*Esta historia es un experimento. Me encantaría vuestros comentarios!!

Bárbara se escondió tras su madre mientras el señor Hawkings la miraba apreciativamente.

—Es una bella muchacha—acarició su bigote para evitar tocar la suave piel dorada de la pequeña.

—¡Es una niña todavía!—defendió su madre, poniéndose más delante si cabe.

—Marjorie, por favor —rogó su esposo. —Necesitamos el dinero y el señor Hawkings ha prometido no desposarse con ella hasta que cumpla los diecisiete.

Bárbara partió hacia París, su primer viaje con sólo doce años. Efectivamente, el señor Hawkings no quería desposarse con ella hasta los diecisiete, pero la hizo suya esa misma noche, y muchas otras que vinieron, hasta que, finalmente, sola y embarazada, la echó a la calle.

Con casi catorce años, y un pequeño hatillo, Bárbara se encontró sola y sin apenas dinero. Cambió sus lujosos vestidos por un tosco pantalón y una casaca y se cortó su abundante pelo castaño, llorando de pena y rabia, mientras sus hermosos rizos caían al sucio suelo empedrado de París, donde acababan todos los niños abandonados y donde incluso los gendarmes les llamaban despreciativamente «les Misérables».

Logró que una mujer que tenía un puesto de flores en el puente le diera cobijo a cambio de arreglar algunos ramos, y poco a poco, se ganó  su confianza. Bárbara le había contado su situación y la mujer se compadeció de ella. Incluso comenzó a dormir en la cocina de la pobre casa de la mujer.

Los meses pasaron y su bebé ya estaba a punto de llegar. La florista la llevó a L´Hôpital de Dieu, donde las religiosas la atenderían. El niño nació rápido, y sano, con unos preciosos ojos grandes y piel clara como la madre. La florista asintió satisfecha. Iba a sacar una buena ganancia por la venta del bebé a una condesa que había perdido su única hija. «Y para Bárbara, será un alivio.»

La condesa llegó a buscar al bebé. Bárbara se negaba a entregarlo, y se acercó a la madre que yacía llorando, aferrada a su bebé, sobre el camastro. La florista la intentaba convencer, primero con buenas palabras, luego gritándole.

El remolino de seda rozó la cama de Bárbara, que acunaba a su pequeño acurrucada en un rincón, mientras el bebé dormía en sus brazos, ajeno al sufrimiento de su madre.

—Querida, dame al bebé. Tendrá todo lo que él necesite. ¿Sabes?, yo también perdí una hija.

Bárbara se giró hacia la mujer con los ojos desorbitados.

—¡Madre!

—¡Bárbara! ¡Cómo es posible! —la mujer la abrazó llorosa —Él dijo que habías muerto de unas fiebres.

—No, él me hizo daño, me forzó y después, cuando me quedé embarazada, me echó a la calle por evitar su vergüenza.

La condesa se sintió morir de nuevo, como cuando recibió la misiva donde le anunciaba la muerte de su amada hija. Pero con renovadas fuerzas, levantó la cabeza y se mostró decidida.

—Nos vamos a casa, querida. Yo te cuidaré para siempre.