El restaurante estaba lleno. Patri y Marc habían reservado mesa desde hacía varias semanas, pero al parecer se había perdido su reserva y el maitre corría nerviosamente de un lado a otro buscando dónde sentarlos.

—La noche no podía haber empezado mejor —protestó Patri. No quería ir a ese carísimo restaurante, lleno de “gente pija” como les llamaba su hermana a todo el que no llevase vaqueros rotos.

—Tranquila cariño, enseguida nos darán mesa. Conozco a Pedro, el cocinero y harán lo posible. La noche será memorable.

—Sí vamos, ahora mismo lo está siendo —refunfuñó Patri estirando su vestido.

Iba muy corta, como solía ir, pero si hubiera sabido que iban a cenar a Le Petit Trianon, se hubiera puesto más arreglada. Se sentía como una barriobajera en medio de tanta gente elegante. Y además, ahí, de pie, todavía llamaban más la atención. Las miraditas de soslayo de las mesas más cercanas confirmaban que ella, con su vestido de topos rosas y blanco corto y sus plataformas fucsias no era el prototipo de mujer que comía allí.

Se sentía absolutamente incómoda. Y Marc tampoco es que fuera elegante con sus vaqueros rotos y la camisa de cuadros. Se había puesto una pajarita rosa esperando que eso mejorara el conjunto, pero sólo hacía que provocara alguna risita disimulada entre los más jóvenes de los comensales.

Comenzó a balancearse de un lado a otro retorciéndose su coleta rubia y deseando de una maldita vez que ese simio que corría de un lado a otro parase y les buscase un sitio.

—¿Nos vamos? —susurró Patri al oído de Marc.

—De eso nada. Reservé hace más de diez días. Y comeremos aquí.

El maitre se les acercó finalmente sudando y les indicó una mesa que acababan de preparar en un lado, cerca de la puerta de la cocina, al otro lado de la sala.

Es decir que tenían que atravesar por el centro todo el comedor.

El vestido a topos apenas cubría los regordetes muslos de Patri mientras el clonc clonc de las plataformas era como la campanilla de la santa campaña del pueblo de su abuela. Todos la miraban. Unos sonreían mirándole descaradamente los muslos, otros, y otras, sobre todo ellas, sonreían con una mirada de suficiencia.

Marc era tonto.

No se daba cuenta que todos los estaban mirando preguntándose qué estaban haciendo ellos aquí. Igual que se lo preguntaba ella. Y él sonreía como si fuera una estrella de cine que pasease entre sus fans.

Ella se giró para apresurarlo, sin darse cuenta que un camarero se acercaba por detrás, con un plato que acabó directamente gracias a su codo en el traje de una hermosa y elegante mujer de la mesa junto a la que estaban pasando.

La mujer gritó y se levantó, provocando un pequeño caos; el maitre corrió hacia ella, también su marido, chocaron y el primero se cayó al suelo, un camarero cayó, arrastrando con él un mantel de otra mesa vecina.

Patri estaba paralizada, con una gran O en su boca. Marc había llegado a su lado y estaba mirando con asombro el estropicio que se estaba creando en cascada.

Si tuvieran una cámara lenta, sería como una película de los hermanos Marx.

Marc comenzó a tirar de ella hacia la salida. Ella le miró y comenzó a reírse.

Aún reía cuando Marc la subió en el tranvía, y se la llevó a Telepizza, donde ahí mismo, entre niños de cumpleaños y jóvenes adolescentes, se arrodilló y le pidió que se casase con ella.