Cap. 3 de 40 días para Navidad

23 de noviembre

Abro los ojos cuando alguien me mueve suavemente. Carol ha entrado en mi cuarto porque no me despertaba y está sorprendida, diría que alucinada por la visión.

El tipo sigue con la mano sobre mí, está boca abajo, con el rostro hundido en la almohada y con todo el rotundo, redondo y hermoso trasero al aire. Tiene la piel ligeramente tostada y el cabello negro y rizado y sí, es muy largo. Los pies se le salen de la cama.

—Chica, ya me dirás cómo lo has hecho —susurra Carol divertida.

—Te juro que no tengo idea de quién es. Apareció anoche y bueno…

—Te quedaste porque quién iba a desaprovechar un cuerpazo así.

—Que no he hecho nada, bruta. Que el tío iba bebido. Pero me echó el brazo encima y no pude moverme.

—No parece peligroso y, desde luego, tiene un culo estupendo.

—Ayúdame, por favor, no puedo con su brazo.

Ella se ríe, saca su móvil y nos hace una foto. La miro como si quisiera fulminarla.

—Vamos, ayúdame, por favor —digo nerviosa.

Una llamada le entra y sale de la habitación y yo me ataco. Qué desfachatez, no me está ayudando nada.

Intento mover el brazo y él gruñe. ¡Ay, Dios! ¿Y si es un asesino en serie? Levanto el pesado brazo y entonces él se aprieta a mí, girándose y clavando su cuerpo en el mío. Me están entrando los calores de la muerte. Sigo intentando levantar el brazo y cada vez que lo hago, él se aprieta más a mí.

¿Y si lo despierto y me ataca? ¿Y si es un violador o intenta hacerme daño? Cada vez tengo más miedo y enfado porque Carol no me ayuda o llama a la policía.

Consigo darme la vuelta para deslizarme hacia atrás, quedándome cara a cara con él. Por fin lo veo. Sus rasgos son latinos, con una nariz recta y pómulos marcados. El cabello cae desordenado por su frente y lleva un pendiente en la oreja. Pero lo que más me atrae son sus labios, gruesos y definidos. Debería estar prohibido que un hombre tuviera la boca tan apetecible.

Hago un ruidito al intentar soltarme y entonces abre los ojos y me mira sorprendido, pero sonríe. Tiene los ojos oscuros y profundos. Me tiemblan las piernas.

—Qué bien levantarme acompañado —dice con una voz ronca—, aunque disculpa si no me acuerdo.

—Suéltame por favor. Creo que te equivocas.

—Te soltaré con un precio —tiemblo al mirarlo—, un beso, por supuesto.

—Pues no te voy a dar un beso —digo enfadada—, porque no te conozco, te has colado en mi cama y apestas a alcohol.

Él me mira sorprendido y levanta el brazo. Mira a su alrededor y, al ver que está desnudo, se tapa con la sábana.

—Disculpa, pero eres tú la que está en mi casa. Deberías explicarme qué haces aquí, si no viniste anoche conmigo.

—Resulta que una amiga y yo hemos alquilado esta casa.

Se echa para atrás y ríe con ganas.

—Vale, vale, es lo que quería avisarme mi madre.

—¿Tu madre es la doctora López?

—Y yo Romeo López, a tu servicio —dice levantándose y sin quitarse la sábana de sus partes principales. Me tiende la mano a través de la cama y yo, avergonzada por contemplar un cuerpo anatómicamente perfecto, salgo pitando del cuarto. Escucho sus risas cuando cierro la puerta. Carol viene  hacia mí.

—Es el hijo de la doctora López —justifico.

—¿Y por eso se metió en tu cama? —dice ella sonriendo irónica.

—Iba bebido y yo qué sé, debe ser su cuarto.

Se abre la puerta y sale vestido con un pantalón corto, una camiseta de tirantes y descalzo. Sonríe al ver a Carol y le tiende la mano. Ella la estrecha.

—Disculpa…

—Ella es Sondra y yo Carol. Le alquilamos quince días a tu madre la casa.

—Sí, ya perdonaréis, acabo de venir de viaje y tenía algún mensaje de mi madre, pero me fui a ver a unos amigos y se lio la cosa.

Va hacia la cocina con todo su morro y empieza a preparar café. Saca harina y huevos de la nevera.

—¿Unas tortitas?

Carol asiente, admirando el espectáculo del tipo preparando las tortitas, batiendo los huevos y  silbando una canción.

—Esto, Romeo, pero es que hemos alquilado la parte de debajo de la casa, no puedes quedarte, o buscaremos algo, claro —digo confusa.

—Qué va, no os tenéis que ir. Trasladaré todo al piso de arriba. Mi madre tiene dos habitaciones vacías. Si no os importa, claro.

—Para nada —dice Carol antes de que yo pueda protestar.

—Hay sirope en ese armario —señala con la cabeza y lo pongo en la mesa. Él saca cubiertos de un cajón y presenta sus hermosas tortitas. Nos sentamos en la mesa, todavía sorprendidas. Él me mira y me doy cuenta de que está mirando mi pecho.

—Ostras, si voy en camisón —digo apurada. Carol ya llevaba un ligero vestido estampado y yo casi desnuda.

Me levanto y me cambio rápida. Carol ya está tomando café y charlando animadamente con Romeo cuando salgo.

—¿Sabes que es escritor de guías de viaje? Qué trabajo tan fascinante.

—Lo es —dice tras tomar un sorbo de café—, aunque mi madre insiste que debo asentarme y formar una familia. Lo típico de las madres.

—¿Y viajas por todo el mundo? —pregunta de nuevo Carol. Yo todavía no he reaccionado.

—Sí, estas Navidades la editorial me ha encargado un recorrido por New York, no por lo más típico que un turista puede encontrar, sino por esos lugares que solo los neoyorquinos conocen.

—Ostras, pues resulta que nosotras somos de New York. Podríamos guiarte —vuelve a decir Carol—, a ver yo no tengo tanto tiempo, entre mi trabajo y mi novio, pero Sondra puede, está libre.

Enfatiza lo de libre y enarco las cejas. Él me mira y sonríe. Me da que es el típico ligón que va picoteando por todos los sitios donde viaja. Podría estar bien para un rato, pero no sé si me apetece.

—Bueno, nosotras nos vamos a la playa. Gracias por el desayuno —digo levantándome.

—Deja que quite mis cosas de la habitación y así te dejo sitio. Y siento haberme metido en tu cama. Ayer quedé con amigos y tuvimos que hacer nuestro recorrido habitual. Solo que ya no tolero tanto alcohol.

—No pasa nada, me hubiera ido, pero pusiste tu brazo encima y no pude levantarlo.

Paso a la habitación y él me sigue. Me coge del brazo y me mira a los ojos.

—No habré hecho nada inconveniente, ¿verdad? —Está preocupado y yo no puedo dejar de mirarlo.

—No tranquilo, un poco de roce, nada más.

Sonríe aliviado y saca sus cosas del armario. Sube las escaleras y se queda arriba. Carol entra en mi habitación con las manos en la cara, como el icono de whatsapp.

—Qué tío tan interesante, por favor, dime que vas a echar un polvo. Porque te juro que si no tuviera a Harrison, me tiraba a su yugular.

—Eres una bruta, Carol y no, no voy a echar un polvo. No así como así. Vámonos a la playa a tomar el sol y déjame tranquila.

—Vale, vale.

Nos ponemos el bikini y un vestido suelto y tomamos la bolsa de la playa. Él baja las escaleras y nos mira.

—Si vais a la playa, os puedo llevar a un sitio que solo conocemos los que vivimos aquí. Una playa casi virgen, sin turistas y con arena blanca.

—Vale —dice Carol sin preguntarme.

—Esperadme unos minutos, que cojo mi bolsa.

Vuelve a subir y fulmino a mi amiga que sonríe como una boba. Al final, no puedo evitar y me echo a reír. La amenazo con el dedo, pero la quiero tanto que soy incapaz de enfadarme con ella.

Su coche es una pick up algo destartalada. Carol me empuja para que me siente junto a él y ella se pone en la ventana, apretándome hacia el conductor. Él sonríe y me mira. Arranca y pone música en la radio. Mientras canta una bachata, mueve rítmicamente los dedos sobre el volante y, de vez en cuando, nos mira y sonríe.

Al final, Carol se arranca a cantar y yo, que me siento cohibida y no sé por qué, no abro la boca.

Llegamos a una zona que parece un parque natural. Solo hay un par de coches. Bajamos y por un sendero con escalones de madera, llegamos a un lugar donde hay una docena de personas en la playa. Es verdad, es como un paraíso. Nos quedamos encantadas.

Él baja las escaleras y nos invita a seguirlos. Se acerca al grupo donde hay chicos y chicas con piel tostada. Una morena muy sugerente se acerca a él y le da un pequeño beso en los labios. Por supuesto, un tipo así debía tener a alguien.

—Os presento a estas chicas que están pasando unos días en casa de mi madre. Carol y Sondra. Ellos son Ramón, Juan y Rosa, son mis mejores amigos.

Los tres saludan con la cabeza y ella nos da un buen repaso. Luego, se lleva a Romeo de la mano y se ponen a charlar, apoyados en un tronco caído.

—Bueno, podría haber sido bonito —dice Carol. Me encojo de hombros.

Extendemos la toalla y nos damos bronceador. Carol no se quemará, pero yo soy bastante pálida. Después de un rato al sol, me acerco al agua. Es tan transparente y cristalina que no puedo creerlo.

—Bonito, ¿verdad? —dice él que se acercado a mí— ¿Te bañas?

—Está fresquita.

Se echa a reír y se tira de cabeza a las olas. Yo entro poco a poco y Carol, que es mucho más valiente, entra salpicándome, así que me tiro e intento hacerle una aguadilla. Nos reímos mientras acabamos metidas hasta el cabello en el agua.

Él se acerca, nadando y me ofrece algo. Lo tomo de su mano, es una concha en tonos verdosos.

—Como tus ojos —dice sonriendo.

—Me voy a nadar —dice Carol.

—No te alejes mucho de la orilla —advierte Romeo—, es raro, pero a veces los tiburones se acercan a esta playa.

Carol lo mira horrorizada y sale del agua rápidamente.

—¿Es cierto? ¿Hay tiburones?

—Sí, es raro y suelen ser pequeños, pero podría ser —dice él.

—Creo que mejor me salgo.

—No, quédate conmigo un rato —pide él.

—¿Y Rosa? Se molestará.

—¿Por qué?

—Si es tu novia…

Se echa a reír y me encanta verlo.

—Es la novia de Ramón. Si lo dices por el beso, siempre nos hemos saludado así. Estamos preparando una fiesta sorpresa para el cumpleaños de su novio, por eso andamos con secretos. Yo estoy libre y puedo hacer lo que quiera.

—Ah, vale —digo—, de todas formas, creo que voy a salir.

Una sombra pasa por mi lado, rozándome y miro con horror a Romeo, que se pone serio.

—No patalees ni hagas movimientos bruscos. Ven aquí.

Me acerco muy despacio hacia él y la sombra vuelve a pasar. Me toma en brazos y me agarro a su nuca, atemorizada.

—Me gusta que estés tan cerca —dice mientras me mira.

—Por favor, salgamos, tengo miedo.

—Tranquila. Hay que ir despacio, por si acaso.

Mi pecho se agita y él camina, paso a paso. Siento su corazón latir sobre el mío y su piel suave. Si no fuera porque estoy aterrorizada, estaría más que excitada.

Llegamos a la orilla y me deja. Salgo corriendo y Carol me abraza en la playa. Veo que los demás se ríen y le dicen algo en español a Romeo. Se encoge de hombros y sonríe.

—Gracias, Romeo.

—No hay problema. Hemos tenido suerte.

Ramón saca unas cervezas y nos invitan, para el susto. Cuando es mediodía, nos lleva de vuelta.

—Esta noche es la fiesta de Ramón, y estáis invitadas —dice mientras conduce de vuelta—, no aceptaré una negativa.

Carol asiente y yo no digo nada. ¿Quién puede negarse a la persona que te ha salvado la vida?

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