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El aliento hediondo del hombre de mi derecha provocaba en mí, arcadas que subían desde mi estómago, hiriendo con la acidez del vacío mi pobre esófago indefenso.

Girándome hacia el pasillo exterior, vi como otro hombre sacaba de su nariz un verdoso habitante que hizo girar entre sus dedos, creando la bola perfecta que lanzó hacia un dormido personaje, acertándole en toda la boca abierta.

Sentí tal repulsión que mi garganta palpitaba y se contraía. Gracias a que no había comido nada en dos días, siquiera bebido agua, pues la que nos dieron estaba llena de bichos flotando; incluso posiblemente el guardia habría escupido en ella.

Cerré los ojos para impedir que las náuseas ganasen la batalla y se añadiesen al sucio suelo con olor a pis y vómitos. «Sólo los fuertes sobreviven al viaje hacia la libertad», había dicho mi madre cuando me fui hacia la frontera. Ahora no me sentía ni fuerte ni libre.

(Ejercicio)