Hola

Hoy os quiero compartir la primera parte de un relato que pertenece a mi libro de Relatos cortos, que tiene un poco de humor negro.

Espero que os guste. Como es largo, lo he dividido en dos, para que no se os haga pesado, pero vamos, el segundo lo pondré mañana, para no hacerte esperar.

CONSULTOR A DOMICILIO

La gota de sudor bajó rodando desde su frente, recorriendo la sien y bajando por la mejilla hasta llegar a la barbilla donde se lanzó al vacío para aterrizar en el suelo de cemento del garaje.

El joven se mantenía en silencio, procurando incluso que su corazón latiese más despacio, para que los latidos no le descubrieran; que no provocaran que escucharan su miedo, el que le había paralizado tras el deportivo negro, y el que seguramente acabaría con él.

James apenas podía imaginar hace veinticuatro horas que acabaría en este garaje de la zona más cara de Manhattan, escondido tras la rueda trasera de uno de los coches de la mujer más rica de la ciudad, sin camisa y sin zapatos.

El día había comenzado como todas las aburridas mañanas de la aburrida semana. Se había dirigido a su despacho en la planta quince del edificio, saludando a sus compañeros con una inclinación de cabeza indiferente. Su traje de chaqueta azul marino y su camisa blanca eran casi idénticas a las de todo el personal de Marks & White, la consultora legal más famosa de toda la ciudad, donde un par de cientos de hombres y mujeres vestidos casi de uniforme trabajaban delante de un ordenador, pasando informes, y algunos de ellos atendiendo a aburridos clientes que venían a preguntar sobre sus hipotecas, sus empresas o sus divorcios. Aburrido, aburrido y doblemente aburrido. Hoy tenía que repasar el informe sobre una pequeña empresa de cereales, revisar dos o tres estadillos. «Un día en blanco y negro, como todos», suspiró melancólico.

Hasta que esa misma mañana, sobre las once y justo cuando su supervisor, el buitre MacPerson había salido a tomar un café, una preciosa mujer entró en la gris oficina, destacando como una rosa entre la hierba silvestre. Y como el supervisor no estaba, le tocó a él atenderla. La mujer pareció confusa, sin saber a cuál de los habitáculos dirigirse. Su traje de chaqueta hecho a medida era de color de las fresas maduras y llevaba zapatos de tacones interminables, negros y plateados, como sus medias. No era una mujer excesivamente alta, pero tenía las curvas necesarias en su sitio. Su boca rosa y brillante tenía un mohín serio y no se había quitado las gafas de sol incluso dentro de la oficina.

El joven salió de su pasmo y se dirigió hacia ella.

—Buenos días, soy James Caren, encantado, ¿en qué puedo ayudarle?

—Soy Mia Watson. Necesito su ayuda

La joven se quitó las gafas dejando ver unos ojos de azul pálido como el cielo con un rostro perfectamente maquillado. Una mirada desamparada que suplicaba y que le hizo sacar su lado de caballero andante, el héroe que le sacaría del apuro.

—Por favor, señorita Watson, ¿quiere pasar a mi despacho?

No era su despacho realmente, sino el de supervisor, pero semejante preciosidad merecía ser liberada de las miradas curiosas de los buitres que revoloteaban al acecho. Retiró la silla de las visitas para que ella depositara su bien formado trasero sobre ella. ¡Quién fuera silla para sentir sus nalgas! Un pequeño palpitar en su miembro le indicó que era momento de dejar de pensar como un hombre sin sexo desde hace seis meses y comenzar a comportarse como un profesional de la abogacía.

—Entonces, ¿en qué puedo ayudarle?

—Señor…

—James, por favor.

—Verá, James, —ella sonrió deslumbrándole como el sol de la mañana— tengo un grave problema con mi esposo.

—¿Desea separarse?

—Oh no, yo amo a mi esposo. El problema es que bueno, él… —la joven bajó la mirada tímidamente— él desea tener un hijo.

—¿Cuál es el problema entonces? Si usted ama a su marido y él desea tener un bebé… ¿es que usted no lo desea?

—¡Claro que sí! Pero su exesposa no quiere que tengamos un hijo porque entonces tendría que repartir la herencia de sus hijos. Mi esposo tiene tres hijos de su anterior matrimonio.

—Bien, pero ahora su esposo está casado con usted por lo que puede hacer lo que desee.

—No sé cómo explicarle…—la joven sacó un delicado pañuelo bordado de su bolso y se secó unas inexistentes lágrimas.

—Por favor, señora Watson, tranquilícese. ¿Quiere un café o una tila?

—Oh, llámeme Mía. No, no quiero nada. Le explicaré la situación, aunque es muy embarazosa —el joven asintió sin interrumpirle— Verá, James, como le decía, mi esposo y yo deseamos tener un bebé. Pero su primera esposa ha interpuesto una demanda hacia nosotros. John, mi esposo… bueno él tiene setenta y dos años, ¡pero está estupendo! Supongo que lo conoce, John Watson, es cliente de su consultoría desde hace tiempo.

James recordó empalideciendo levemente; precisamente la semana pasada su jefe había despedido a a Ross Harding, solo por entregar su contabilidad un día tarde. No sólo era cliente, sino era «el cliente», ese por el que todos doblaban la espalda cuando venía. Y ahora, tenía aquí a su joven y encantadora esposa. ¡Se le iba a caer el pelo si metía la pata! Empezó a sudar.

—El problema —suspiró Mia— es que la malvada de su esposa dice que queremos tener el bebé para que herede su fortuna. ¡Y no es así!

—Comprendo, señora Wat… Mia. ¿Desea que la defendamos en esa demanda?

—En realidad no. Mi esposo está atemorizado por ella, y lo que deseo es que vengan a casa a convencerle de que no tiene nada que hacer, que por mucho que su exesposa denuncie la situación, no ganará. Ya fui a una clínica de fertilidad donde mi esposo tenía sus pequeñines congelados. Y están siendo procesados junto a mis óvulos. Sólo falta el permiso de mi marido… Por favor, ¿puede usted venir a mi casa? —ella le tomó de la mano a través de la mesa. Sus manos eran suaves y sus uñas parecían las de una muñeca. Todo era perfecto en ella.

—Bueno, tengo que consultarlo con mi superior…

—Oh, no sabía que tenía un superior… pensé que usted era quien mandaba aquí, el jefe, el que tomaba las decisiones —ella alzó los ojos mirándole dudosa.

James hinchó el pecho.

—Era un simple trámite. Por supuesto que iré. ¿Cuándo desea que vaya? —ya explicaría más adelante su salida de la oficina.

—¿Qué le parece ahora mismo? Mi esposo está un poco débil. Cuanto antes será mejor. Mi chófer está esperando en la puerta. Seguro que no tendrá ningún problema, ¿verdad?

—Por supuesto. Adelante, vamos ya.

…CONTINUARÁ