Otra vez tendría que marcharse. Había sido demasiado vehemente en la defensa del vórtice de Pompeya, evitando que volviera a suceder lo que pasó en el año 79, pero el ángel asignado allí era un auténtico estúpido. Si alguien pudiera recoger toda la estupidez humana y angélica, ese sería Apolo Sky.

Claro que, con ese nombre, y su belleza exterior, era más fácil ser un soberbio semiángel que alguien amable. Todavía no conocía a ninguno que lo fuera. Así que discutieron tanto que Apolo estuvo a punto de fulminarle. Si no hubiera sido porque él le enseñó un ápice de su poder, lo hubiera hecho.

Él era un ser especial, inmortal y con grandes poderes, pero nunca presumía de ellos como él y además estaba atento a la misión o a la zona que le habían adjudicado desde las altas instancias. Tampoco los usaba para acostarse con toda aquella mujer (o incluso hombre) que podía, como había estado haciendo Apolo desde hace cientos de años. Menos mal que el semiángel era estéril, como todos los seres híbridos.  Si no, habría una superpoblación de niños y niñas rubios con rostro perfecto.

Esta vez se había pasado.

El inframundo había tomado fuerzas y la erupción estaba a punto de realizarse. en el año 1870 en el que estaban, los síntomas eran los mismos. Él lo sabía pues estuvo aquí. Primero fueron los potentes terremotos, y después, una fina lluvia de piedra pómez. Si no lo conseguían, empezarían los temblores y el volcán escupiría no solo lava y cenizas, sino demonios que vivían en el interior.

Él le había avisado, y como si nada. Al final tuvo que presentarse ante el Alto Tribunal que echó una gran reprimenda a Apolo. Pudieron contener el vórtice, pero luego la tomó con él. Así que se largó. No es que no pudiera hacerle frente, al contrario. Pero Apolo era toda una institución y no tenía ganas de que si lo desintegraba, el resto de los ángeles hiciera una cruzada contra él, porque eran bastante vengativos y rencorosos.

Le asignaron un vórtice menor, situado en una laguna, en el pirineo español. Hacía muchos años que no visitaba Ofiusa, o Hispania, o como se llamaba ahora España. Tenía ganas de volver, siempre le gustó el clima de allí, aunque por lo que se temía, si el lugar estaba enclavado entre montañas, sería más bien frío.

Le dijeron que ya marchaban hacia allá otros seres desde otros departamentos, es decir, un semiángel, alguna bruja y quién sabe más. Entre todos se tenían que encargar de mantener el vórtice cerrado. Estaba escrito así desde tiempos inmemorables y él no era quien para discutirlo. Sin embargo, los ángeles se contaban todo y seguramente no sería bien recibido.

Azuzó a su caballo y miró hacia el nuevo horizonte que le esperaba. Cualquiera que le hubiese visto en ese momento, se hubiera extrañado que un hombre ciego pudiese montar a caballo sin ayuda. Claro que él, no era normal. Era un híbrido también, y muy poderoso.

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