La joven aparcó frente a la cafetería de la autopista.  Salió mirando a ambos lados y finalmente entró en el establecimiento. Había bastante gente a esas horas de la mañana. Miró por encima, como buscando a alguien, al perfecto candidato. Y lo encontró.

Un joven de unos treinta y tantos años, alto, fuerte, que estaba tomando un café y leyendo el periódico.

—Hola, me llamo Marian —dijo tras sentarse junto a él.

El joven la miró asombrado.

—Hola… perdona, está ocupado.

—¿Estás con alguien?

—No, pero tienes más sitios libres allá —señalando un par de mesas vacías.

—Perdona, es que necesito que me ayudes.

El hombre miró hacia arriba, sorprendido.

—Necesito por favor que te hagas pasar por mi novio durante unos diez minutos. Sólo será eso.

—Vale. ¿Qué es esto, una cámara oculta o una apuesta? —contestó ya ligeramente enfadado.

—No, de verdad, estoy muy apurada.

—Mira, no tengo ganas de líos, ni quiero saber nada. Por favor, márchate.

—No quería obligarte, pero no me queda otro remedio.

La joven metió la mano debajo de su camiseta y él sintió algo redondo y frío en su espalda.

—Tengo una pequeña pistola. Necesito que me ayudes. Estoy desesperada.

Él la miró seriamente.

—Está bien. Pero eso no es necesario. Veo que realmente estás mal. Dime.

—Sólo  que parezca que estamos juntos. Me iré enseguida.

—Está bien.

Entonces ella sacó la mano de su espalda sosteniendo un pintalabios metálico.

El chico suspiró.

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo José.

—¿Has venido en coche?

—No, soy caminonero. Mi camión es ese azul oscuro.

—Tiene pinta de nuevo.

—Sí, aún estoy pagándolo.

—Mira, como agradecimiento quiero darte un cheque por veinticinco mil euros. Así te ayudo.

—¡Qué dices! No es necesario —casi se horrorizó el chico—, tanto si vas en serio como en broma, lo hacemos y listo.

Ella pidió un café y un trozo de tarta con el que estuvo jugando durante unos minutos, mientras no perdía de vista el aparcamiento que se veía a través de la ventana.

Un coche negro y grande aparcó bajo el tejadillo de uralita. Dos hombres corpulentos y uno más bajo se bajaron del coche y entraron en el restaurante.

Ella se estremeció.

—Empezamos.

José la tomó de la cintura y le susurró al oído, mientras ella reía. Ofreció con su tenedor un pedazo en su boca, sonriendo.

Los hombres pasaron por todo el bar mirando a las chicas que había ahí. Al llegar a su altura se quedaron delante de la mesa.

—¿Desean algo? —se levantó José mostrando su corpulencia.

Los hombres no contestaron y se fueron hacia fuera.

—José. Me has ayudado muchísimo. No sabes la importancia de lo que acabas de hacer. Gracias.

Y besándole en la mejilla, salió de la cafetería, se subió al coche y se marchó en dirección contraria a la del coche negro.