(segunda parte) ¿No has leído la primera? Hazlo aquí

La casa estaba helada. Selena abrió las contraventanas para que entrase la luz del pálido sol de mayo. Aunque había empezado el calor en el resto del mundo, en ese pueblo de montaña no había llegado.

Miró apreciativamente el interior de la casa. En la planta baja había una sala con una enorme chimenea donde todavía quedaban restos de leña. Los muebles estaban viejos, pero aguantaban elegantemente el paso del tiempo. Un baño pasado de moda y una cocina sin lavadora completaban el primer piso. Subiendo las escaleras había dos dormitorios, uno con cama de matrimonio y otro con dos camitas iguales. Y arriba del todo, la buhardilla.

Tía Charo había llamado a la señora Angustias,  quien mantenía la casa y que había pasado para limpiar un poco y dejar algo de comida y agua.

—Mañana le daremos las gracias, eh, Marvin…

El gato miró indiferente a su compañera de piso, y se fue a inspeccionar su nueva casa.

Encendió la chimenea y se acurrucó en el sofá delante del fuego. Se hizo un bocadillo y le puso una lata de atún a Marvin, para que la tomara cuando quisiera.

La casa de su abuela le hacía sentirse segura, protegida, como hacía tiempo que no se sentía. Hasta el gato había conseguido un rincón sobre la leñera y dormitaba sobre una vieja manta tan cómodamente.

—Bien, ahora estaremos bien una temporada, pequeño.

El gato ronroneó como contestándole afirmativamente. Hoy dormiría en el sofá, aún no se sentía con ganas de organizar el cuarto. Sacó una manta y se quedó dormida.

El sueño vino rápidamente sin dejarle tregua. Una sensación de amenaza le recorría todo el cuerpo. Una tormenta se había desatado sobre la cabaña, y un fuerte viento azotaba las paredes de la casa, que se estremecía al sentir los embates en sus paredes. La sensación de ahogo comenzó de nuevo, unas fuertes manos la sostenían sin dejarla moverse. Ella se resistió luchando con fuerza, pero fue inútil. Lo último que vio fueron unos ojos verdes que la miraban intensamente.

Selena se despertó. La pesadilla había sido tan real que aún sentía las menos sobre su cuello. Marvin estaba sobre su pecho mirándola.

Ya amanecía, y la joven no quiso dormir más. Se levantó con la ropa arrugada. Había una botella de leche en la nevera y fruta. Suficiente para desayunar. Encontró una cafetera italiana y un pequeño paquete de café. Se hizo uno bien cargado y se sentó en una silla que había en el jardín trasero. Estaba lleno de arbustos sin cortar, de árboles frutales que crecían salvajemente, sin nadie que los cuidara. Un rosal se enredaba por la valla lateral y enormes rosas rojas aparecían como manchas de sangre en un tapiz verde. Selena se estremeció.

Al fondo del jardín, una zona que debía ser el huerto tenía tomates todavía. Hacía ya más de dos años que su abuela había fallecido, y el huerto aún seguía reproduciéndose naturalmente. Un pequeño sonido salió de entre las cañas de la tomatera. La joven se levantó con la taza de café todavía en la mano y se acercó. Marvin salió de repente con una lagartija en la boca, sobresaltándola y haciendo casi que tirase el café.

—Gato malo, disfrutas dándome sustos.

Hoy iría a la tienda del pueblo a comprar un poco de todo. El pueblo estaba cambiado. Habían abierto un par de hoteles rurales y se había hecho más grande. Pronto incluso abrirían de nuevo la escuela.

Inspiró profundamente la paz y la tranquilidad del lugar. El aire era limpio y fresco, se notaba que ahí no había contaminación. Por una vez y desde hacía varios años, se sentía calmada, a pesar de la pesadilla.

Tomó un sorbo de café que ya estaba frío y entró de nuevo en la cocina. Subió al dormitorio de sus abuelos. La cama era muy blandita, acogedora. Puso las sábanas de lino que guardaba su abuela en el armario, entre hojas de laurel. El dormitorio estaba tal y como lo había dejado ella. Se preguntaba por qué su madre durante tanto tiempo le había dicho que su abuela estaba muerta.  Solo averiguó la verdad cuando su madre enfermó y más tarde fue al entierro, hace ya cinco años.

Hablaron mucho, incluso le ofreció vivir con ella. Pero Sarah no sabía bien qué había pasado, y de momento no se fiaba. Y ahora, si no fuera por su tía Charo, no tendría ningún familiar vivo. ¡Qué pérdida no haber podido conocerla mejor!

No estaba claro por qué ambas mujeres no se habían hablado desde hacía años, concretamente desde que nació ella. Sentía que había sido culpa suya de alguna manera, pero nadie le había explicado nada, ni siquiera su tía.

Quizá encontrase trabajo. No importa de qué. Ya no quería ser economista, quería algo más sencillo, algo en lo que no pudiera destacar, donde pasara desapercibida. Se vistió con unos vaqueros y un jersey de lana fina. Se arregló y se preparó un par de currículos, falsos claro. Es cierto que hablaba inglés y alemán y que tenía la carrera de económicas y unos cuantos cursos y másteres. Pero hoy iba a usar el currículo sencillo. El que le permitiría acceder simplemente a un puesto de atención al cliente, o de dependienta, No quería que le volviera a pasar cuando quiso acceder a un puesto sencillo con su título universitario, le dijeron que estaba demasiado capacitada y que no podían darle el trabajo.

Así que pondría estudios básicos, administrativo, y esas cosas. Marvin la miraba tranquilo. Se había adaptado en una noche a su casa, como si hubiera estado viviendo allí desde siempre.

La cabaña estaba solo a diez minutos de la pequeña ciudad pirenaica. Era una ventaja porque así no tenía vecinos. Y allí podría estar más tranquila. Conocía la ciudad, hace años que la había visitado, pero seguramente nadie se acordaría de ella.

Se dirigió hacia la oficina de empleo en el ayuntamiento. Varias personas guardaban fila, así que aguardó pacientemente. Cuando le tocó a ella, una amable chica le tomó nota de su currículo y de sus habilidades. Posiblemente encontraría trabajo en alguna de las casas rurales.

La chica le dio unos papeles para firmar y sin querer Selena rozó su mano. Una visión le atravesó el corazón. Era ella, con un chico, un chico que la estaba maltratando.  Selena le miró el cuello. Llevaba un pañuelo, a pesar de que hoy hacía calor. La miró a los ojos y ella pareció ligeramente avergonzada. Ambas sabían lo que pensaban.

—Yo…

—Eso es todo, te avisaré si hay una oferta para ti. Gracias.

De momento se fue. La chica no quería su ayuda y ella no veía cómo podría hacérsela llegar ahora. Pero no permitiría que un cabrón pegase a ninguna mujer. Mañana viernes o quizá el sábado se daría una vuelta, a ver si los encontraba.

Con los papeles terminados se fue a un pequeño mercado tradicional. Los puestos no estaban muy llenos. A las afueras de la ciudad habían construido un supermercado gigante para todos los pueblos cercanos. Esto acabaría con estos pequeños mercados regentados ya en su mayor parte por personas mayores, a punto quizá de jubilarse, sin continuidad. Le dio mucha pena. Recordaba que su abuela le había dicho que durante un tiempo tuvo una tienda de vinagrillos, hierbas, tés, y dulces caseros en un mercado. Seguro que era aquí.

Solo por curiosidad paseó por entre los puestos. La fruta tenía un aspecto estupendo y compró varias piezas. Después pasó por la pescadería y se quedó con una preciosa merluza congelada que haría las delicias de Marvin. Le gustaba en salsa, con un poco de albahaca y espárragos. Siempre pensó que el gato era una persona disfrazada por sus gustos peculiares.

—Sarah…

Ella se giró hacia quien parecía que le estaba llamando. Una anciana muy arrugada la miraba fijamente desde un lateral de un puesto. Ella le miró suplicante, con lo que la anciana asintió y se marchó, volviéndose para ver si ella le seguía.

Tomó sus bolsas y comenzó a seguirla fuera del mercadillo. Las dejó en el coche, aparcado justo al lado. La anciana tenía un andar ligero. Su pelo canoso y rizado caía descuidado y llevaba una coleta con un enorme lazo rosa. Sus orejas alargadas sujetaban unos pendientes de perla y la mano que apoyaba el bastón estaba cubierta hasta el codo de pulseras multicolor, a juego con su vestido. Ella se volvía y sonreía de vez en cuando.

Se sentó en la terraza de una cafetería de una callejuela, no en una de las más frecuentadas del paseo.

Espero pacientemente a que Sarah se sentase. Una camarera salió y le pidieron dos tés.

—Me alegro de verte Sarah. ¿Te acuerdas de mí? —la chica negó— Era amiga de tu abuela y te he reconocido, por el aura, sabes.

—Ya. Y se llama…

—Coral, me llamo Coral Sambeau. Era compañera de tu abuela, y digamos que compartíamos más que amistad… pero quiero preguntarte una cosa… tú, ¿tú eres como tu madre?

—Me parece que soy más como mi abuela que como mi madre. Si a lo que se refiere es a ciertas características —Selena-Sarah contestó suspirando.

—Menos mal —la anciana suspiró— es un alivio que hayas vuelto. Aquí hay movimiento y necesitamos gente que trabaje en la Luz. La Agencia se está haciendo cada vez más fuerte.

El rostro de la joven estaba de mil colores. ¿Cómo sabía ella lo de la agencia?

—Te preguntarás cómo se lo de la Agencia. Y es porque yo la fundé.

Sarah se echó para atrás instintivamente. La Agencia había estado persiguiéndola desde hacía años, intentado captarla. Se trataba de una organización mundial que se ocupaba de manipular y dirigir el mundo y que captaba a todos aquellos que tenían dones especiales, para su propio provecho.

—Espera Sarah, déjame contarte una historia.

La anciana tomó un sorbo de su té de flores. Y comenzó el relato.

 

(continuará)