La cómoda oscuridad me envolvía, dándome calor y bienestar. Las voces susurraban quedamente mientras me adormecía sabiendo que estaba llegando mi final, una crisis, una muerte, una transformación….

Una voz llamó, pidiendo ayuda.

Siempre que escuchaba su voz, me parecía la más bella del mundo. Me acunaba, me confortaba, y, aunque la mayor parte del tiempo estaba ocupada con mis hermanos, siempre encontraba un hueco para mí, para cantarme una breve canción o acariciarme.

Sentí un fuerte dolor y un pequeño ahogo. En ese momento, comencé a no poder respirar. Se acercaba el momento. La oscuridad se fue aclarando poco a poco mientras la cubierta era retirada. Mi madre lloró, dio un pequeño grito sofocado para no asustarme.

Unas fuertes manos tiraban de mí, aunque yo no deseaba salir, estaba demasiado bien, demasiado caliente y cómoda allí escondida, donde nadie podía verme o dañarme. Sentí que no podía respirar, me ahogaba. La luz potente me hizo parpadear nerviosa, inquieta. Demasiado ruido. Finalmente, me sentí morir.

—¡Quítale el cordón, se está ahogando!¡Es una niña! ¡Otra!

La madre recién parida lloró de la emoción. Su pequeña, su quinta hija, había venido al mundo. No era un varón, como deseaba su esposo, aunque a ella no le importaba. Su hermosa niña, casi transparente, con un bello dibujo de venitas latiendo, había llegado una mañana de primavera.

La pequeña envuelta en una toalla fue entregada a la madre. Un leve parpadeo indicó que la pequeña la miraba. Sus ojos grises y su carita manchada estaban serios, agotada por el esfuerzo. Quizá anticipando su carácter.

Un niño y tres niñas entraron acompañados de un atribulado esposo y reciente padre.

La más menuda, una pequeña morena de cuatro años se acercó al bebé. Ahora ella era ya no era la pequeña. Ya nadie la llamaría la mimada. Sonrió.

—Mami, ¿cómo se llama?

—Se llama Yolanda.