Introducción

Bienvenidos seáis a Escondido, un pequeño pueblo del Pirineo aragonés. Es un lugar muy especial donde ni las cosas ni las personas son lo que parecen.

Un pueblo donde la magia se esparce por cada hoja, cada piedra o cada casa. El bien y el mal guardan un precario equilibrio y muertos y vivos conviven en una armonía muy delicada.

Por sus calles caminan brujas, seres angélicos, otros que cambian su forma humana a otra mucho más salvaje y peligrosa. Entre ellos, espíritus errantes o seres ancestrales. Adéntrate en su casa y curiosea sus armarios. Te prometo que no tomarán represalias. ¿O sí?

En esta novela encontrarás un grupo de seres en el mismo lugar sin ser iguales. Al final del libro tienes un índice por si te despistas. En el índice no hay spoilers, así que puedes consultarlo cuando quieras. Pero te advierto: ninguno es más protagonista que otro y por tanto, todos están en peligro de muerte. No te encariñes demasiado si eres de las personas que sufren cuando un personaje de una novela muere.

Este libro es como la vida misma. Unos vienen, otros se van, y otros no cambiarán nunca.

Bienvenido, bienvenida, a este pueblo de 1967 habitantes (por el momento).

¡Disfruta o sufre, como tú quieras!

¿Quieres saber más?

Aquí abajo tienes el primer capítulo, pero puedes obtener el libro completo o leer la sinopsis aquí

ENLACE a página del libro

Capítulo 1: La desaparición de Soledad

Muriel subió el volumen de la vieja radio mientras barría la cocina con la escoba de paja. Miró de reojo a la mujer que cocinaba, por ver si protestaba, pero estaba concentrada en su puchero.

Alanis Morisette contaba que, aun estando triste, se estaba riendo. Tarareó la canción, pero con poca alegría. Ella seguía estando desanimada después de todo lo que había pasado y veía pocas opciones.  Suspiró ruidosamente mientras se agachaba para empujar la basura al recogedor de mano. Su maestra dejó de remover el guiso y la miró.

—Eres un poco dramática, ¿no crees? —la anciana Samantha era consciente de lo que la chica estaba pensando.

Muriel no se dignó a contestar. Salió al corral por la puerta de atrás y echó la basura al cubo que ya estaba lleno. Aplastó el contenido con la mano. Total, eran sobre todo ramas y hojas. En un pueblo perdido entre las montañas, ¿qué más podía haber?

Miró las montañas que se veían a lo lejos. En realidad, ella era muy feliz allí, rodeada de bosques y con sus amigos. Pero ya se había hecho la idea de que Marcos fuera su compañero, quería tener una hija que continuase su saga. Y él se había ido. Por una parte, no se extrañaba.

El frío le hizo reaccionar y se metió hacia la casa, no sin antes mirar el cielo. Estaba gris y amenazaba lluvia. Con tres grados de temperatura y sin abrigo, no era una buena idea quedarse allí.

Entró en la cocina de nuevo y se sentó delante de la chimenea, en la alfombra tejida a mano. Quería absorber un poco de calor. Samantha le pasó un té de hierbas y ella lo tomó con las dos manos. La taza caliente reconfortó su alma.

Muriel echó otro tronco en la chimenea y sorbió un poco de su té. Reconoció el cardamomo, el jengibre y la canela. Pero seguro que llevaba algo más. Sam siempre sabía lo que le hacía falta. Le sonrió agradecida. Había vuelto a su puchero y canturreaba algo muy suave.

La joven miró fijamente el fuego. Estar delante de la chimenea era como cuando meditaba. Las llamas comenzaron a saltar de un tronco a otro, bailando alegres como fuegos fatuos. Muriel ni siquiera era consciente de que era ella quien lo provocaba. Estaba en otro mundo.

Marcos era uno de los pocos jóvenes compatibles con ella que quedaba en el pueblo. Ella había leído las cartas y las líneas de su mano. Encontró una compatibilidad de un setenta por ciento, lo que para ella era suficiente. Aunque no era una pasión increíble, en cierto modo, ella estaba enamorada. Por eso, cuando le pidió, casi le suplicó que se fuera a Huesca con él, estuvo a punto de aceptar. No lo hizo. Su novio no comprendía que el sitio de ella era en el pueblo. Su deber estaba allí. Los seres sobrenaturales eran mayoría allí, y Samantha y ella ayudaban a que todo estuviera bien controlado.

—De todas formas, nunca fue él —Samantha seguía el hilo de sus pensamientos con facilidad—. Tú lo sabías. No debes conformarte con algo que no es perfecto al cien por cien para ti, sabiendo que ahí fuera hay alguien que sí lo es.

Muriel levantó la vista hacia su maestra y las llamitas dejaron de bailotear.

—Encerrada en este pueblo será imposible que algún día encuentre a ese alguien que dices. Seré una bruja solitaria como…

—¿Como yo? —interrumpió Samantha—. Estoy sola por voluntad propia. He tenido amantes e incluso estuve a punto de casarme. Pero preferí esto, sin duda. Quizá algún día te vayas de aquí y veas mundo. Las cosas pueden cambiar mucho.

(el capítulo sigue pero me pareció demasiado largo para una entrada, así que si os apetece, ya sabéis)