Este relato es completamente ficticio. Algunas cosas te sonarán, pero es ficción fantástica, una distopía, nada más.

Ahí va:

Las noticias no eran alentadoras. De nuevo volvía a aumenta el número de fallecidos y de contagiados.

El ministro de sanidad, Luis Giménez, aguantó la sonrisa. Todos los pensamientos, sentimientos y las palabras negativas estaban alimentando al mundo astral inferior, de forma que había crecido un diez mil por ciento. Gracias a la televisión, estaban triunfando.

Desde que el mismísimo Gran Señor decidió crear el virus, no por el hecho de que la gente muriese, eso no le interesaba, estaban emocionados. El miedo, ay el miedo, era delicioso, sorprendente, y nunca, ni siquiera en las guerras, que por supuesto habían provocado ellos, habían conseguido llegar a tanta gente a nivel mundial. Las noticias, sobre todo las malas, corrían como rayos a lo largo de Internet. Se propagaban como la pólvora, se exageraban, se comentaban y se compartían. Aunque el Gran Señor no había inventado la Web, sacaban muy buen provecho.

Y ello había afectado a todos los estratos de la sociedad, desde los más jóvenes a los mayores y de cualquier estatus social. El miedo burbujeaba saliendo de cada persona. Pocas se libraban, y si alguna conseguía mantener el optimismo, enviaban a los seres del bajo astral para hacerlo tropezar o acumular problemas, de manera que, al final, hasta el optimista entraba en razón y se deprimía.

Sin embargo, algunas de las personas se les resistían, y eso molestaba en gran manera al Señor y a todos su séquito que estaba en el gobierno y  en la oposición. Les había costado más de cien años completar al cien por cien todos los componentes.

Si alguien se preguntara qué eran en realidad ellos. Bien, era fácil de explicar. Los seres del bajo astral que a lo largo de la historia de la humanidad, alimentados por negatividad y miedos, se habían hecho fuertes y habían logrado superar la distancia Inter dimensional, fusionándose con la energía de algunos humanos. Primero se hicieron con las comunicaciones. Gracias a tener acceso a los noticieros, extendieron su inmundicia por cada ciudad del mundo. Nadie se libraba. Esparcieron el miedo desde su altar de poder. Y fueron contagiando a los que tenían opciones para dominar el mundo y mandar a los demás, es decir, los gobernantes fueron su siguiente objetivo. Poco a poco y eligiendo bien a aquellos que tenían más influencia, alimentaron el temor a quedarse sin dinero, sin móvil, sin internet, sin trabajo, miedo a la vejez, a la enfermedad, horror por los que son diferentes, homofobias, xenofobias, y cualquier otra forma de discriminación.

Los que estaban abajo, odiaban a los que estaban arriba porque querían su puesto y los que estaban arriba, odiaban a los de abajo porque temían que se lo arrebataran. La humanidad era cada vez más sencilla de manipular. O al menos en su gran parte.

El Señor estaba francamente molesto por todos aquellos que decían que “todo iba a pasar” y que “de esta salimos todos unos” o “es un aprendizaje, creemos una nueva vida, algo hermoso para todos”. Cada vez que alguien decía ese tipo de frases, y ¡peor aún!, las compartía en as redes sociales, una grieta en el submundo se hacía mayor.

Además, muchas de esas personas no eran las más ricas o las más poderosas. Se sentía insultado por su “normalidad”. Eran gentuza que daban las gracias, que no criticaban y que encima ayudaban voluntariamente a los demás. Unos indeseables, vamos. Les solía enviar el doble de seres del bajo astral a su alrededor, pero con esa terrible energía dorada, acababan consumiéndolos.

Peor todavía. Alguien había filtrado que si los humanos imaginaban una esfera dorada rodeándolos, ninguno de ellos podrían afectarles. Sería un total desastre que la gente descubriera que si mantenía su espíritu alegre y daba las gracias o vivía según los impulsos de su corazón, lograrían superar cualquier dificultad, enviando a todos los seres que invadían los cuerpos de las personas poderosas a su lugar.

El ministro dejó claro que no se podía aplaudir más, y que tampoco se iba a levantar el confinamiento, en ningún lugar. Necesitaba tiempo para hacer mella en esas personas de Luz, como les llamaba el Señor. Él los llamaba “las bombillas” y su máximo deseo era fundirlas.

Un terremoto sacudió la calle. El ser astral que poseía al ministro, y muchos compañeros suyos bajaron al submundo para ver qué pasaba. El Gran Señor se paseaba cerca de su trono, furioso.

—Estamos perdiendo la batalla. Tenéis que insistir en las malas noticias. Mañana quiero que prohibáis algo que les duela mucho, algo que les indigne. Y mientras tanto, los que estáis dentro de periodistas, enfurecer a las masas. Eso da mucho miedo.

—Pero, mi señor, mi inquilino se está resistiendo —dijo el ser que estaba en el  ministro—. Creo que pronto me va a expulsar. Su esposa es de las “bombillas”.

—Es una mala noticia. ¿Alguna sugerencia?

—¿Y si enfermamos a los niños? Eso sí les daría miedo. O les dejamos sin dinero en el banco, tal vez que caiga la web…

—Lo de la web, no. Es una herramienta maravillosa.

—Pero Señor, se están esparciendo los mensajes positivos. Es un arma de doble filo —dijo el primer Ser.

—Está bien, dejaremos pasar un tiempo, a ver qué pasa.

Dos meses habían pasado desde la última conversación que el ser había tenido con el Gran Señor. Todo había ido de mal en peor. Las luces habían contagiado su positividad y el agradecimiento, el amor y la solidaridad. Incluso ya no tenían opción a ningún humano poderoso.

En el bajo astral las grietas habían hecho que muchos se desvanecieran y apenas tenían poder.

El Gran Señor lo miró, entrecerrando los ojos.

—No te preocupes, quizá pronto se despisten y haya otra oportunidad.