Cap. 2 40 días para Navidad

22 de noviembre

Hemos hecho los preparativos para marcharnos, hoy mismo tomamos el avión, porque Carol no ha podido librar antes, así que pasé toda la semana echada en el sofá, tapada con una manta y compadeciéndome de mí misma. Carol me mira con enfado, pero comprende. Mi madre ha intentado hablar conmigo varios días, pero le he dado largas.

Incluso Robert me ha llamado. Rompimos porque no estábamos a gusto, no había pasión ni siquiera hablábamos. Con la excusa del trabajo, habíamos perdido intimidad. Puede que me eche de menos. Es posible que yo también. Al fin y al cabo, llevábamos dos años.

Es el candidato perfecto para mi madre. Hijo de un senador demócrata, abogado, con posibilidad en política. Y yo sé que era perfecta para él, por ser hija de quien soy, por ser una chica formada y presentable en sociedad. Sus padres me adoraban. Pero es que creo que nosotros, como mucho, podríamos ser amigos. Ninguno poníamos mucho entusiasmo en el sexo y tampoco compartíamos aficiones más allá del trabajo.

Claro que, a él solo le gusta leer enormes tomos de códices y, como mucho, alguna novela de espías. En cambio, a mí me gusta pasear por el parque, en la naturaleza, leer cualquier libro bajo un árbol, echarme en el césped… y no, eso jamás podría hacerlo, porque se mancharía su estupendo traje.

Muchas veces se reía porque decía que era como un potro salvaje. Y es que la formal educación que he recibido me hace sentirme demasiado encorsetada.  Me resulta delicioso saltarme las normas.

Tomo un sorbo de mi té matcha y me voy a la habitación, para terminar la maleta. Carol viene a las cinco y a las ocho tenemos el avión que nos llevará lejos.

Nos hemos informado que estos días lucirá el sol y tendremos una temperatura de unos veinticinco a veintiocho grados, lo que, comparado con New York, va a ser el paraíso.

Hemos alquilado una casa con jardín y piscina que sí, sale algo cara, pero dice Carol que es su regalo de Navidad. A ver cómo le correspondo, porque ese nivel es imposible de alcanzar.

Después de un viaje de escasas tres horas, tomamos un taxi que nos lleva a la dirección. Observo el paseo con palmeras, y todos los lugares iluminados. Aunque son las once y pico de la noche, hay mucho ambiente festivo. Creo que podría unirme en ese mismo momento.

Pero hay que instalarse en la casa, que tiene dos pisos. Nos colocamos en el piso inferior, con dos habitaciones enormes y un baño.

—¿Y el piso de arriba?

—Vive la dueña, una antigua compañera de mi madre, por eso nos ha salido mejor de precio. Supongo que estará durmiendo así que la saludaremos mañana. De todas formas, tenemos nuestro baño y cocina propia y salida directa al jardín.

No veo mucho del jardín, porque está oscuro, pero la casa es muy bonita. Es minimalista, como me gusta a mí, con dos enormes camas en cada habitación, y unas acuarelas colgadas. El baño está amueblado con madera natural y en colores claros.

—Me encanta esta casa, Carol. No podría ser más perfecta.

—Lo sabía y, ahora, si no te importa, vamos a dormir, porque estoy agotada.

Asiento, aunque yo me iría por ahí. No recojo nada, solo saco mi camisón de tirantes y la bolsa de aseo. Mañana será otro día. Aviso a mi madre de que he llegado y, después de lavarme los dientes, me echo en la cama, que ya estaba hecha. Es todo un detalle.

Son las cuatro de la mañana cuando escucho un ruido sospechoso. ¿Ha entrado alguien en casa? La puerta se abre y alguien entra. Me encojo en la cama, atemorizada y sin saber qué hacer.

Es un hombre, que se tambalea, parece bebido. Se desnuda del todo y se mete en la cama. Estoy tan paralizada que no puedo ni reaccionar. El tipo se acerca a mí. Apesta a alcohol, pero su cuerpo huele bien. Se aprieta a mí y noto su cuerpo suave. Me voy a levantar, pero entonces pasa su pesado brazo por mi cintura y se queda dormido.

¿Qué hago? ¿Qué hago? Intento quitar el brazo de encima, pero pesa mucho y ¿si es un loco? Esperaré a ver si se mueve y entonces saldré corriendo y llamaré a la policía. Será la última vez que no dejo mi móvil al alcance.

Se acomoda en mi cuello y murmura palabras inteligibles, me da un suave beso en la piel que la eriza y pone la mano sobre mi pecho. Incluso teniendo abundante, él lo abarca todo. Me viene a la cabeza ese dicho de que si los hombres tienen manos grandes, lo… otro, también lo es y me entran los calores. No le he visto la cara, pero creo que me gustaría. Intento retirar la mano del pecho, y consigo bajarla un poco, hasta el estómago, pero es imposible sacarla del todo.

Respiro hondo y espero. Y esperando, esperando, me quedo dormida.

 

 

 

 

 

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