Sabe quienes eran esos inversores?

–No, ni idea. Yo nunca hablé con ellos. Pero una vez le escuché hablar en inglés, con alguien a quien llamaba Kim o algo así. De todas formas a mi tampoco me interesaba. El doctor me paga muy bien,  y para mi es suficiente.

–Al parecer el doctor fue envenenado sobre las 11 de la noche. ¿Dónde estaban entonces?

–Yo estaba con él. Estuvimos cenando sobre las 12. Fui a la pizzería a buscar algo de comer… –callándome de repente porque eso me hacía ser la sospechosa número 1.

–¿Encargaron la comida con antelación o fue inesperado?

–Siempre encargamos allí la comida o la cena, pero no todos los días. Solo llamamos y pedimos. La traen o la vamos a buscar. Como era jueves y algo tarde, tienen muchos clientes, así que tuve que ir a buscarla.

–¿Se quedó solo el profesor?—siguió preguntando el inspector

–Sí. Ángela había quedado a las 8 con sus amigas para ir al cine, así que se fue pronto.

 

De repente me quedé callada. Todo apuntaba a que yo, por el motivo que fuera, podía haber envenenado al profesor. Incluso el inspector me miraba de reojo.

–¿Qué cenaron? –siguió preguntando

–Pedimos una ensalada y pizza para los dos. Después el profesor se pidió un tiramisú, aunque no debía tomar dulces… era diabético, ¿sabe?, y yo me tomé un helado de fresa.

–Es decir, que lo único que no compartieron fue el postre… ¿y qué bebieron?

–El profesor agua de la botella que tenemos en la nevera, y yo un refresco en lata.

–Enviamos muestras de los restos de comida al laboratorio. Y también me gustaría tomarle una muestra de sangre por ver si ha llegado a ingerir parte de arsénico. Aunque desde luego –corrigió al ver mi cara asustada—si hubiera ingerido no se encontraría bien, por lo que casi es descartable.

–Claro, claro, no hay problema –aseguré

En ese momento, vino el policía que se había quedado en la habitación del profesor a darnos la noticia. Se había producido su fallecimiento.

Una lágrima se deslizó silenciosamente por mi cara. Aunque no éramos amigos, mi admiración por él, y ahora, mi situación de desamparo, hicieron que me sintiera triste y abandonada.

Ese era el año que todos me habían dejado…