Capítulo 1 de 40 días para Navidad

15 de noviembre

—¿Me quieres decir por qué tengo que aparentar que tengo novio y trabajo? Mi madre debería aceptarme tal como soy —protesto airada, mirando a mi pobre amiga Carol que está aguantando mis ataques de ira.

—A ver, Sondra. Tu madre organiza cada año un fiestón para nochebuena donde invita a toda la familia y amigos de su empresa. Es normal que quiera presumir de hijos —me dice con paciencia.

—Eso quiere decir que de mí poco puede presumir.

Tengo ganas de llorar. Este año ha sido pésimo. Rompí con Robert, me fui del trabajo, por no verlo a diario y es que está claro que no te puedes liar con ningún compañero porque siempre sale mal. Siempre.

—Te graduaste con nota buenísima en economía y si terminas las tres asignaturas de derecho, podrás trabajar en la empresa de tu madre…

—¡Ni loca! —me levanto como un resorte del sofá del apartamento de mi amiga. Ni siquiera tengo casa.

—Vamos, no seas niña y afronta tu realidad —me dice en plan gurú. La miro con mala cara.

—Si tu fueras la hija de Meredith Daniels y todo el mundo esperase de ti cosas maravillosas y perfectas, creo que tendrías más presión.

—¿Quieres decir que ser hija de una pareja de doctores que dirigen el hospital de la ciudad no es presión? —dice enfurruñada. Tiene razón. Somos un par de presionadas. Solo que ella es brillante, está en una investigación del gobierno y tiene un novio que la ama.

Miro su piel oscura y sus rasgos delicados. Ella es perfecta. Mientras que yo, aunque soy rubia y tengo los ojos color miel, considero que mis rasgos son algo más hombrunos, me parezco a mi padre, porque soy demasiado grande.

—Déjalo, debe ser que estamos a quince de noviembre y queda muy poco para arreglar mi vida. Sobre todo, para encontrar un trabajo.

—¿Y si te vas unos días fuera? ¿Y si nos vamos las dos? ¿Qué tal un viaje por Europa? París, Roma, Berlín. Yo podría coger unos días de fiesta y tú… bueno ahora tienes los días libres.

—No quisiera gastar demasiado dinero, tengo que ahorrar. Bastante haces con dejarme vivir en tu apartamento, pero no para toda la vida. Quiero encontrar un empleo estable, de lo que sea. Y, además, mi madre me llamará para ayudarle con los preparativos.

—No pongas excusas. Tu madre es cuadriculada y siempre te llama el 1 de diciembre. Tenemos quince días para viajar un poco y salir de la rutina.

—Está bien, pero no quiero ir a Europa. Prefiero ir unos días a Miami, con ese calorcito que tiene.

—Ya, lo que tú quieres es encontrar un latino que te dé marcha, porque hay que reconocer que Robert debía ser un soso en la cama —se ríe y yo me sonrojo. Nunca me gustó hablar de eso con mi amiga, aunque ella sí compartía cosas que yo ni soñando podría haber hecho con Robert. Era todo un clásico, en cualquier aspecto.

—Puede. A lo mejor necesito un hombre que me deje bizca como hace tu Harrison.

Las dos nos echamos a reír y me quedo más tranquila. Quizá sea un buen momento para salir de viaje, relajarnos en la playa y olvidarme de mis problemas por unos días.

—De acuerdo, hoy  mismo reservamos.

Nos damos un abrazo cariñoso. Agradezco tanto tener una amiga que me entienda y me soporte, que no sé qué hacen las que no tienen una Carol en su vida.

 

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