CRUNCHY POPS

—¿Qué tenemos? —gritó uno de ellos desde un púlpito improvisado encima de un contenedor de basura.

—¡Crunchy pops! —le respondió una muchedumbre de casi un centenar de personas.

—¿Y qué debemos hacer? —volvió a gritar agitando la caja de cereales de desayuno.

—¡Matarlos a todos! —devolvieron los gritos apenas audibles por el agitar frenético de las cajas de cereales que todos llevaban.

Como una bandada de pájaros que cambian de dirección, echaron a correr hacia la calle principal. Sus ojos saltones y la sonrisa babeante en su cara era lo único que tenían en común. Porque se podía ver de todo: amas de casa, niños, jóvenes, abuelos milagrosamente ágiles, adultos de distintas procedencias e incluso algún perro. Todos tenían esa mirada loca y asesina.

La bandada comenzó a perseguir a las personas. De repente, como un único cerebro, cambiaron de opinión y comenzaron a perseguir a uno de los suyos. Alguien llamó a la policía y varios coches vinieron. De nuevo como un único ser se dispersaron dejando malherido y con fuerzas para susurrar en su boca rota ‘crunchy pops’.

Las noticias se hicieron eco de la horrible situación. Por todos los canales contaban que la gente se había vuelto loca y atacaba a otras personas. Habían determinado que era a causa de los cereales (tampoco había que ser muy listo porque esta especie de ‘zombies’ repetía las dos palabras continuamente), y rogaban a la población que si alguien tenía esos cereales que los llevase a la comisaría más próxima.

Nadie tenía idea de cuántas personas podían haberse visto afectadas, ya que la promoción había sido muy popular. Según contaba un famoso actor en el anuncio, había diez pepitas de oro escondidas dentro de los paquetes. Se vendieron más de cien mil unidades en toda la ciudad. Si cada casa tenía de dos a tres miembros… los cálculos eran devastadores.

Otros decían que la policía quería las pepitas de oro y se negaban a devolverlos. Por suerte, todos los que compraron no comieron, pues eran ‘chocolateantemente’ pegajosos. Esa era la razón de que las ventas disminuyeran y el motivo de la promoción. Claro que, I+D había cambiado la fórmula.

El policía se situó delante de la puerta de la comisaría, armado con una metralleta para evitar disturbios. Una furgoneta blanca de panadería se paró delante, en un semáforo y al ponerse en verde, no arrancó. El policía se acercó a la furgoneta para ver al conductor. Llevaba en el asiento y por toda la furgoneta, o por lo que pudo ver, muchas cajas de tartas. El conductor le sonrió, con una sonrisa ‘crunchy pops’.

—¿Quiere una tarta? —el tipo se recogió la baba que le caía de la comisura de los labios con una lengua casi negra.

—Claro —sonrió el policía quitando el seguro del arma— ¿por qué no bajas y me das una? La compartiré con mis compañeros.

El pastelero, un tipo de metro ochenta por metro y medio de ancho de cuerpo y brazos como piernas, bajó servicialmente de la furgoneta con la tarta. El policía abrió la caja que le ofreció. En verdad tenía muy buena pinta. Quizá fuera inofensiva. El merengue que la cubría era blanco y esponjoso. Por suerte, antes de probarla, miró de nuevo al pastelero. Sus ojos de loco y la boca babeante le hicieron desistir.

—¿Me acompañas dentro? Así les diremos a todos que es de tu parte.

Entraron los dos pacíficamente y el policía suspiró aliviado. Aunque él era de los más altos y fuertes de la comisaría (por eso lo habían puesto en la entrada), no era ni la mitad que el pastelero. Tendría serias dificultades si debía enfrentarle, porque los crunchy pops además de locura, daban mucha fuerza.

Dejó la tarta en el mostrador y se dirigió con el hombre a la sala de interrogatorios. Lo sentó en la silla y con cierta dificultad, le convenció de que se quedara allí.

—Si esperas aquí, el mismo comisario vendrá a felicitarte, ¿te parece bien? —el hombre asintió sin dejar de mostrar su sonrisa.

El policía salió de la sala hacia el mostrador. La caja con la tarta había desaparecido.

—Ey, Suárez, gracias por la tarta, los chicos se la han llevado a la sala común. Se han lanzado como buitres. Está buenísima —le dijo una compañera relamiéndose los dedos.

—¡No comáis! —gritó el policía. Pero cuando llegó, cuatro o cinco compañeros estaban quitando el seguro de la pistola con las manos pringosas de merengue.

Suárez apenas tuvo tiempo de salir corriendo y se fue al puesto de recepción para avisar por megafonía que había policías afectados y que ahora los crunchy pops estaban en las tartas. Un revuelo se estaba formando en la entrada de la comisaría. Sin que nadie lo detuviera, el pastelero había salido y estaba repartiendo las tartas de la furgoneta.

El policía maldijo su torpeza y bajó a la sala de armas, donde pudo coger dos granadas de mano y un par de pistolas con cargadores. La noche se presentaba larga.

Salió de comisaría y dio dos tiros al aire para que la gente se apartara de la furgoneta. No pudo evitar que varios huyeran con tartas.

Intentó esposar al pastelero, pero su fuerza era inmensa y aunque no le atacó, no dejaba las manos quietas; así que le pegó un tiro en el hombro. El hombretón cayó al suelo lloriqueando. La gente acechaba la furgoneta. Algunos ya tenían la cara cubierta de merengue y los ojos alocadamente saltones. Tomó una decisión terrible, ya que le estaban rodeando. Lanzó una granada debajo de la furgoneta y se fue corriendo. Algunos le siguieron; otros se quedaron mirando el vehículo y cuando explotó,  el impacto lanzó piernas y brazos como cuando caen las ramas al podar un árbol.

Suárez se metió en el callejón trasero de la comisaría y entró por una de las puertas de seguridad con contraseña. Cerró rápidamente para que los locos no pudieran entrar. El pasillo estaba oscuro y no se veía ni un alma.

—Ojalá todos no estén afectados —susurró para sí mismo.

Con la pistola en la mano, caminó despacio hasta el despacho del comisario, el único que tenía luz. Allí estaba sentado detrás de su mesa. Levantó la cara y le sonrió. Con su sonrisa ‘crunchy pops’

—Suárez, te hemos guardado un trozo —sonrió abriendo todavía más los ojos.

Los compañeros salieron de entre las sombras, sonriéndole mientras lo alzaban para sentarlo en la silla y hacerle engullir el delicioso pastel de chocolate y merengue, cuyo ingrediente principal eran los crunchy pops.