Capítulos 1 y 2 de Dulce Navidad

Antes de nada, quiero introducir este proyecto. Se trata de un experimento, un juego que estoy realizando con la autora Iris Boo.

Ella ha escrito los dos primeros capítulos de esta historia que os voy a mostrar enseguida y, después, a partir del sábado que viene, los personajes en común llevarán caminos diferentes.

Me parece muy interesante la idea y espero que os apetezca saber la historia de Dany y Alex.

Aquí van los dos primeros capítulos. Recuerda suscribirte al blog para recibir las actualizaciones.

Capítulo 1

Tengo que hablar seriamente con mi hermano Lucas, creo que mi padre debería jubilarse, y si no es así, al menos quitarle la dirección de la empresa. ¿A quién se le ocurre enviarle el paquete de Navidad personalmente a cada empleado? Y cuando digo personalmente me refiero a mí. Según él, si quería dirigir la empresa algún día, antes tengo que conocerlos a todos.

Dios sabe que he intentado complacerle, incluso le propuse hacer una fiesta de Navidad para toda la plantilla, pero él ha encontrado fallos a cada una de mis sugerencias. Que si no todos los empleados van a las fiestas de empresa, que no es lo mismo una fiesta, que el lugar de trabajo. Y además, no puedo presentarme como su jefe, tengo que conocerlos sin que sepan que voy a ser yo el que firme sus nóminas en un futuro. Ahí tengo que darle su parte de razón, porque no se trata igual al repartidor que a tu jefe.

Y por eso hoy, 24 de diciembre, a las 6:21 de la mañana, estoy entregando los dos últimos paquetes. Me ha costado un triunfo dar con ellos, porque de día es casi imposible de encontrarlos en casa o despiertos. Así que después de darle muchas vueltas al asunto, y de pelear con mi padre, porque él dice que el paquete tiene que estar en su casa antes de Navidad, he decidido venir directamente al único lugar en el que sé que puedo encontrarlos a ambos: la fábrica.

Me he acercado al portero automático de la entrada principal y he llamado, y estoy rezando porque abran pronto, porque está lloviendo a mares; hace tanto frío que ya no siento los dedos de las manos, y los malditos paquetes pesan lo suyo.

—¿Sí? —Bueno, al menos han respondido pronto.

—Transportes Manzanares, traigo un par de paquetes para…

—Por el portón de descarga, en la parte de atrás. —Aprieto los dientes para no soltar una maldición, aunque tampoco hubiera pasado nada, porque ya me han colgado.

Regreso a la furgoneta del primo César, cargo los paquetes y me siento detrás del volante para conducir hasta el muelle de atraque de la parte de atrás de la nave. La furgoneta no es que sea exactamente de mi primo. Él  gestiona ahora la empresa de repartos de su padre, y aunque no conduce ninguno de los vehículos, en teoría todos son de su propiedad, o lo serán cuando el tío Óscar se retire.

Llego hasta el muelle de atraque para encontrar el portón abierto. Estupendo, se suponía que eso era para camiones, no para una mierda de furgoneta como la mía. Tendré que estacionar no demasiado lejos, y levantar las cajas a pulso hasta el muelle, que queda a la altura de mi pecho.

—Espera, espera. —Acabo de abrir las puertas traseras de la Kangoo, cuando una voz femenina me hace girar y mirar hacia arriba. Estupendo, a ver lo que quiere ahora. ¿No se da cuenta de que me estoy empapando? —Si acercas la furgoneta a la rampa junto a los contenedores no tendrás que cargar con las cajas. —Bueno, al menos algo es algo.

—De acuerdo. —Subo rápidamente a la furgoneta, y maniobro para colocarla como la mujer me había dicho. Entre el agua y que está oscuro todavía, de no ser por su linterna no habría sabido por dónde tenía que ir.

Con cuidado subo la furgoneta por la rampa, al final de la cual el portón esperaba levantado para dejarme entrar en el muelle de mercancías. Paro el motor, echo el freno de mano, y salgo de la furgoneta un poco más relajado, al menos allí no me mojo.

—Hace una noche de perros —digo mientras salto sobre mis pies para desentumecerlos. Cuando llegue a casa voy a darme una larga ducha con agua muy, muy caliente.

Un ladrido suena tan cerca a mis espaldas, que me hace dar un salto hacia delante.

—Creo que Charly no está de acuerdo con eso —dice el hombre que se acerca a nosotros con una carretilla.

—A él tampoco le gusta salir cuando llueve —dice la mujer mientras pulsa el mecanismo de cierre del portón. Otro habría pensado ¿por qué lo cierra? Solo es entregar dos cajas y largarme. Pero puedo ver como las ráfagas de viento meten lluvia dentro del muelle, donde espera una hilera de palés preparados para enviar.

—Espero que te paguen bien las horas extra —dice el hombre. —Hoy no apetece hacer entregas a estas horas de la mañana. —No, el horario convencional dicta que las entregas se efectuaban a partir de las 9. Pero claro, no podía decirles que había sido idea mía llevar los paquetes a estas horas.

—Con esta entrega termino, así que tampoco es tan malo. —Al menos eso es lo que les decía a mis empapadas piernas.

—Tienes pintas de estar helado, ¿quieres un poco de café? Está caliente. —Me giro para agradecerle a la mujer su ofrecimiento, pero no tengo ganas de quedarme a charlar, quiero terminar lo antes posible y… Aquella sonrisa no me la esperaba. Sí, sabía que era una mujer por su voz, pero no había visto su rostro hasta ese momento. Con este frío es imprescindible llevar la cara protegida para que el frío no te congele la piel.

Ella es mucho más joven de lo que esperaba, sus ojos son dulces y su sonrisa es de esas que te da la bienvenida de manera auténtica, nada de cortesías o fingimientos.

—Gracias. —Tomo el vaso humeante que me tiende sin apartar la vista de ella.

—¿Para quién son estos paquetes? —pregunta el hombre que está descargando las cajas con diligencia. Vaya, así da gusto trabajar. No tengo que cargar con los paquetes y además me invitan a café calentito.

—Ah, son el paquete de Navidad de la empresa para Dany Aguirre y Marcos López —les aclaro.

—¿En serio? Vaya, ya pensaba que nos íbamos a quedar sin él —dice la chica.

—Mujer de poca fe, ya te dije que el jefe no se iba a olvidar de nosotros. —El hombre, Marcos supongo, se acerca hasta los paquetes para buscar el suyo.

—Que quieres que te diga, tal y como está el asunto, y a la fecha que estamos, pensé que no nos tocaba. —Lo del asunto lo entendía, no es que fuesen los mejores momentos para la empresa, pero tenía grandes planes para mejorar eso. Con el mercado extranjero en el punto de mira, quería expandir nuestras fronteras, llevar nuestros dulces tan lejos como pudiese. Fabricamos todo tipo de dulces, sobre todo caramelos. Habíamos lanzado una gran oferta para Halloween que enviamos a Estados Unidos, y los resultados fueron espectaculares. Solo tengo que conseguir que eso se mantenga en el tiempo, porque la empresa reflotaría con ese nuevo mercado. Mi padre ha confiado en mi sugerencia, por una vez y sin rechistar, y ha salido bien.

—Vaya, te cambio el mazapán y el turrón de chocolate por una botella de champán. —Giro para ver como Marcos sostiene en el aire los dos pequeños envases que ha mencionado.

—¿Otra vez igual? —Ella se acerca para mirar de nuevo dentro de la caja. —Estos de administración me desesperan.

—¿No te gusta el paquete? —pregunto. El turrón de chocolate es lo que la mayoría quieren en su lote, me he informado.

—Marcos tiene dos niñas celíacas, no se trata de que no les guste, se trata de que no pueden comerlo por cuestión de salud —lo comenta al aire mientras abre su paquete.

—Son paquetes estándar, Dany, no tiene porqué saber qué es lo que les gusta o no a cada empleado. —Marcos se encoge de hombros, como si no pudiese luchar contra algo que constantemente se encontraba en su camino.

—No se trata de gustos, Marcos. No hacen más que repetirnos que todos los empleados somos una gran familia, y ni siquiera se preocupan en saber que tus niñas no pueden comer gluten, o que Elisa es alérgica a los frutos secos, o que Dimas no bebe alcohol. —En mi cabeza se repitieron las palabras de mi padre; «para conocer bien la empresa, primero tienes que conocer cómo funciona y a todos sus empleados». Yo no hacía más que pensar que eso era demasiado, que un directivo no tenía que saber todo eso.

Pero esa chica acaba de demostrarme que puede hacerse, que solo hay que prestar atención a aquellos que están alrededor. Y yo que me creía el rey porque sabía que a la secretaria de papá le gustaba el café solo, sin leche. Si quiero ser como él, si quiero tener un control absoluto sobre todo lo que concierne al tejido vivo de esta empresa, tengo que empezar por hacer caso a las palabras de mi padre. Hay que conocer a aquellos con los que trabajas.

Mi abuelo levantó la pequeña empresa del bisabuelo a base de trabajo y esfuerzo. Todavía hoy lo veo alguna vez ponerse la bata y las calzas sanitarias para ponerse a trabajar en la cadena de producción junto con algunos empleados. Él arrima el hombro, no solo dando ejemplo, sino demostrando que, si hay que trabajar duro, él es el primero. Papá siempre dice «no puedes pedir aquello que tú no estés dispuesto a dar».

Aquella chica era el perfecto ejemplo de lo que papá y el abuelo intentaban transmitirme. La auténtica fuerza de nuestro negocio, el auténtico valor, no está en la imagen corporativa o en un logotipo bonito, sino en las personas que hacen que funcione. Si todavía estábamos aquí después de casi cincuenta años, es gracias a la gente que trabaja con nosotros.

—¿Estás bien? —Dany preguntó mientras ladeaba su cabeza hacia mí.

—Eh, sí, ¿por qué?

—No sé, parecías congelado.

—Dale otro poco de café, Dany. El chico todavía no ha entrado en calor. —Pero se equivocaba, Marcos se equivocaba, porque ella me volvió a sonreír, lo que hizo que un calor agradable recorriese mi pecho, calentándome por dentro de una manera reconfortante. Me sentí flotando en una extraña nube. ¿Qué tendría este café?

Capítulo 2

La verdad, llevo aquí más de 15 minutos, tengo sueño, la ropa empapada, pero ninguna gana de irme. No sé, me siento a gusto aquí, con Marcos y Dany.

El timbre de la puerta principal resuena por todo el muelle, haciendo que Dany corra hacia el comunicador que está sobre la mesa de control. Ya saben, ese sitio donde el encargado vigila que toda la mercancía salga en los camiones que tiene que salir, y donde se anota lo que llega y quién lo ha traído.

—Ese es nuestro camión. —Marcos abandona su paquete de Navidad, y se apresura a coger un transpaleta con la que cargar los palés.

La persiana metálica de mi derecha empieza a elevarse, accionada por Dany. Antes de que esté arriba del todo, puedo ver la parte trasera de un camión que está maniobrando para pegarse al muelle de carga.

Bom dia. —La cabeza de un hombre aparece cerca del camión. No sé dónde demonios se apoya, pero de un salto entra en el muelle de carga. Tengo que reconocer que está ágil.

Bom dia Carliños, ¿como vai? —Vaya, es una sorpresa esta mujer, habla portugués.

Tenho frio —dice frotándose las manos.

—Enseguida cargamos y vuelves a la cabina de tu camión, seguro que está más calentita que aquí. —Dany ya está abriendo la puerta trasera del vehículo, mientras Marcos va arrastrando el primer palé.

Obrigado.

Da gusto verlos trabajar, están tan coordinados, que parece que lo han hecho infinidad de veces. Seguramente porque sea así. Carliños ata los palés para que no se muevan dentro de la caja del camión, ayudado por Dany. Otra sorpresa, a esta mujer no se le resiste nada, es una todo terreno. Ellos hablan con soltura mientras realizan todas las tareas, y antes de darme cuenta, el camión está listo para irse, lo que me recuerda que yo hace tiempo que también me tenía que haber ido.

—Y ahí va. Todavía recuerdo cuando cargábamos camiones enteros con carbón. —El tono de Marcos es algo melancólico al decirlo.

—Ya no se lleva lo del carbón dulce, Marcos. Las tradiciones decaen. Ahora se estilan cosas más modernas —le recuerda Dany mientras anota en el parte la salida de la mercancía, la matrícula del camión y la hora. Carliños estampa su firma después y se despide.

Bom Natal. —El camión ruge al alejarse, aunque la lluvia enseguida enmascara el sonido del motor mientras se aleja.

—Yo también tengo que irme. Gracias por el café. —Dejo la taza en la mesa, odiándome por no poder limpiarla. Soy un poco cuadriculado con algunas cosas.

—No me importa que te quedes un ratito más, todavía me quedan dos horas para terminar el turno —dice Marcos mientras controlaba la hora en el enorme reloj de la pared.

—No te quejes, tienes a Charly —le recuerda Dany. Espera, ¿se estaba riendo de él? Pero qué traviesa.

—Ja, ja —dice Marcos sin pizca de gracia en su voz—. Tiene una conversación de lo más interesante.

—Pues Charly y yo nos lo pasamos genial cuando estamos juntos. —Dany acaricia la peluda cabeza del can. No sé si entendería de lo que hablaba ella, pero lanza un fuerte ladrido.

Si no recuerdo mal, el perro nunca sale de la fábrica, es el único que está aquí de forma permanente, incluso cuando no hay vigilante. ¿Qué haría cuando se queda solo? A la zona de fabricación seguro que no entra, porque tiene unas medidas higiénicas muy estrictas; no queremos pelos de perro en ninguno de nuestros productos.

—Eso es porque tú eres un poco rara. —Vaya, Marcos le devuelve la puñalada a Dany, pero lo hace con una enorme sonrisa. Estos dos deben de conocerse hace mucho tiempo, está claro que son amigos.

—Pero aun así me quieres. —Buena respuesta.

Me voy de allí escuchándolos hablar de esa manera. La verdad es que, si yo trabajase en la fábrica, me encantaría estar rodeado de un ambiente como este.

—Espera, te subo el portón. —Dany ya está pulsando el interruptor para que la persiana metálica suba y así yo pueda irme de allí.

De camino a las cocheras de la empresa del tío Óscar, pienso en todo lo sucedido con Marcos y Dany, en las posibilidades que se me ofrecen solo con estar con ellos. Trabajar a su lado puede facilitarme el conocer a todos los empleados de una manera que me llevaría tiempo hacer de otra manera. Soy un hombre que ve las oportunidades y las atrapa para no dejarlas escapar, y esta no será diferente, pero tengo que encontrar la manera de hacerlo sin que se sientan utilizados.

Nada más a travesar la puerta de las cocheras, encuentro a César revisando una hoja de ruta sobre una tablilla. ¿Que cómo sé lo que hace? Pues de la misma manera que sabía lo que apuntaba Dany en la suya; soy un hombre al que le gusta conocer todos los detalles del negocio, y los formularios son parte de eso. Además de que tengo una muy buena memoria.

—No tienes buena cara. —César se ríe de mí. —Eso te pasa porque no estás acostumbrado a madrugar.

—Tú tampoco, lo que me hace preguntarme ¿qué haces aquí tan pronto? —Camino hacia él mientras me quito los guantes. Tengo que firmar el parte de entrega del vehículo, y con guantes es difícil hacer que el bolígrafo dibuje una firma elegante.

—Cena de familia, ¿recuerdas? Si quiero dejarlo todo listo antes de medio día tengo que arañarle algunas horas al reloj. —Frunzo el ceño confundido.

—Es una cena, no una comida. —Esa toca mañana, pensé.

—Con Natalia de siete meses, ¿a quién crees que le va a tocar ir a recoger la tarta? Tengo que ir a la pastelería antes de que cierren, recoger el pedido, llevarlo a casa, preparar las medias noches, rellenar los volovanes, ponerlos en bandejas, ducharme, ponerme guapo, y llegar a casa de la abuela antes de que Lucas se haga con el mando a distancia de la tele.

—Sí que estás ocupado. —Me he cansado solo con escuchar lo que tiene que hacer. ¿La vida de casado es así? Desde que César se casó con Natalia, su vida ya no es igual a la que tenía antes. Antes de ella, su vida era… como la mía. ¡Mierda!, el matrimonio es la esclavitud.

—¿Y por qué no encargas a otro que haga los volovanes esos? Cómpralo todo hecho, seguro que los venden en alguna parte. —César pone los ojos en blanco.

—¿No eres tú el que se pone morado de lechazo todos los años? ¿Qué te parece si le quitamos trabajo a la abuela y lo encargamos? Seguro que en algún asador nos hacen precio.

—No fastidies. —Sé dónde quiere llegar. La abuela asa el lechazo de una manera perfecta, en ningún restaurante he comido un asado mejor que el suyo. Está claro, como lo que se hace en casa no se encuentra en ninguna otra parte.

—Pues eso. ¿A ti no te han encargado nada? —pregunta Cesar mientras apunta la salida de otro camión. Sí que hay movimiento hoy en la empresa de reparto.

—No. —César hace un gesto extraño con los labios.

—Normal, nosotros no somos como papá y el abuelo, somos unos inútiles para la comida. Si no fuera  por el relleno tan rico que prepara Natalia, a mí tampoco me habrían encargado nada. —No estoy de acuerdo.

—De todas maneras, tendrías que ir por la tarta. —César ladea la cabeza.

—Eso es verdad. Tú podrías estirarte e ir a comprar el turrón.

—Lo compré el mes pasado. Ya está en casa de la abuela. —César bufa.

—Pero qué suerte tienes. ¡Claro!, como eres el único soltero. —Tengo que pararlo antes de que tome ese camino.

—Me voy a casa, que te diviertas —le digo mientras me alejo y me despido con un gesto de la mano.

Me acerco hasta mi coche, me quito el chaquetón empapado, y entro para sentarme detrás del volante. Lo acaricio con reverencia. Me costó conseguir el modelo que quería con los extras que me gustaban, pero ha merecido la pena. Sentado en mi asiento de cuero, mi trasero pronto se calentará con la calefacción integrada. Sé que el dinero no da la felicidad, pero en este momento estoy feliz por no ser pobre. Y soltero, porque si tengo que compartir con otra persona mi sueldo, no podría comprarme estos caprichos. No, el matrimonio no es para mí.

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