Este es un relato que te puede pasar a ti, en estos tiempos donde todos estamos confinados en casa debido al coronavirus. ¡Atento, atenta y ¡ten cuidado!

Hacía ya más de un mes que no lo veía, desde enero, más o menos. Durante todo este tiempo, me había librado de él, y cuando miraba a mi alrededor, todo era más ligero; yo me sentía más ligera. Era como estar libre de amenazas, de todas aquellas cosas que siempre había detestado y que, por fin, me había liberado.

Se lo decía a mi familia, pero no me tomaban en serio. Durante todo este tiempo, la amenaza y la sensación de que podía volver, estaban latentes en el ambiente. Miraba por las esquinas, asustándome de mi propio reflejo en la oscuridad. Mis ojos se negaban a ver, mi mente gritaba ¡no!, pero ahí estaba. Agazapado entre las sombras, dispuesto a saltar encima de mi en el momento más oportuno.

Esa mañana me sentía aliviada, aunque el dolor de cabeza persistía. Tomé un té para despejarme, pero sabía que tenía que dar el paso. Sabía que debía decidirme, ser valiente y enfrentarlo. Notaba la huella de sus garras en mi vientre, y aun así, no quería reconocerlo. Mi esposo siempre me decía que estaba bien, que no tenía importancia. ¡No! le decía yo, lo siento en mi, y no me vas a quitar eso de la cabeza.

Caminé hacia el baño, donde la realidad se une a la imaginación, donde la oscuridad de mi reflejo decía la verdad. Él había vuelto, solo tenía que confirmarlo.

Entonces, me decidí. Era el momento de desterrar mis temores y de enfrentarme a ellos. Di un paso al frente y esperé. Efectivamente, había vuelto, ¡y acompañado! Ahora ya no solo había recuperado el kilo que perdí después de Navidades, sino que pesaba dos kilos más, posados en mi vientre y en el trasero. Bajé de la báscula desanimada y mi marido me dio un beso en el cuello. “Para mi estás guapísima, peses más o menos”, me dijo amoroso.

Menos mal que hay maridos así. Como el mío. Gracias, cariño.

 

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